Nada hay más repugnante que el egoísmo, ese vicio que nos hace mirarnos a nosotros mismos sin dignarnos prestar atención en los demás, sean ellos quienes fueren.
El egoísmo constituye a nuestra persona en centro de vida, independizándose de Dios en el campo de la convivencia y de la comunidad humana en el ámbito social; si se piensa en los demás, es en tanto en cuanto puedan sernos útiles para nuestras conveniencias y avaricias. El egoísta quita a Dios el incienso de la adoración y a la comunidad el servicio que le corresponde y necesita.
No conoce el egoísmo otra norma que la especulación del interés personal: el fraude al ciudadano o a la patria, el abuso y la opresión de los necesitados y humildes, el cálculo usurero.
Será bueno que examinemos si han quedado en nuestro corazón algunas raicillas de egoísmo.
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