Normalmente pensamos que los niños son catequizados, más que evangelizados. Sin embargo, el despertar de la fe en los más pequeños (de 0 – 6 años) es más propio de la evangelización que de la catequesis.
Muchos padres consideran que con unas meras prácticas religiosas y la educación en el colegio ya está todo hecho y han cumplido con sus deberes en la transmisión de la fe. No saben lo equivocados que están. Las causas para no tomarse la tarea personal de transmitir la fe son variadas pero hablemos claro: a menudo ni siquiera ellos creen en un Dios personal al que adorar y agradecer haber sido salvados, más bien son creyentes sociológicos que necesitan una Nueva Evangelización. Otras veces hablamos de personas comprometidas pero con unos déficits importantísimos en su propia formación cuando no una vivencia de la fe muy desfasada donde se vive la misma como algo tan privado que ni siquiera los cónyuges comparten entre sí sus propias vivencias de Dios (nos referimos a cuando los cónyuges son católicos ambos). Hay una falta grande de naturalidad en la vivencia de la fe. Es que no se atreven a confesársela a sí mismos. Normal que entonces confíen en los “sistemas”: el colegio, la parroquia.. etc. y traten de delegar en ellos lo que es indelegable. Esos sistemas continúan y complementan lo previamente sembrado pero no tienen la misma responsabilidad que los padres al respecto. Aunque, eso sí, Dios sale al encuentro muchas veces en estos ámbitos.
Sin embargo, la fe de los niños se descubre principalmente en familia. No en vano se están incrementando las llamadas del Papa a la evangelización de y a través de la familia. El futuro es de la familia porque es la primera comunidad de vida y de la fe para cualquier persona por definición (luego están las excepciones).
La mala noticia es que la familia está en crisis como tantas otras cosas y aquí está todo por hacer. La buena noticia es que Dios tiene la última palabra y podemos tener esperanza. Además, se detecta una vuelta a la fe viva en muchas familias cuando tienen que bautizar a los niños o decidir si los niños han de hacer la comunión o no.
En próximos posts vamos a reproducir unos textos de José María Pérez, del Insitituto Superior de Ciencias Catequéticas San Pío X, de la revista Cooperador Paulino, dossier nº 6, que nos han parecido significativos abordando la transmisión de la fe a los niños. Hoy comenzamos con una breve síntesis:
Dice dicho autor a modo de preámbulo que: “… La calidad del entorno familiar es determinante para la expresión y desarrollo de la interioridad de los hijos (…) el pequeño se baña inconscientemente en medio de la fe de sus padres(…) Desarrolla su representación de Dios a partir de su manera de vivir y comprender el universo religioso que se le ofrece. Vive su experiencia de fe generalizando su experiencia inmediata y concreta. El justo papel de los padres puede estar situado en un triple eje:
- Tener ellos mismos una relación filial con Dios;
- Tener confianza en la acción de Dios;
- Rodear al niño con el ejemplo y el testimonio.
El despertar religioso consiste ante todo en “obrar” con el hijo, en un contacto de calidad con él, a través de gestos significativos, luego “hablar” abiertamente con él de su fe a partir de los múltiples elementos de la vida cotidiana. Se puede decir que en el despertar de la fe vivido en familia – lo vivido importa más que lo hablado y la manera de hacer predomina sobre el decir -.
Parte de la misión de los padres (el añadido es nuestro) es “asegurar que el pequeño crezca en un entorno favorable a su santidad física, mental y espiritual”.
Está claro que si la condición de posibilidad de evangelización de los niños es una vivencia real de los padres, la evangelización de los niños en la mayor parte de los casos empezará por la de los propios padres. En cada vez más grupos y parroquias se está haciendo así, la “catequesis de los niños se convierte en la evangelización de la unidad familiar”.

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