La Iglesia en España vivía en un régimen absoluto en el que el
regalismo campeaba a sus anchas. Aunque venía de antiguo, con
los Borbones alcanzó su culmen. Ciertamente la Iglesia estaba
p rotegida, imperaba la unidad católica y no se sentía a disgusto
con la situación. Hecho tan re l e vante como la expulsión de los
jesuitas en 1767 no conmovió a la Iglesia hispana. Fu e ron escasos
los obispos que lamentaron el hecho y los hubo que se mostraro n
encantados con la medida que se aplaudió incluso en alguna pastoral.
Incidentes como el ocurrido, también en días de Carlos III,
con el obispo de Cuenca, Carvajal y Lancáster, por sus escasas
consecuencias prácticas, apenas sirvió para que sus hermanos en el
episcopado tomaran nota de que el rey no estaba dispuesto a que
le contrariaran.
Los obispos se sentían honrados y protegidos, la religión lucía
en todo su esplendor y se impedía todo lo que pudiera pert u r b a rla,
la Inquisición, aunque ya muy mediatizada, seguía siendo una
garantía. Apenas unos ministros “ilustrados” o un fiscal como
Campomanes podían augurar días peores. Pe ro la piedad de los
re yes parecía cubrir con toda su autoridad inmensa cualquier
inquietud. Apenas el monje jerónimo Fray Fernando de Ceva l l o s
o el capuchino Fray Diego de Cádiz pre s a g i a ron lo que se ave c inaba.
El primero en su obra La falsa filosofía crimen de Es t a d o.
Pe ro las autoridades se encargaron de cortarle las alas al avisado
jerónimo interrumpiendo la edición de su obra.
Verbo, núm. 465-466 (2008), 375-381. 375
La Re volución Francesa cambió por completo el panorama. Y
d i recta consecuencia de ella fue la invasión de nuestra patria en
1808 por los franceses. No voy a considerar la misma ni sus consecuencias.
Lo han hecho otros compañeros de esta mesa re d o nda.
Me limitaré sólo a la respuesta de la Iglesia a aquella guerra
que ve rdaderamente fue una lucha por Dios, por la patria y el re y.
Anticipando veinticinco años el trilema que harían famoso los
carlistas.
La situación era ciertamente difícil pues el rey de España,
tanto lo fuera Carlos como Fernando, habían entregado la Coro n a
a quien parecía el amo del mundo. Y los obispos estaban acostumbrados
a ser obedientes. Como los Grandes de España o las altas
magistraturas de la Nación.
La sublevación popular se extendió por toda España y muchas
adhesiones al intruso se vinieron abajo. Con el pueblo estuviero n
el bajo clero y buena parte del alto, la hidalguía rural y, arrastrados
por ellos, buena parte de la nobleza y la gran mayoría del
Ep i s c o p a d o. La mayoría de ellos formaron parte de las Juntas
locales y algunos las pre s i d i e ro n .
Tras la efímera victoria de Bailén el francés se apoderó prácticamente
de la Península y entonces se dio el fenómeno del afrancesamiento
que hoy algunos pretenden demostrar, de haberse
generalizado, hubiera sido la solución de España. No necesito
decir que no comparto en absoluto esa opinión.
La Iglesia, en su inmensa mayoría, fue patriota. Los religiosos,
suprimidos por Napoleón, militaron casi todos, algunos incluso
con lar armas, en el bando nacional. Lo mismo cabe decir del
c l e ro secular con algunas excepciones. En t re los obispos apenas
hubo quien apoyara de corazón la nueva dinastía. Sobrarían los
dedos de una mano para contarlos. De abierta militancia pro f r a ncesa
apenas podemos contar al arzobispo de Zaragoza e Inquisidor
general, Arce, y su obispo auxiliar el capuchino Fray Miguel de
Santander. Ambos se re t i r a ron a Francia en la desbandada que
siguió a la derrota napoleónica.
Muchos abandonaron sus palacios y sus diócesis por no pre star
juramento al rey intru s o. En varios casos con riesgo cierto de
sus vidas y siempre en la seguridad de la pobreza y hasta el
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h a m b re que tenían asegurada en tan incierta aventura. En Ma -
l l o rca se refugiaron hasta ocho. Otros llegaron a Cádiz, unos
como diputados, Nadal, Casquete de Prado, Bejarano, Beltrán,
Aguiriano, otros como simples refugiados. Los hubo que aguant
a ron en sus diócesis la marea que, cuando se retiró, como en
Galicia, les permitió mostrar el patriotismo que llevaban en al
alma.
Los hubo que pensaron que su obligación era permanecer en
sus diócesis y en ellas hubieron de prestar el obligado juramento
a José sin fervor alguno. Lo hubo también como el de Córd o b a
que se excedió en sumisión personal y predicada. Ninguno de
ellos experimentó tras el re g reso de Fernando VII el menor cont
r a t i e m p o. Ni siquiera el cordobés que merecido lo tenía.
Tuvo pues la guerra un absoluto respaldo por parte de la
Iglesia con contadísimas excepciones. Era un combate con fuertes
m o t i vaciones religiosas, además de las patrióticas y monárq u i c a s ,
Y la Iglesia allí estuvo. Incluso dos obispos, el que después fue el
c a rdenal Qu e vedo y el cardenal Borbón pre s i d i e ron la Regencia.
Y sobre un centenar de sacerdotes y algunos obispos fueron diputados
en las Cortes que resistían al inva s o r. Aquel verso que decía:
“ ¡ Guerra gritó ante el altar el sacerdote con ira!” es un fiel re f l e j o
de lo que ocurrió.
Pe ro hubo otra división en la Iglesia española. También desp
ro p o rcionada en su número pero importante. La gran mayo r í a
del clero y de los obispos eran de formación y convicciones tradicionales.
Pe ro se re veló un minoría liberal que tuvo una decisiva
influencia en las Cortes gaditanas. Y a los que cabe incluir en
aquella caracterización que hizo Menéndez Pe l a yo del jansenismo
español.
No m b res como Vi l l a n u e va, Muñoz To r re ro, Espiga o Ruiz de
Padrón fueron figuras re l e vantes de la facción liberal de las
Cortes. Los hubo también muy señalados en el otro lado, va r i o s
de los cuales serían más tarde obispos en la restauración fernandina:
Ingüanzo, Simón López, Ros, Cañedo Vigil, Lera y Cano,
Creus, Esteban Gómez, por nombrar sólo a los de las Cortes
extraordinarias.
Las dos grandes figuras de la Iglesia hispana eran el card e n a l
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de Toledo y de Sevilla, Luis María de Borbón y Vallabriga, primo
del rey y con una hermana casada con Go d oy y el obispo de
Orense, Pe d ro Qu e vedo y Qu i n t a n o. El primero, a quien el conde
de To reno retrató diciendo que “era su cortedad tanta”, se alineó
con el sector liberal. Qu e vedo, presidente de la primera Re g e n c i a ,
era la cabeza moral del episcopado hispano y militaba tradicionalmente
en el sector tradicional.
Al orensano le tocó re p resentar el primer enfrentamiento eclesial
con las Cortes de Cádiz. A no aceptar, sin matizaciones, jurar
la soberanía nacional. Tenía muy claro el obispo, y en eso fue un
adelantado, que había un grave peligro para la religión con tal
juramento. No ponía inconveniente alguno en jurar siempre que
se le permitiera añadir que lo hacía en todo lo que la citada soberanía
no se opusiera a la religión o quebrara juramentos anteriores
suyos. A los que debía fidelidad. Fue el primer enfrentamiento
del liberalismo con la Iglesia el mismo día en el que se inauguraba.
El obispo de Orense estuvo meses recluido hasta que por fin
juró después de haber hecho constar repetidamente el sentido en
el que juraba.
Inmediatamente después se aprobó la libertad de imprenta en
lo que no pocos vieron un grave peligro para la Iglesia pese a las
garantías que se daban. Los recelos enseguida fueron realidad. Si al
periódico La Triple Al i a n z a se le acusó de blasfemo, el escándalo
que provocó Ba rtolomé José Gallardo con su Diccionario crítico
burlesco fue mayúsculo. En él se atacaba abiertamente a la Iglesia.
Las necesidades de la guerra hicieron que el oro y la plata de
las iglesias fueran el recurso más fácil e inmediato para subvenir a
los apremios del tesoro. Lo que los franceses simplemente ro b aban,
en la España libre se obligaba a entregarlo.
Los religiosos no eran bien vistos por los ilustrados y no sólo
les hacían blanco de ataques por vagos, inútiles, personas sin formación
o con una ya no acorde con los tiempos sino que, también
imitando a los franceses, pusieron la vista en los bienes inmuebles
de monasterios y conventos. En Cádiz no se atre v i e ron a extinguir
los regulares, eso vendría después. El primer paso fue reunirlos en
una casa en aquellas poblaciones en las que hubiera varias de una
misma orden, poner inmensas trabas a la devolución a sus pro p i e-
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tarios de aquellos que se iban liberando de la dominación francesa,
suprimir los que no llegaran a un determinado número de re l igiosos
y amparando las secularizaciones que eran las de todos
aquellos cuyas casas habían estado en algún momento bajo el
dominio francés.
En la España libre y en la que se iba liberando había que ir con
ciertas cautelas pues el pueblo estaba de corazón con los religiosos
p e ro el propósito de reducirlos y hasta de suprimirlos era claro.
La supresión del voto de Santiago, de los señoríos jurisdiccionales
y otras medidas análogas ponían de manifiesto lo que la
Iglesia podía esperar del régimen liberal. Y así llegamos a la supresión
del Tribunal de la Inquisición que hirió profundamente los
sentimientos del pueblo católico español que veía en él la garantía
de la pureza de la fe. La mayoría liberal de las Cortes la impuso
e hizo que el decreto de supresión se leyera en todas las misas
que se celebrasen en la iglesias de España.
Hubo obispos que se negaron y que para evitar la prisión si
estaban próximos al Portugal ya liberado se refugiaron en él. Así
el gran Qu e vedo y Quintano, obispo de Orense, el arzobispo de
Santiago, Múzquiz, y el de Astorga, después arzobispo de Zaragoza,
Ma rtínez Jiménez.
El nuncio de Su Santidad fue expulsado de España en una
medida que realmente arrojaba la máscara con la que algunos querían
disimular su actitud ante la Iglesia. El jansenismo español
había triunfado en su propósito episcopalista y reductor de las
p re r ro g a t i vas del Romano Pontífice.
Sin embargo, las nuevas elecciones para las Cortes ordinarias,
ya con la mayor parte de España liberada del francés, lleva ron al
C o n g reso una mayoría mucho más tradicional que la que había
llegado a Cádiz. Las extraordinarias se habían completado con
una serie de diputados suplentes que habían sido elegidos sin la
menor intervención de las poblaciones por las que eran diputados.
Es más que probable que si Fernando VII a su regreso no hubiera
disuelto las Cortes ellas mismas hubieran echado abajo lo que las
e x t r a o rdinarias habían leva n t a d o. Pe ro en la historia es inútil conjeturar
con lo que hubiera ocurrido si tal hecho se hubiera o no
p ro d u c i d o.
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Los liberales sabían que en Cádiz contaban con una clientela
que les apoyaba desde las tribunas y que en muchas ocasiones
impedía hasta hablar a aquellos diputados que no eran de los
suyos. Hubo incluso alguno que tuvo que refugiarse en un navío
con riesgo cierto de su vida. La maniobra no triunfó y las Cortes
ordinarias ya se pudieron reunir en Madrid. Curiosamente ese
empecinamiento liberal por no abandonar Cádiz pudo suponer
hasta el fin del liberalismo pues una terrible peste se extendió por
la ciudad y como consecuencia de ello fallecieron varios diputados.
La oposición al liberalismo fue sin duda sentimiento general
y Fernando VII, repuesto en sus derechos absolutos, fue recibido
con entusiasmo inenarrable. Hoy se cuenta, como colmo del servilismo
del pueblo español que en su largo trayecto hastaMa d r i d ,
a la entrada de todas las poblaciones, la multitud desenganchaba
los caballos del carruaje real y lo arrastraban sus súbditos en
medio del general entusiasmo. Curiosamente quienes hacen burla
de tal demostración de fervor monárquico callan con el mayor
cuidado que exactamente lo mismo hacían con Riego los liberales
en el Trienio que restauró la Constitución gaditana.
En el grupo tradicional de las Cortes de Cádiz era muy
importante la re p resentación clerical. A los nombre que hemos
citado debemos añadir los de Ostolaza, Dou, Ji m é n ez Hoyo. . .
Pe ro con ellos estaban también numerosos laicos como Borrull,
Valiente, Fre i re, Hermida, Go n z á l ez Llamas... Figuras muy imp
o rtantes de la oposición al liberalismo.
Así como hubo prensa liberal también fue significativa la presencia
de la contraria. La Estafeta de Sa n t i a g o, El Sensato, El Diario
de la Au ro ra, el Exacto Correo de España en La Coru ñ a, La At a l a y a
de la Ma n c h a, los gaditanos El Censor, El Sol de Cádiz y, sobre
todo, El Pro c u rador Ge n e ral de la Nación y del Re y, el Diario de
Pa l m a, El Fe rn a n d i n o, El Lu c i n d o...
Son de mención obligada porque constituyen hitos del pensamiento
contrarrevolucionario el dominico andaluz Fray
Francisco Alvarado cuyo seudónimo de El Filósofo Rancio se hizo
popularísimo en España. Sus Cartas f u e ron un auténtico torpedo
en la santabárbara liberal. Famosísimo también el capuchino Fray
Rafael de Vélez con su Pre s e rvativo contra la irreligión y la Ap o -
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logía del Altar y del Tro n o. Curiosamente esta obra, en dos vo l úmenes,
tuvo dificultades con la censura en pleno sexenio absolutista.
Crítica acerbísima de la obra de las Cortes la Instrucción
Pa s t o ral de los obispos refugiados en Ma l l o rc a. Verdaderamente
demoledora está firmada por seis obispos que habían buscado
asilo en la isla y que, a consecuencia de su escrito, fueron expulsados
de la misma.
Por último también debemos referirnos al célebre Ma n i f i e s t o
de los Pe r s a s, cuyo primer firmante fue Be r n a rdo Mozo de Rosales,
después marqués de Mataflorida, en el que sesenta y nueve diputados,
entre ellos bastantes eclesiásticos, exponen al rey un pro g r ama
ciertamente muy distante del liberalismo de Cádiz pero
también del absolutismo borbónico. El rey prefirió este último y
nos quedamos sin conocer las virtudes de la propuesta de los
sesenta y nueve diputados.
A estos dos últimos escritos así como al cardenal Qu e ve d o
dediqué largos trabajos en la revista Verbo y a ellos me re m i t o.
So b re la peripecia de las Cortes gaditanas también publiqué
hace años un trabajo con el significativo título de El liberalismo y
la Iglesia española. Historia de una persecución. Las Cortes de Cádiz,
en el que desarrollo ampliamente lo que hoy sólo he podido apuntar.
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