sábado, 26 de mayo de 2012

MARÍA, EN EL CENÁCULO.


Solemnidad de Pentecostés


La Primera Comunión de María y de los apóstoles,
de Fra Angélico. Convento de San Marcos, Florencia
El día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los apóstoles la tarde del día de Pascua y culmina el Misterio Pascual. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2, 2-3). Este viento recio, impresionante, simboliza una plenitud del don de Dios que se otorga, el ímpetu de la grandeza y del amor de Dios. El fuego simboliza la purificación que el Espíritu produce en el alma del apóstol, la luz para guiar sus pasos y el calor de su palabra ardiente.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían ni la cárcel, ni la tortura, ni el martirio.
Después del primer anuncio de Pedro, se constituye la primera comunidad. A partir de entonces, todas las comunidades cristianas son dinamizadas por el Espíritu Santo, que crea la unidad y hace de todos los miembros un solo corazón y una sola alma. Los discípulos comparten la fe, perseveran en la enseñanza de los apóstoles, en la oración y en la fracción del pan, haciendo de la Eucaristía el centro de la vida personal y comunitaria, y viven la fraternidad en torno al Señor resucitado hasta el punto de poner en común los bienes materiales para que no haya pobres entre ellos (véase Hch 2, 42).
Antes del día de Pentecostés, los apóstoles «perseveraban unánimemente en la oración con las mujeres, y María la Madre de Jesús y los hermanos de éste» (Hch 1, 14). ¿Cuál es la función de María en esta escena? El Concilio Vaticano II subraya la presencia de María en el Cenáculo en oración, implorando el don del Espíritu Santo. Ella, que en la Anunciación ya había sido cubierta con su sombra, obrándose así la encarnación del Verbo, ahora invoca el don del Espíritu Santo y ayuda a los apóstoles a recibirlo del mejor modo posible.
El título de Madre de Jesús nos recuerda la relación con su Hijo durante su vida terrena y también nos sitúa en su misión de madre de los discípulos, de madre de la Iglesia. En el Cenáculo ejerce sus funciones de madre de la Iglesia ya desde el principio, manteniendo unánimes a los apóstoles. Esta escena nos sugiere también la función de María como Madre y maestra de unidad, enseñando a los discípulos a vivir en comunión con Dios y en comunión fraterna. En medio de nuestras vicisitudes diarias, de nuestros pequeños o grandes problemas, dejémonos guiar por María, y unamos nuestras voces pidiendo al Señor con confianza: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra».
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

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