“Era una vacación, un respiro semanal en la tarea de años que me significaban las novelas, un paréntesis de realidad concreta que me distraía de tantas horas sumido en la ficción.” El periodismo es, para Mario Vargas Llosa, lo que para el resto la literatura: un modo de escapar. Desde hace medio siglo hay un momento de la semana en que el escritor peruano se sienta a escribir y trata de privilegiar, al menos durante un rato, la razón sobre la pasión, intentando, contra sus “impulsos naturales”, evitar la profusión y la fantasía, el uso indiscriminado de los adjetivos y del lenguaje como un fin en sí mismo.
Vargas Llosa nunca ha dejado de escribir en los periódicos. Sus reportajes, artículos y crónicas, hoy reunidos en los tres tomos de Piedra de toque (Galaxia Gutenberg), conforman una verdadera “autobiografía intelectual” del autor de La ciudad y los perros, además de un repaso exhaustivo de la segunda mitad del siglo XX, tanto en Europa como en América Latina, con una atención especial al Perú, cuya situación política ha sido siempre seguida de cerca por el autor, que llegó a presentarse como candidato a la presidencia del país en las elecciones de 1990.
A principios de los sesenta, en “una época en que literatura y periodismo estaban mucho más unidos que ahora”, Vargas Llosa comenzó a colaborar con Lettres Françaises y Le Monde, de París, donde entonces se desempeñaba en trabajos alimenticios; con Marcha, un diario de Montevideo o con el Expreso, de Lima. Allí lo mismo escribía sobre Lope de Vega que sobre Fidel Castro, alternando sus reflexiones literarias –una suerte de diario interesantísimo de lecturas– con la inquietud que en él despertaba la actualidad en aquellos tiempos de zozobra: “El azar hizo que viviera en el París de los sesenta, en el Londres de los setenta y en Barcelona durante la Transición, lugares donde ocurrían cosas importantes”.
Del periodismo bebió la literatura, pues aquel le permitió “saltarse los compartimentos de la sociedad”, encontrándose historias y personajes que nutrirían más tarde sus ficciones. Y puso el ejemplo de Roger Casement, protagonista de El sueño del celta, que se paseó por sus artículos mucho antes de concluir que escribiría una novela sobre su figura como defensor de la causa anticolonialista.
Sobre la situación del periodismo habló también el último superviviente lúcido del boom. Recordó sus comienzos en un periódico limeño, cuando solo contaba 15 años. Lamentó la crisis actual del gremio, sobre todo en España, pero lo hizo extensible a toda la economía, mostrando su comprensión con un Gobierno al que no le queda otra que recortar: “Es inevitable, la situación es muy grave”, dijo. Habló sobre el nacionalismo: –“No ha producido un solo libro que se pueda leer, sólo cosas mediocres y cerradas. Espero que lo de Cataluña sea una exageración”-; de la necesidad de legalizar las drogas -“Cuándo se darán cuenta de que la represión no conduce a nada”–; y de su admiración hacia Esperanza Aguirre, según él, “la política más atacada de España, una persona de fuertes convicciones que no ha dejado que la izquierda la humillara”.
A su retrato de la dimitida presidenta de la Comunidad de Madrid añadió que, personalmente, la echará de menos. Eran amigos y, además, compartían ideología.
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