domingo, 17 de diciembre de 2017

* ESPERANZA SIEMPRE ESPERANZA




Hace unas horas se apagaron los micrófonos, se silenció la voz y enmudeció la palabra...

Hace tan solo unas horas estaba Pregonando a la Esperanza.

Hoy mi semanal tribuna en Información San Fernando dentro del apartado que dirige y coordina mi buen hermano Pepe Moreno Fraile también se hace Esperanza...

Hoy, en el silencio, en la paz, en las emociones apenas contenidas, solo puedo dar las GRACIAS.

Simplemente eso...

Jesús Rodríguez Arias 

ESPERANZA SIEMPRE ESPERANZA




Unas horas, tan solo unas horas, han pasado desde que se apagara el micrófono, se silenciara la voz, se cerraran las tapas porque el Pregón ya se pregonó y aunque el silencio lo inunde todo seguimos envuelto en la Esperanza.

Tanto tiempo pensando en un momento que hoy ya forma parte del pasado. ¡Hay que ver lo que es la vida! Todo llega, todo pasa y seguimos caminando hacia adelante.

Desde que el 23 de septiembre recibiera la llamada de mi querido David Gutiérrez, a la sazón Hermano Mayor de la Cofradía del Silencio de San Fernando, en la que me anunciaba que su Junta de Gobierno había tenido a bien nombrarme Pregonero de la Esperanza os puedo asegurar que no ha pasado un día, un solo instante, que no haya estado inmerso en ella. Horas y horas preparando, escribiendo, degustando, todo lo que ayer noche se vivió en la Iglesia Vaticana y Castrense de San Francisco de Asís.

Un Pregón que se ha fundamentado en cinco grandes pilares como es la Fe, el Amor, el Perdón, la Caridad y la Esperanza que son los que en verdad sostienen mi vida y por lo que me levanto cada mañana ansioso de ver ese nuevo amanecer que Dios con inmensa gratitud nos regala.

Una exaltación que es Esperanza viva en María, nuestra Madre y Señora.

Un texto “cosido” a mano en mi Atalaya de Villaluenga del Rosario que es el lugar, el sitio, que Dios me ha regalado en esta etapa de madurez de la vida donde todo se percibe distinto, todo se afronta desde otro grado de responsabilidad, de servicio, de entrega pues valoramos más lo que tenemos y menos lo que somos.

Sí, Villaluenga me ha insuflado el ánimo pues desde que abro los ojos hasta que los cierro a las tantas de la noche perciba el aroma, el frescor, la calidez y ese verde tan propio de las montañas que para mí es el color de la eterna Esperanza.

Deciros que pregonar la Esperanza ha supuesto un inconmensurable privilegio que me ha ayudado y mucho en un año muy duro y difícil en mi vida donde los padecimientos se han incrementado y mi corazón ha sufrido ese tipo de desgarro que dura toda una eternidad como es la muerte de mi madre unida a la de Tata que se ha marchado hace tan solo unos días. Han sido unos meses muy intensos en sentimientos, en emociones, en rememorar tantos y tantos recuerdos, en ver de dónde vengo, quién soy y donde estoy desde el cariño y la inmensa gratitud a nuestro celestial Padre que es también Señor de la Esperanza.

Bien sabéis que lo bueno me gusta compartirlo y lo malo me lo “como” yo solo. Esta ocasión hubiera sido algo triste si no la comparto con quienes quiero y admiro por eso me acompañan en esta preciosa encomienda Manuel Bouza Montilla, mi presentador, mi buen hermano Pepe Moreno Fraile así como David Gutiérrez, quienes también han puesto sobre el papel lo que para ellos es la Esperanza y bajo unas tapas con diseño exclusivo para tan excelsa ocasión las hemos dejado a los pies de la Santísima Virgen.

Porque todos tenemos nuestra Esperanza que para cada uno es personal y ciertamente intransferible, cada uno la ve, la siente, la vive de forma distinta y con diferentes matices de color. Esperanza que nos une a creyentes y no pues en todos nace, permanece y nos hace seguir hacia adelante.

Esa clase de Esperanza es la que ayer he intentado transmitir:  Esperanza hecha Fe, Amor, Perdón, Caridad y siempre Esperanza.

Si lo he conseguido o no eso solo lo sabe María que es por siempre Madre y Señora de la Esperanza.

Jesús Rodríguez Arias

Fotos: Stilita Mosteiro y Pepe Moreno Fraile

EXTRACTOS FINALES PREGÓN DE LA ESPERANZA (SANSER PRODUCCIONES)

PORQUE..., NAVIDAD ES ESPERANZA.


MICHAEL BUBLÉ WHITE CHRISTMAS (KRZYSTOSLAW)

PORQUE VILLALUENGA ES ESPERANZA...


LAS VIUDAS DE CHEMA POSTIGO Y RAFA LOZANO HABLAN JUNTAS DE FE, SUFRIMIENTO Y HASTA "MILAGROS"

Religión en Libertad

Las viudas de Chema Postigo y Rafa Lozano hablan juntas de fe, sufrimiento y hasta de «milagros»

Rosa Pich-Aguilera y Lola Pérez tienen muchas cosas común. Son mujeres católicas, muy comprometidas con su fe, defensoras de la familia y madres de familia numerosa. Pero además, ambas han quedado enviudado en los últimos meses, después de que sus maridos fallecieran los dos debido a un cáncer de hígado.
 
Lola es la viuda de Rafa Lozano, con el que tras 22 años de matrimonio tuvieron seis hijos. Rafa fue un incansable defensor de la vida desde su labor en RedMadre y el Foro de la Familia. Y desde el COF Juan Pablo II de Madrid ambos ayudaron a cientos de personas, con su palabra y su testimonio.
 
Por su parte, Rosa es viuda de Chema Postigocon quien ha tenido 18 hijos. Juntos compartieron la muerte de tres de ellos. Su testimonio como familia numerosa dio la vuelta al mundo e incluso quedó patente en un libro, Cómo ser feliz con 1, 2, 3…hijos?.
 
La revista Misión ha juntado a ambas para hablar de muerte y vida, del sufrimiento de este tiempo pero también de las gracias que sus maridos están ya produciendo. Es en definitiva un enorme testimonio de fe de dos mujeres extraordinarias. Esta es la entrevista realizada por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo para Misión:


- Han pasado trece meses de la muerte de Rafa y diez meses de la de Chema. ¿Qué recordáis de esos momentos?
-Rosa Pich (RP): Chema fue muy consciente de la gravedad de su enfermedad y sabía que era algo terminal. Fuimos al hospital porque le dolía la espalda, y ya no salió de él. En el hospital llamó a los niños y empezó a decirles: “Jesús es muy bueno y nos quiere mucho. Primero se llevó con Él a vuestros hermanos Javi y Montsita, después a Carmen, y ahora…”. Y no siguió. A los niños se les empezaron a caer las lágrimas. Fue un momento muy especial. Recuerdo que un hijo mío dijo: “Mamá, ¿quieres que vaya a buscar un cubo para recoger todo esto?”, y rompimos a reír. Otro me dijo por la noche: “Mamá, ha sido el día más bonito de mi vida; hemos llorado y reído a la vez”. A pesar del dolor, fue muy bonito.

Lola Pérez (LP): Nosotros tuvimos más tiempo para asimilar la gravedad de la enfermedad de Rafa, pero el día que nos dieron el diagnóstico reunimos a los niños en casa. Ellos preguntaron: “¿Vamos a tener otro hermano? ¿Vamos a cambiarnos de casa?”, porque eran nuestros temas de entonces, pero él les contestó: “No. Algo mucho mejor: vamos a tener un combate.  Y para ese combate nos tenemos que poner la mejor armadura: la oración”. Les contó lo que pasaba y los niños empezaron a llorar, a preguntar, a enfadarse…, que son emociones normales. Hasta que uno de mis hijos le dijo: “Bueno, papá, lo mejor es que no te vas a quedar calvo”, porque mi marido ya era calvo.   Y empezamos a reír y a abrazarnos. Fue un momento súper bonito, y esa unión de todos resultó clave para nosotros después.

- Y vosotras, ¿cómo vivisteis la despedida de vuestro marido, después de tantos años juntos?
RP: Es verdad que en esos momentos del hospital tienes poco tiempo para pensar en ti misma. Yo lloré mucho, pero enseguida pensé: tengo muchos niños conmigo y se merecen una infancia feliz. No me podía hundir en un pozo, tenía que ponerme a nadar y mirar adelante.

Rafa Lozano, en el hospital junto a su mujer y sus hijos

LP: El año previo a la muerte de Rafa se hizo patente todo lo que habíamos vivido juntos los años anteriores. Para mí fue un año de fe, de probar aquello en lo que creíamos Rafa y yo: o te lo crees, o no te lo crees. Aprendí mucho de él, de su aceptación de aquello que toca vivir, de su humildad. Parece que los hombres tienen la obligación de mostrarse fuertes y tener todo controlado, pero en Rafa vi una aceptación de la debilidad muy bonita. Me ayudó mucho ver ese interior.

- La forma de vivir con alegría la muerte de Rafa y de Chema ha llamado mucho la atención. ¿Cómo se puede vivir así una situación tan dolorosa?
RP: La fe es un don, es un regalo, y la gente que no la tiene quizás no lo pueda entender. Nacemos para ir al Cielo; es una realidad. Nosotros hemos vivido la muerte de tres hijos, y eso lo hemos superado gracias a la fe, vivida día a día. Algunos me han dicho: “No sabes lo que ha alcanzado la muerte de tu marido; te enterarás en el Cielo”.

- ¿Os ha llegado algún favor especial tras la muerte de vuestros maridos?
LP: Sí. Rafa era muy provida y daba muchas charlas sobre el matrimonio. Después de su muerte, varias parejas que no podían tener hijos ya han podido concebir.  Y me han dicho: “Esto nos lo ha conseguido Rafa, se lo hemos pedido a él”. Otra cosa muy bonita es que a nuestro grupo de oración venían varias personas solteras que no encontraban novio o novia; bueno, pues en este año he asistido ya a ¡ocho bodas! Para mí es una bonita señal, pero reconozco que todo esto es algo que me abruma [risas].
 
-¿De dónde os viene esa fuerza que tenéis en este tiempo?
RP: De estar delante del Santísimo, de rezar el Rosario todos los días, de la Misa diaria… Es lo que a mí me ha funcionado.  Y en los momentos de desánimo, coger la Cruz y decir: “Señor, Tú puedes más, ayúdame”.

LP: Para mí, la clave es amar y seguir amando. Que nuestro marido se haya ido no es una tragedia, es la promesa cumplida: “Vais a estar conmigo en el Cielo”. Rafa ya está donde tiene que estar.  Tener muy presente la vida eterna te hace vivir el presente de una manera distinta.  También ayuda nuestra forma de vivir en familia, de desdramatizar todo y vivir la vida con alegría: eso luego sale.

- Esa forma de vivir la fe alegre en medio del dolor también se reflejó en el tanatorio y en el funeral…
LP: A mí la gente me decía: “¿Cómo llevas a tus hijos al tanatorio?”, y yo pensaba: “¡Pero cómo no los voy a llevar!”. Ellos tenían que estar con su padre hasta el último momento. Y luego estaban allí consolando a la gente, hablando y riendo con todos. Ellos me han enseñado mucho también.

Chema, con Rosa y algunos de sus hijos en el hospital

- La relación con vuestro marido, ¿cómo continúa hoy? Porque Rafa y Chema están vivos, en Dios…
LP: Bueno, yo he estado muy enfadada con él [risas].  “Oye, me tienes que ayudar”, le digo hoy. A mí me costó muchísimo no tenerle físicamente, mirarnos y cogernos de la mano, pero es verdad que con el paso del tiempo he ido notando su presencia de otro modo. Rafa está ahí, y sobre todo lo percibo cuando comulgo en Misa. No solo viene el Señor, sino también la Iglesia de allá arriba: “Oye, estoy aquí”, le noto. Está pendiente, ¡y más le vale! [risas].

RP: Nosotros casi no tuvimos tiempo de despedirnos, porque todo fue muy rápido.  Yo lo noto cerca, pero es muy difícil… A veces no entiendes por qué te ha pasado esto, pero toca vivir en la fe y mirar hacia delante. Dios no nos quiere aquí llorando por las esquinas, sino que sigamos caminando, en mi caso muy arropada por mis 15 hijos.

- ¿Os habéis enfadado con Dios en algún momento?
LP: Yo sí. La primera vez que fui a Misa después de la muerte de mi marido estuve a punto de darme la vuelta. Estaba muy dolida, pero ha sido muy bonito el proceso de vuelta, de reconocer su amor, de decirle: “Pero si Tú entregaste a tu propio Hijo…”. Me ayudó mucho reconocer que no soy una superwoman ni una supersanta. Volví dejándome hacer, dejándome amar.

RPYo creo que es muy bueno que tus hijos vean esa debilidad, que se den cuenta de que somos personas de carne y hueso y que las cosas nos afectan.  Yo me encerré el otro día en la habitación a llorar, y no pasa nada. Es bueno llorar.

- ¿Qué diríais a quienes estén pasando un sufrimiento similar al vuestro?
RP: Que tenemos derecho a estar enfadados y tristes, y a llorar… Pero tenemos que pedir a Dios que nos ayude a entender que nos ama y que de este dolor va a sacar algo bueno.
 
LP:  Yo les animaría también a seguir amando a los demás, pero sin esconder su sufrimiento ni taparlo. Y no tener miedo a pedir ayuda.

- Vamos a mirar al futuro. ¿Cómo es la Rosa de hoy, la Lola de hoy? ¿Cuál es vuestra misión?
RP: La mía es estar con mis hijos. He renunciado a algunas cosas solo para estar más tiempo con ellos, y para poder abrir la puerta de casa por las tardes cuando llegan. Luego está la misión de dar aliento a otras personas que lo están pasando muy mal, que se sienten solas y acuden a mí para buscar ayuda.

LP: Mi misión es seguir amando. Amar y querer lo que el Señor me ponga delante: en el servicio a matrimonios y familias con dificultades en el COF, y, sobre todo, en mi familia. Cuando murió Rafa percibí la tentación de despegarnos y de que cada uno hiciera su vida, y por eso también he rechazado algún trabajo para poder estar tiempo con mis hijos y vivir más para ellos.

También le puede interesar el libro, que puede adquirir AQUÍ, "A mi hermano Chema: La carta que no llegué a escribirte"

VIAJE PASTORAL DEL OPUS DEI A INGLATERRA



“Centrad vuestra vida en Cristo”, dice Mons. Ocáriz a los fieles del Opus Dei en Londres.
DEL PRELADO
Opus Dei - Viaje pastoral del Prelado a InglaterraEl prelado del Opus Dei estará en Inglaterra hasta el 17 de diciembre.


    El prelado del Opus Dei comenzó el pasado 14 de diciembre un viaje pastoral de tres días a Inglaterra.
    En su primer día, Mons. Ocáriz tuvo un encuentro con un grupo de mujeres del Opus Dei en Chelsea. Asimismo, acudió a saludar el cardenal Vincent Nichols, arzobispo de Westminster. También charló con algunos sacerdotes diocesanos, a quienes animó a poner el foco de su vida en Cristo, “tratándolo especialmente en la Eucaristía y conociéndolo en los Evangelios”, y a amar a sus hermanos en el sacerdocio.
    Galería de fotos
    Igualmente, les recordó la “importancia de estar abiertos a todos los fieles, acogiéndolos especialmente en el sacramento del perdón, para que sientan deseos de regresar una y otra vez al Señor”, una actitud que solo lograrán si los sacerdotes están a su vez en contacto con Jesús.
    CHARLÓ CON ALGUNOS SACERDOTES DIOCESANOS, A QUIENES ANIMÓ A PONER EL FOCO DE SU VIDA EN CRISTO
    El prelado se reunió luego con un grupo de personas que impulsan una asociación sin ánimo de lucro llamada PACT, que impulsa diversos colegios en el sur de Londres, que se inspiran en el espíritu cristiano y en las enseñanzas de san Josemaría. Los responsables de estas iniciativas explicaron a monseñor Ocáriz las líneas generales de los proyectos escolares. Desean que los padres tengan un papel protagonista y activo en la educación de sus hijos, a quienes pretenden transmitir la fe para que inspire su formación y sus vidas. El prelado subrayó la enorme importancia de “formar a los hijos para que sean hombres y mujeres de bien”, y animó a confiar en el poder de la oración.
    El Prelado habló por videoconferencia con Pedro Ballester, un fiel del Opus Dei que está en el hospital.El Prelado habló por videoconferencia con Pedro Ballester, un fiel del Opus Dei que está en el hospital.

    Otro grupo de personas habló al prelado de una iniciativa llamada The Family Development Foundation (FDF). La FDF promueve cursos de comunicación entre matrimonios, basándose en el método del caso, para promover el desarrollo familiar. Mons. Fernando Ocáriz recordó que, aunque las dificultades nunca faltarán en la vida de cualquier familia, pueden siempre superarse con perseverancia y empeño por parte de todos. “Sostener a las familias tiene que ser una prioridad en cualquier país”, señaló.
    "MONS. JAVIER ECHEVARRÍA NUNCA TENÍA PRISA CUANDO ESCUCHABA A ALGUIEN"
    Por la tarde, estuvo con un grupo más numeroso de fieles del Opus Dei. “Poned a Cristo en el centro, siempre, en todo lo que hagáis”, dijo a los presentes. También recordó algunos momentos de sus 20 años junto a monseñor Javier Echevarría. Se desgastó por sus hijos e hijas –señaló–. No parecía que tuviera intereses personales y dedicaba a los demás el tiempo que fuera necesario. “Por ejemplo, nunca tenía prisa cuando escuchaba a alguien”, dijo.
    El prelado invitó a los presentes a aceptar las limitaciones de las personas con las que viven y a ser pacientes con los propios defectos. Al responder a una pregunta sobre la libertad, señaló que ser libres no consiste tanto en lo que elegimos, sino en cómo elegimos. Podemos hacer muchas cosas, pero se trata de hacerlas libremente, por amor, incluso si no tenemos ganas de hacerlas, y eso nos da alegría. Sobre la tarea de llevar el anuncio del Evangelio a los demás, señaló que es “transmitir la verdad con amor, algo que se logra a través de la amistad”. “Y ocurra lo que ocurra, no estéis nunca tristes, porque el Señor nos ama con locura”, concluyó.

    "NAVIDAD, UN RECORDATORIO DE LA SOBRIEDAD EN EL USO DE LAS COSAS"

    ZENIT – Espanol

    Primera predicación del Adviento (Traducción integral)
    Predicación del padre Cantalamessa, Adviento 2017 © L'Osservatore Romano
    Predicación Del Padre Cantalamessa, Adviento 2017 © L'Osservatore Romano

    (ZENIT – 15 Dic. 2017).- “La Navidad es un fuerte recordatorio de esta sobriedad y parsimonia en el uso de las cosas. El creador mismo nos da el ejemplo”. Al convertirse en hombre, se contentó con un granero para nacer”. Esto es lo que dijo el padre Raniero Cantalamessa, en su primera predicación de Adviento 2017, este 15 de diciembre.
    Esta mañana, a las 9.00, en la capilla Redemptoris Mater, en presencia del Santo Padre Francisco, el padre capuchino Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, ha pronunciado el primer sermón de Adviento dedicado al tema: «Todo fue creado por Él y para Él» (Colosenses 1,16).
    Sigue la traducción completa de la reflexión del padre Cantalamessa:
    «Todo fue hecho por medio de Él y en vista de Él»
    Cristo y la creación
    Las meditaciones de Adviento de este año (sólo dos, por razones de calendario) se proponen situar a la Persona divino-humana de Cristo en el centro de los dos grandes componentes que, juntamente, constituyen «lo real», es decir, el cosmos y la historia, el espacio y el tiempo, la creación y el hombre. Debemos tomar nota, en efecto,  de que a pesar de todo lo que se habla de Él, Cristo es un marginado en nuestra cultura. Está totalmente ausente —y por motivos más que comprensibles— en los tres principales diálogos donde la fe está comprometida en el mundo contemporáneo: con la ciencia, con la filosofía y aquel entre las religiones.
    Sin embargo, el objetivo último no es de orden teórico, sino práctico. Se trata de volver a situar a Cristo ante todo en «el centro» de nuestra vida personal y de nuestra visión del mundo, en el centro de las tres virtudes teologales de fe, esperanza y caridad. La Navidad es la época más propicia para semejante reflexión, puesto que en ella recordamos el momento en que el Verbo se hace carne, que entra, también físicamente en la creación y en la historia, en el espacio y en el tiempo.
    1. La tierra estaba vacía
    En esta primera meditación reflexionamos sobre la primera parte del programa anunciado: es decir, sobre la relación entre Cristo y el cosmos. «En el principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era informe y desierta, y las tinieblas recubrían el abismo y el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas» (Gén 1,1-2). Un autor medieval, el abad inglés Alexander Neckam (1157- 1217),  comenta así en su poema estos versículos iniciales de la Biblia:
    La tierra estaba vacía porque el Verbo no se había hecho carne todavía.
    Nuestra tierra estaba vacía porque no habitaba en ella todavía la plenitud de la gracia y la verdad.
    Estaba vacía porque aún no estaba firme y establemente unida a la divinidad.
    Nuestra morada terrena estaba vacía porque no había llegado la plenitud del tiempo.
    «Y las tinieblas recubrían el abismo». Todavía, en efecto, no había venido la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo[1].
    Creo que no se puede expresar de forma más bíblica y sugestiva la relación que existe entre creación y Encarnación que leyendo, como contrapunto, el comienzo del libro del Génesis con el comienzo del Evangelio de Juan, tal como hace, precisamente, este autor. La Encíclica Laudato si’ dedica a este tema un apartado que, dada su brevedad, podemos escuchar por completo:
    Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: «Todo fue creado por él y para él » (Col 1,16). El prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina (Logos). Pero este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra «se hizo carne» (Jn 1,14). Una Persona de la Trinidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía (n. 99).
    Se trata de saber qué lugar ocupa la persona de Cristo respecto de todo el universo. Esta es hoy una tarea más urgente que nunca. Maurice Blondel escribía a un amigo:
    «Ante los horizontes ampliados de la ciencia de la naturaleza y de la humanidad, no se puede, sin traicionar al catolicismo, permanecer con explicaciones mediocres y con modos de ver limitados que hacen de Cristo un accidente histórico, que lo aíslan en el cosmos como un episodio postizo, y parecen hacer de él un intruso o un desorientado en la aplastante y hostil inmensidad del universo»[2].
    Los textos bíblicos en los que se basa nuestra fe sobre el papel cósmico de Cristo son los de Pablo y Juan mencionados en la encíclica que aquí conviene recordar de modo amplio. El primero (también en orden cronológico) es Colosenses 1,15-17: 
    «Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él».
    El otro texto es Juan 1,3.10:
                   «Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho…
    El mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció».
    A pesar de la impresionante consonancia de estos textos, es posible encontrar entre ellos una diferencia de énfasis que tendrá una gran importancia en el desarrollo futuro de la teología. Para Juan, la bisagra que une creación y redención es el momento en que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros»; para Pablo es, más bien, el momento de la cruz. Para el primero es la encarnación, para el segundo es el misterio pascual. El texto de Colosenses sigue diciendo:
    «Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20).
    La reflexión patrística, bajo el acoso de las herejías, valoró casi exclusivamente un elemento de estas afirmaciones: lo que dicen de la persona de Cristo y de la salvación del hombre realizada por él; poco o nada, en cambio, de lo que dicen de su alcance cósmico, es decir, del significado de Cristo para el resto de la creación.
    Respecto de los arrianos, estos textos servían para afirmar la divinidad y la preexistencia de Cristo. El Hijo de Dios no puede ser una criatura, argumentaba Atanasio, puesto que es el Creador de todo. El alcance cósmico del Logos en la creación no encuentra su correspondiente adecuado en la redención. El único texto que se prestaba a un desarrollo en este sentido —es decir, el de Romanos 8,19-22 sobre la creación que gime y sufre como con dolores de parto— nunca fue, que yo sepa, el punto de partida de una reflexión profunda por parte de los Padres de la Iglesia.
    A la pregunta del «por qué» de la Encarnación, desde san Atanasio (De incarnatione) hasta san Anselmo de Aosta (Cur Deus homo), se responde en esencia con las palabras del Credo: «Propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis»: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». La perspectiva es la antropológica de la relación de Cristo con la humanidad: no abarca, salvo incidentalmente, la relación de Cristo con el cosmos. Esto aflora, sólo indirectamente, en la polémica contra los gnósticos y los maniqueos que oponían creación y redención, como obra de dos dioses distintos, y consideraban la materia y el cosmos como intrínsecamente extraños a Dios e incapaces de salvación.
    En un determinado momento del desarrollo de la fe, en el Medioevo, se abre camino otra respuesta a la pregunta «Por qué Dios se ha hecho hombre». ¿Puede la venida de Cristo, se nos pregunta, que es el «primogénito de toda la creación» (Col 1,15), depender totalmente del pecado del hombre, que intervino a continuación de la creación?
    En esta línea, el Beato Duns Scoto hace el paso decisivo, desatando la Encarnación de su vínculo esencial con el pecado. El motivo de la Encarnación, dice, está en el hecho de que Dios quiere tener, fuera de sí, alguien que lo ame en modo sumo y digno de sí[3]. Cristo es querido por sí mismo, como el único capaz de amar al Padre —y ser amado por él— con un amor infinito, digno de Dios. El Verbo se habría encarnado también aunque Adán no hubiera pecado, porque él es la coronación misma de la creación, la obra suprema de Dios. El pecado del hombre ha determinado el modo de la Encarnación otorgándole el carácter de redención del pecado, no el hecho mismo de la Encarnación. Esta tiene un motivo trascendente, no ocasional.
    1. La visión cósmica de Teilhard de Chardin
    Lo de Scoto es un primer intento de dar un sentido preciso a las afirmaciones bíblicas sobre Cristo «por medio del cual y en vista del cual todo ha sido creado»; pero no se puede ciertamente hablar todavía, con él, de una incidencia fáctica de Cristo sobre todo lo creado. Esto es posible, en cambio, si damos un salto de siglos y, desde Scoto, pasamos a nuestros días, a Teilhard de Chardin. Teilhard está preocupado, como decía Blondel, por evitar que, en una cultura dominada por la idea de la evolucionismo, Cristo acabe siendo visto como «un accidente histórico, aislado del cosmos».
    Aprovechando sus indiscutibles conocimientos científicos, Teilhard de Chardin ve un paralelismo entre la evolución del mundo (la cosmogénesis) y la progresiva formación del Cristo total (cristogénesis). Cristo, no sólo no es ajeno a la evolución del cosmos, sino que, misteriosamente, lo guía desde el interior y será, en el momento de la Parusía, su cumplimiento final y la transfiguración, el «Punto Omega», según su lenguaje.
    El autor deduce de estas premisas toda una visión nueva y positiva de la relación entre cristianismo y realidades terrenas. Por primera vez en la historia del pensamiento cristiano, un creyente compone un «Himno a la materia» y un «Himno del universo»[4] . Una llamarada de optimismo atraviesa un vasto sector de la cristiandad, hasta hacer sentir su influencia sobre un documento del Concilio Vaticano II, la constitución sobre «La Iglesia y el mundo», Gaudium et spes. Hay una revalorización de las actividades terrenas, ante todo el trabajo humano. Las obras que el cristiano realiza tienen un valor por sí mismas, como una mejora del mundo, no sólo por la intención piadosa con la que el cristiano las realiza.
    Teilhard de Chardin tiene la pluma particularmente feliz cuando aplica esta visión suya al sacramento de la Eucaristía. Mediante el trabajo y la vida cotidiana del creyente, la Eucaristía extiende su acción a todo el cosmos.  Cada Eucaristía es una «Misa sobre el mundo»[5].
    «Cuando, a través del sacerdote, Cristo dice: “Esto es mi cuerpo”, sus palabras van mucho más allá del trozo de pan sobre el cual son pronunciadas. Ellas hacen nacer todo el cuerpo místico. Además de la Hostia transustanciada, la acción sacerdotal se extiende a todo el cosmos»[6].
    No creo, sin embargo, que se pueda definir esta espiritualidad cósmica, como una espiritualidad ecológica, en el sentido actual del término. Aún prevalece en el autor la idea evolutiva del progreso, de la ascensión de la creación hacia formas cada vez más complejas y diversificadas, mientras que no está presente, a no ser indirectamente, la preocupación por la salvaguarda de la creación. En su tiempo, no se había tomado aún conciencia clara del peligro que el desarrollo —especialmente el industrial— puede representar para la creación, o al menos para esa minúscula parte de él que alberga a la humanidad.
    La fe bíblica coincide con Teilhard de Chardin sobre el hecho de que Cristo es el Punto Omega de la historia, si por Punto Omega se entiende aquel que al final someterá a si todas las cosas, para entregarlas al Padre (1 Cor 15,28), aquel que inaugurará «los cielos nuevos y la tierra nueva» y pronunciará el juicio final sobre el mundo y su historia (Mt 25,31ss.). El mismo Cristo resucitado se define en el Apocalipsis como «el Alfa y Omega, el primero y el último, el principio y el fin» (Apoc 22,13).
    La fe no justifica, en cambio, la idea de Teilhard de Chardin según el cual el acto final de la historia será una «coronación» de la evolución que ha llegado a su apogeo. Según la visión dominante en toda la Biblia, el acto final podría ser lo contrario, es decir, una brusca interrupción de la historia, una crisis, un juicio, el momento de la separación del trigo y la cizaña (Mt 13,24ss.). La segunda Carta de Pedro, dice que los cristianos esperan «¡la venida del día de Dios, en el cual los cielos en llamas se disolverán y los elementos incendiados se fundirán! (2 Pe 3,12). Esta visión es la que ha marcado el sentimiento de la Iglesia como se ve por las palabras iniciales del Dies irae: «Dieae irae dies illa solvet saecclum en favilla: Día de ira será, cuando el mundo se haya reducido a cenizas». Un final, pues, del mal, más que un apogeo del bien, por lo que respecta al mundo presente[7].
    Este lado débil de la visión de Teilhard de Chardin depende de una laguna señalada también por estudiosos admiradores de su pensamiento[8]. No logró integrar de modo orgánico y convincente, en su visión, el aspecto negativo del pecado y, por tanto, tampoco la visión dramática de Pablo, según el cual la reconciliación y la recapitulación de todas las cosas en Cristo tienen lugar en su cruz y en su muerte.
    1. El Espíritu de Cristo
    ¿Existe entonces algo que permita escapar al peligro de hacer de Cristo, como decía Blondel, «un intruso o un desorientado en la aplastante y hostil inmensidad del universo»? En otras palabras, ¿tiene Cristo algo que decir sobre el problema candente de la ecología y de la salvaguarda de la creación, o esta se desarrolla de modo totalmente independiente de él, como un problema que afecta si acaso a la teología, pero no a la cristología?
    La falta de una respuesta clara por parte de los teólogos a esta pregunta depende, creo, como tantas otras lagunas, de una escasa atención al Espíritu Santo y a su relación con Cristo resucitado. «El último Adán —escribe Pablo—, se convirtió en Espíritu dador de vida» (1 Cor 15,45); el Apóstol llega a decir, con una fórmula incluso demasiado concisa: «El Señor es el Espíritu» (2 Cor 3,17), para subrayar que el Señor resucitado actúa ahora en el mundo a través de su «brazo operativo» que es el Espíritu Santo.
    San Pablo hace la alusión a la creación que sufre con dolores de parto en el contexto del discurso sobre las diferentes operaciones del Espíritu Santo. Él ve una continuidad entre el gemido de la creación y el del creyente: «Ella (la creación) no es la única; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente» (Rom 8,23).
    El Espíritu Santo es la fuerza misteriosa que impulsa la creación hacia su plenitud. Hablando de la evolución del orden social, el concilio Vaticano II afirma que «el Espíritu de Dios que, con admirable providencia, dirige el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, está presente en dicha evolución»[9]. Lo que el Concilio afirma sobre el orden social vale para todos los ámbitos, incluido el cósmico. En cualquier esfuerzo desinteresado y en cualquier progreso en la custodia de la creación actúa el Espíritu Santo. Él, que es «el principio de la creación de las cosas», es también el principio de su evolución en el tiempo. En efecto, ésta no es otra cosa que la creación que continúa[10].
    ¿Qué aporta de específico y de «personal» el Espíritu Santo en la creación y en la evolución del cosmos? Él no está en el origen, sino, por así decirlo, al término de la creación y de la redención, igual que no está en el origen, sino al final del proceso trinitario. En la creación —escribe san Basilio— el Padre es la causa principal, aquel del cual proceden todas las cosas; el Hijo es la causa eficiente, aquel por medio del cual todas las cosas son hechas; el Espíritu Santo es la causa perfeccionante[11].
    De las palabras iniciales de la Biblia («En el principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era informe y desierta y las tinieblas recubrían el abismo y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas»), se deduce que la acción creadora del Espíritu es el origen de la perfección de la creación; él, diríamos, no es tanto aquel que hace pasar el mundo desde la nada al ser cuanto aquel que lo hace pasar de ser informe a ser formado y perfecto, aunque de debe tener siempre presente que cada acción que Dios realiza fuera de sí es siempre obra conjunta de toda la Trinidad.
    En otras palabras, el Espíritu Santo es aquel que, por su naturaleza, tiende a hacer pasar lo creado desde el caos al cosmos, a hacer de él algo bello, ordenado, limpio: precisamente un «mundo», según el significado originario de esta palabra. San Ambrosio observa:
    «Cuando el Espíritu comenzó a aletear sobre él, lo creado aún no tenía ninguna belleza. En cambio, cuando la creación recibió la operación del Espíritu, obtuvo todo este esplendor de belleza que la hizo resplandecer como “mundo”»[12].
    Un autor anónimo del siglo II ve que este prodigio se repite, con impresionante correspondencia, en la nueva creación que se realiza en la Pascua de Cristo. Lo que «el Espíritu de Dios» obró en el momento de la creación, lo obra ahora «el Espíritu de Cristo» en la redención. Escribe el autor:
    El universo entero estaba a punto de caer en el caos y de disolverse por el desaliento ante la pasión, cuando Jesús lanzó su Espíritu divino exclamando: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Y he aquí que en el momento en que todas las cosas eran agitadas por un rugido y turbadas por el miedo, enseguida, al difundirse el Espíritu divino, como reactivado, vivificado y consolidado, el universo encontró su estabilidad[13].
    1. Cómo actúa Cristo en la creación
    Queda una pregunta que es la más importante de todas cuando se trata de ecología: ¿tiene Cristo algo que decir también sobre los problemas prácticos que el reto ecológico plantea a la humanidad y a la Iglesia?¿En qué sentido podemos decir que Cristo, que actúa a través de su Espíritu, es el elemento clave para un sano y realista ecologismo cristiano?
    Yo creo que sí; Cristo desempeña una función decisiva también sobre los problemas concretos de la salvaguarda de lo creado, pero la desarrolla de manera indirecta, trabajando sobre el hombre y —a través del hombre— sobre la creación. La desarrolla con su Evangelio que el Espíritu Santo «recuerda» a los creyentes y hace vivo y operante en la historia, hasta el fin del mundo (Jn 16,13). Ocurre como al comienzo de la creación: Dios crea el mundo y confía su custodia y salvaguardia al hombre. La Plegaria Eucarística IV lo expresa así:
    A imagen tuya creaste al hombre
    y le encomendaste el universo entero
    para que, sirviéndote solo a ti, su Creador,
    dominara todo lo creado.

    La novedad traída por Cristo a este campo es que él ha revelado el verdadero sentido de la palabra «dominio», como es entendido por  Dios, es decir, como servicio. Dice en el evangelio:
    «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,25-28).
    Todas las motivaciones que los teólogos han intentado dar a la encarnación, al «porqué Dios se ha hecho hombre», se rompen ante la evidencia de esta declaración: «He venido para servir y para dar la vida para muchos». Se trata de aplicar esta nueva idea de dominio también a la relación con la creación, sirviéndose ciertamente de ella, pero también sirviéndola, es decir, respetándola, defendiéndola y protegiéndola de cualquier violación.
    Cristo actúa en la creación como actúa en el ámbito social, es decir, con su precepto del amor al prójimo. En relación al espacio, en sentido por así decirlo sincrónico, «prójimo» son aquellos que, aquí y ahora, viven junto a uno; en relación al tiempo, en sentido diacrónico, prójimos son los que vendrán detrás de nosotros, empezando por los niños y jóvenes de hoy, a quienes estamos quitando la posibilidad de vivir en un planeta habitable, sin tener que ir por ahí con una máscara en la cara para respirar o fundar colonias en otros planetas. De todos estos prójimos, en el espacio y en el tiempo, Jesús dijo: «A mí me lo hicisteis… A mí no me lo hicisteis» (Mt 25,40.45).
    Como todas las cosas, también el cuidado de la creación se juega a dos niveles: a nivel global y a nivel local. Un dicho moderno exhorta a pensar globalmente, pero a actuar localmente: Think globally, act locally. Esto quiere decir que la conversión debe comenzar por el individuo, es decir, por cada uno de nosotros. Francisco de Asís solía decir a sus frailes: «Nunca he sido ladrón de limosnas, al pedirlas o usarlas más allá de su necesidad. Cogí siempre menos de lo que necesitaba, para que los demás pobres no fueran privados de su parte; porque hacer lo contrario, sería robar»[14].
    Hoy esta regla podría tener una aplicación muy  útil para el futuro de la tierra. También nosotros deberíamos proponernos: no ser ladrones de recursos, usándolos más de lo debido y sustrayéndolos así a quien venga después de nosotros. Para empezar, nosotros que trabajamos normalmente con papel, podríamos tratar de no contribuir al enorme y descontrolado despilfarro que se hace de esta materia prima, privando así a la madre tierra de algún árbol menos.
    La Navidad es una llamada fuerte a esta sobriedad y austeridad en el uso de las cosas. Nos da ejemplo de ello el mismo Creador que, haciéndose Hombre, se contentó con un establo para nacer. Recordemos esos dos versos sencillos y profundos del canto «Tú bajas de las estrellas», de san Alfonso María de Ligorio: «A ti que eres del mundo el Creador – Faltan pañales y fuego, oh mi Señor».
    Todos, creyentes y no creyentes, estamos llamados a comprometernos con el ideal de la sobriedad y del respeto de la creación, pero nosotros cristianos, debemos hacerlo por un motivo y con una intención más y diferente. Si el Padre celestial hizo todo «por medio de Cristo y en vista de Cristo», también nosotros debemos tratar de hacer todas las cosas así: «por medio de Cristo y en vista de Cristo», es decir, con su gracia y para su gloria. También lo que hacemos en este día.
    © Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
    [1] A. Neckam, De naturis rerum, I, 2 (ed. Th. Wright 1863) 12s.
    [2] M. Blondel – A. ValensinCorrespondance (Aubier, París 1965). ( + de détails ) ( + de détails ) ( + de détails )
    [3] Duns Scoto, Opus Parisiense, III, 7, 4: Opera omnia, XXIII (París 1894) 303.
    [4] Mon Univers (1924), en Inno del universo, ed. N.M. Wildiers (Queriniana, Brescia 21995) 54 [trad. esp. Himno del universo (Trotta, Madrid 1996)].
    [5] Teilhard De Chardin, La Messe sur le monde  (1923), en Hymne de l’univers : OEuvres (éd. du Seuil, París 1961) 17ss [trad. esp. La misa sobre el mundo (Acción Cultural Cristiana, Madrid 1998)].
    [6] Teilhard De Chardin, Comment Je crois (1923) (ed. du Seuil, París 1969) 90 [trad. esp. Como yo creo (Taurus, Barcelona 1986)].
    [7]  Según san Agustín, el final consistirá en la separación de los buenos respecto de los malos, en la destrucción (conflagratio) del mundo presente y en su renovación: cf.  De civitate Dei, XX, 30,5.
    [8] C. Mooney, Teilhard de Chardin et le Mystère du Christ (París 1966) 229ss [trad. esp. Teilhard y el misterio de Cristo (Sígueme, Salamanca 1967)].
    [9] Gaudium et Spes, 26.
    [10] Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, 20, n. 3570 (Marietti, Turín 1961) III, 286.
    [11] San Basilio, El Espíritu Santo, XVI, 38: PG 32, 136.
    [12] San Ambrosio, Sobre el Espíritu Santo, II, 32.
    [13] Anónimo Quartodecimano del siglo II [Pseudo Hipólito], Homilía sobre la Santa Pascua,  106: SCh 27, 1950; trad. it. en I più antichi testi pasquali della Chiesa, ed. R. Cantalamessa (Edizioni Liturgiche, Roma 2009) 93-94.
    [14] Celano, Espejo de perfección, 12: FF 1695.