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| Escrito por Ecclesia Digital | |
| miércoles, 16 de mayo de 2012 | |
En el siglo I antes de Cristo, el orador, escritor y político romano Marco Tulio Cicerón, sentenció que «la historia es la maestra de la vida». En el frontispicio del bloque cuarto del campo de concentración de Auschwitz, en inglés y en polaco, se lee, en medio de sobrecogimiento que casi setenta años después sigue produciendo este testimonio del horror y de la crueldad más infames, que «el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla».
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Vienen a cuento estas reflexiones iniciales, a propósito de algunas inquietantes sombras cernidas sobre el horizonte del panorama electoral en Grecia, el domingo 5 de mayo, y también en Francia, no en la segunda y definitiva vuelta de sus elecciones presidenciales, también en la citada fecha, sino en la primera vuelta de las mismas del 22 de abril, donde la extrema derecha sacó casi el 20% de los votos y también la extrema izquierda alcanzó sus mejores resultados históricos.
Especialmente desolador al mismo respecto es lo sucedido en Grecia, en la atribulada –no sin muy notables deméritos propios– Grecia. En Grecia, la fragmentación del parlamento electo puede hacer imposible, tarde o temprano, la gobernabilidad de la nación, de modo que esta pueda quedar abocada a una nueva convocatoria de elecciones generales, con el consiguiente gasto económico y, sobre todo, con el consiguiente desgaste político y moral. La segunda fuerza política surgida tras las elecciones del 6 de mayo en el país heleno es la extrema izquierda y la cuarta, la extrema derecha, la formación política llamada Amanecer Dorado y cuyas similitudes en fondo y formas con el nazismo son más que evidentes, alarmantes y deleznables.
En 1933, tras la debacle de la gran depresión económica de 1929 (el New Deal norteamericano, que pronto llegó también y devastó al viejo continente), en Alemania irrumpió con fuerza avasalladora y desde las urnas el Partido Nacionalsocialista, el tan funesto nazismo de Adolf Hitler. También por entonces, entre otros lugares en nuestra misma España, y, sobre todo, en la Europa central y del este, tras la Segunda Guerra Mundial, hizo su caldo de cultivo, también nefasto y nauseabundo, la extrema izquierda del marxismo comunista. Y Europa y el mundo se llenaron de cadáveres físicos y morales como consecuencia de estas ideologías del mal y de la infamia.
Dicen los analistas que todo aquello también fue posible porque la crisis económica aludida arruinó, sobre todo, a las entonces emergentes clases medias, a la inmensa mayoría, a la par que, en medio de la crisis, se abrieron paso ideologías mesiánicas, paganas y nihilistas.
Creemos sinceramente que no estamos ahora en vísperas de un escenario similar o ni tan siquiera parecido. Pero sí resultan interpeladores los datos glosados. Y de alguna manera y en la proporción que corresponda tampoco contribuyen a la serenidad y la necesaria paz social la tozuda y destructiva persistencia y hasta crecimiento de actitudes y actos propios de grupos antisistema y sus derivadas en la movilización y la confrontación permanente, bien saturada, eso sí, de ideologización política y partidaria. La democracia se mejora desde la democracia y desde su marco legal e institucional. La democracia se mejora con verdaderas propuestas y con responsabilidad y ecuanimidad y no con consignas, eslóganes, tópicos, acampadas y demagogias varias. Y, por supuesto, la democracia se mejora también exigiendo a gobernantes, políticos, empresarios, sindicalistas, líderes de opinión y ciudadanos responsabilidad, eficacia, honestidad, altura de miras y ejemplaridad.
La gravedad y la seriedad de la actual situación en Europa merecen, como tantas veces hemos demandado, un serio examen de conciencia sobre sus causas y raíces. Y no cabe duda de que entre estas se halla el olvido –cuando no la negación explícita– de su misma identidad, de su alma que no es otra que el cristianismo. El cristianismo, el verdadero cristianismo, es escuela y fuente de honradez, de honestidad, de valores, de austeridad, de solidaridad, de transparencia. El cristianismo previene frente a cultos idolátricos al dinero, al enriquecimiento fácil y desaprensivo. El cristianismo está en la base de la cultura de las libertades, de la justicia social y de la dignidad inviolable de la persona y de sus derechos.
La historia ha de ser maestra de la vida, porque el pueblo que olvida su pasado corre el riesgo de cometer los errores pretéritos. Todavía estamos a tiempo para que esto no suceda ahora entre nosotros. Sea del signo que sea.
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