lunes, 6 de febrero de 2012

LA BELLEZA DE LA IGLESIA (XXXIV).



“Iba ella resplandeciente, en el apogeo de su belleza, con rostro alegre como de una enamorada” Est,5,1
LA INCREDULIDAD DEL CIENTÍFICO Y LA FE DE LA NIÑA
Hoy contaré a los tres o cuatro feligreses que aún me leen dos anécdotas que me ocurrieron
hace poco. Son solo dos anécdotas casi sin importancia, ocurridas una tras otra, la semana
pasada, en el Museo de nuestra ciudad, dentro del mismo y al salir de él, respectivamente.
La Primera: Museo
Histórico Municipal.
Conferencia sobre
arqueología local.
Acudo, cosa rara,
porque me interesa el
tema y los ponentes
son conocidos míos.
Mi sorpresa salta
enseguida; los hallazgos
encontrados son
6.000 años “a.n.e.” (antes de nuestra era).
Alguien puede no haberse dado cuenta.: antesde
- nuestra - era; “era”, periodo determinado
en la historia. ¡Ha desaparecido la palabra
Cristo! No se pone ya “a.d.c.” (antes de Cristo).
Ahora es a.n.e., antes de nuestra era.
Ciertamente, este modismo del lenguaje (ya
estamos acostumbrados a otros similares),
impuesto por la presión social, no me pasó
desapercibido. Ya había oído hablar de él,
pero nunca lo había oído aún tan en directo.
Los investigadores ponentes, cuyo trabajo
científico es admirable por otra parte, son
hijos de familias de fe. ¿Qué pasa entonces?
Que se quiere quitar a Cristo del panorama
social, cultural, científico y académico. Quitarlo,
no sea que moleste a los laicistas ateos o
a los vecinos musulmanes… ¡Qué absurdo!
Como si Cristo no hubiera “partido” la
historia en dos, no siguiera siendo la bisagra
de la humanidad. Como si su encarnación
no fuese ya el acontecimiento más importante
de nuestra historia.
La segunda: justo al salir del museo me encuentro
con unos padres amigos, feligreses de
nuestra parroquia, con
una de sus hijas, de 10
o 12 años. Me dice,
con sus ojos preciosos
muy abiertos y su
conocido desparpajo
“oye, a ver cuándo
hacemos una convivencia
de niños en la
parroquia, hace tiempo
que no tenemos
una y no hay derecho…”. Es verdad, Dios
habla por ti, le contesté.
¡Qué contradicción con lo que había visto
hace un momento! El laicismo biempensante
y políticamente correcto de los adultos, que
quieren hacer desaparecer a Cristo de sus vidas,
frente a la fe infantil de una niña de la
parroquia que quiere meter a Cristo en su
vida para no dejarlo nunca. La insidia anticristiana
de cierto mundo académico, alejado
de ese otro del que hablábamos la semana
pasada y que aunaba la ciencia y la fe, frente
la fe sencilla y osada de una chiquilla. Qué
belleza.
Dios preserve la fe a esos niños de nuestra
comunidad, llenos de Gracia y asombro.
Dios preserve asimismo a nuestra sociedad del
laicismo excluyente, que inunda todo hasta en
detalles como el que hoy os cuento.
Se trata de elegir entre el camino de la vida y
el de la muerte; entre el futuro de la esperanza
en la fe y el pasado del paganismo sin
ella.
Petrus quînta


Pedro A. Mejías Rodríguez

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