martes, 22 de agosto de 2017

GESTOS, GESTAS; POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ



Del gaditano Fernando Álvarez nos enorgullecemos todos, los gaditanos, los españoles. Ya conocerán la historia, ya habrán visto las imágenes. En el Mundial Masters de Natación de Budapest, pidió a la organización en repetidas ocasiones que se guardase un minuto de silencio por las víctimas del atentado de Barcelona. La organización dijo que "no se podía perder ni un minuto", demostrando un extraño sentido de lo que es ganar y lo que es perder. Álvarez pareció conformarse, pero, cuando estaban en la salida y sonó el pistoletazo, se quedó quieto y solo y sólo después de un minuto eterno se lanzó al agua, con su homenaje rendido y nuestros corazones ganados.
Confesaré que no soy partidario de los minutos de silencio. ¿No escenifican una especie de faltas de respuestas y de sentido ante el terror? Prefiero la oración y la protesta razonada. Pero trato de no permitir que mis prejuicios interfieran con mis admiraciones. El minuto de silencio de Fernando Álvarez fue, además, estruendoso, en cuanto que dejaba en evidencia la insensibilidad de los organizadores del Mundial y, sobre todo, era un himno al valor global de un gesto.
Ahí es donde quiero ir a parar, aunque antes reconoceré la belleza de un deportista que renuncia a lanzarse a la carrera a competir. Para mí, ese "que corran ellos" manda un mensaje a una sociedad muy embrutecida por los deportes, de paso. Pero lo importante fue el gesto. No podemos exagerar y considerarlo una gesta, aunque no nos faltan ganas. En la sociedad de la imagen y los medios, tendríamos que ir acostumbrándonos a que el combate se da, de ordinario, por suerte y por ahora, con gestos que cuesta hacer un poco, pero no mucho, y que valen su peso en oro. Fernando Álvarez, del Club de Cádiz, le ha mojado la oreja a toda la Federación Internacional de Natación, él, ante los ojos del mundo.
Tampoco se quedó corto el torero Antonio Ferrera. En Bilbao le silbaron por coger unas banderillas con los colores nacionales y dio una media cambiada y no puso él las banderillas. Al final, la plaza le aplaudió el gesto de vergüenza torera y pundonor patriota. Cortó una oreja.
Parece que vamos dándonos cuenta de que el lenguaje "gestual" es muy importante para que se visualicen unas ideas y unos sentimientos que en nuestro país son mayoritarios o muy compartidos, pero que, por respetos humanos o por discreción, han estado en segundo plano demasiado tiempo.

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