viernes, 20 de julio de 2012

"TRAS LOS PASOS DE JESÚS" JERUSALÉN: DE AÍN-KAREN A GETSEMANÍ.

Muchas veces pienso que  estoy espaciando tanto esta serie de artículos dedicados a la peregrinación a Tierra Santa que recientemente he podido hacer y  vivir. La verdad es que para hablar de la Tierra de Jesús necesito hacerlo desde la tranquilidad de espíritu, desde el sosiego y la calma y todos los días, y más con lo que está cayendo, no se tiene ese estado de ánimo.

Hoy quiero relataros el penúltimo día de mi peregrinación por los Santos Lugares. En el anterior post lo dejé en Belén y en esta jornada no nos movimos de Jerusalén.

Empezamos con las claras de la mañana, nos despertaron a las seis, y digo bien que nos despertaron porque ya el cansancio físico se estaba haciendo presente. El sueño atrasado, el calor reinante durante todos los días, tantas experiencias vividas, tanto disfrutado, tanto no parar ya se estaba notando en nuestros cuerpos.

Después de desayunar nos dirigimos a las afueras de Jerusalén para visitar la Iglesia de la Natividad de San Juan Bautista. Allí fuimos testigos del lugar donde nació el primo de Jesús, el último  profeta antes de la venida del Mesías. Os puedo decir que me emocioné profundamente cuando besé el lugar donde nación el Bautista y que tuve presente a todas las Damas y Caballeros Hospitalarios porque San Juan Bautista es nuestro Patrono. Allí me acordé de todos, recé por todos mis Hermanos en la Caridad y en especial por Paco, José Luis, Rafael, Pepe, Miguel Ángel, Paco, Ángel y en especial por el Caballero Hospitalario y mi  Hermano en la Caridad, Antonio Perea Villalón.

De allí, uno de los sitios donde más frescor he notado de todos los visitados, nos fuimos caminando, subiendo la enorme cuesta hacia Aín-Karen, lugar donde María visitó a su prima Isabel, lugar del Magnificat.

En estos Santos Lugares bebimos de la fuente inagotable que es la Madre de Dios, de su Bondadosa entrega al Padre para que Él hiciera su Divina Voluntad, para que engendrara en su seno a Su Hijo, el Hijo de Dios que se hizo Hombre y  que con su Nacimiento, su Vida, su Ministerio, su Pasión, Muerte y Resurrección dio sentido pleno a toda nuestra vida.

De allí, ya con el calor apretando, nos dirigimos al Jerusalén antiguo, a  un lugar emblemático: El Muro de las Lamentaciones.

Desde que llegamos pudimos ver y comprobar la profunda veneración y  la entrega a Dios Padre que tienen nuestros hermanos los judíos. Todo invitaba a la reflexión: Su actitud, sus vestidos, sus rezos, su comportamiento.

Entramos en dentro de lo que fue el Templo de Salomón, tras pasar un estricto control de seguridad, y allí nos dirigimos al lugar preestablecido para ofrecer nuestros rezos. Las mujeres y los hombres rezan y oran por separado.

Cuando me vi ante el Muro, recé a Dios Padre Todopoderoso, medité pausadamente observando con deleite la forma de orar de los judíos. Ellos hablaban, con gestos y Palabras al Señor, ante el Muro en el que, sin duda, Dios se hace presente.

Estuvimos allí largo rato y después, poco a poco, nos fuimos congregando los peregrinos en el lugar convenido. El calor se hacía penetrante y el sudor se había convertido en nuestro compañero de fatigas.

Terminada la visita al Muro de las Lamentaciones nos dirigimos al restaurante para almorzar, como el desayuno era tan temprano; el almuerzo se hacía a las doce del mediodía, que serían las once aquí en España, y aunque era muy temprano os puedo decir que se sentía verdadera ganas de comer.

Después de almorzar, generosamente, en un restaurante árabe nos encaminamos a Monte Sión, al Cenáculo, lugar donde Jesús se reunió con sus doces discípulos para la celebrar la Última Cena y con ella, convirtiendo el Pan en su Cuerpo y el Vino en su Preciosa Sangre, instituyó la Eucaristía y el Ministerio Sacerdotal.

Entrar en la Sala donde Jesús cenó con los doce apóstoles, lugar donde lavó los pies a todos ellos y anunció que uno de los que lo acompañaban lo traicionaría, lugar donde se celebró la Primera Eucaristía, fue un momento de especial emoción. Mi corazón palpitaba a un ritmo vertiginoso por muchas razones. Hacía unos días tan solo había tenido el honor de exaltar la Eucaristía, con motivo de la Solemnidad del Corpus Christi, de mi ciudad, San Fernando, y en ella mencioné explícitamente lo sucedido en la Última Cena de Nuestro Señor Jesucristo y el estar donde sucedió TODO supuso que viviera emociones desconocidas por mí hasta ese momento.

Al salir del Cenáculo nos dirigimos a la Iglesia de la Dormición de la Virgen María ante de su Ascender a la Casa del Padre, las viejas calles de Monte Sión nos hacían retroceder en el tiempo.

Avanzaba la tarde y se acercaba la hora de la Eucaristía que se celebraría en la Iglesia de San Pedro in Gallicantu, lugar donde Pedro negó a Jesús, lugar donde el gallo cantó tres veces como le había dicho el Señor.

Debajo de la Iglesia, que ocupa el lugar donde estuvo la Casa de Caifás, se encuentran las mazmorras donde permaneció Jesús hasta que lo llevaron ante la presencia de Poncio Pilatos. Recorrer esos escalones, ante la oscuridad casi absoluta podemos hacernos una idea de como estuvo Jesús en ese lugar.

En la terraza, frente a una vista inmejorable de Jerusalén, celebramos la Eucaristía que estuvo presidida por el querido Padre D. Manuel Orta.

Con ésta se terminó la jornada de tarde, fuimos para el hotel con un programa completo: Ducha, cena y volver al autobús que nos llevaría a la Basílica del Getsemaní donde celebraríamos una Hora Santa ante Cristo Sacramentado.

Ya había oscurecido cuando llegamos, las calles totalmente desiertas, entramos por el claustro y nos dirigimos al interior del Templo. Para mi sorpresa a los pies del Altar una enorme roca que fue donde Jesús oró al Padre. 

Una vez expuesta S.D.M. oramos, rezamos y meditamos en profundo silencio solo roto por algún cántico salido del alma. Cuando toqué este trozo de roca recé por todas las intenciones, por todos mi familia, amigos, recé por mi mujer y por mi, por nosotros, para que Dios se sirviera de nosotros para hacernos un matrimonio santo. Me acordé especialmente de un buen amigo y cofrade de San Fernando, hermano de la Hermandad del Huerto de esa ciudad, Ignacio Bustamante Morejón así como por toda su familia y también, como no, de todos los hermanos que conforman dicha Hermandad isleña.

Terminada la Hora Santa, el Hermano que custodia ese lugar nos hizo un regalo, y a mí el inmerecido honor de poderlo hacer. Nos abrió la cancela que custodia el Huerto de los Olivos, lugar donde Jesús oró ante Dios Padre, pudimos visitar en los claroscuros de la noche esos árboles milenarios. No se sabe cual de ellos cobijó a Jesús, pero uno de ellos fue testigo de esa conversación del Hijo con el Padre. 

El Hermano Franciscano me dijo que me encaramara a uno de ellos y  cogiera ramas de olivo para todos los peregrinos. Subir y coger esas ramas de olivo, que  a lo mejor fue donde Jesús rezó con angustia y devoción ante Dios Padre, fue otro momento único.

Así, henchidos por la emoción, por tantos sentimientos encontrados, con el espíritu rebosante nos encaminamos del nuevo para el hotel, para descansar ante todo lo que teníamos que vivir el día siguiente.

Terminaba otro día dedicado al completo "tras los pasos de Jesús".


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