La oferta y la demanda
Llama mi padre. Cojo el teléfono. "Hombre, qué alegría, qué me cuentas, cómo estás". Me sorprende tanta efusividad, pero enseguida se aclara el malentendido. Confundió el número y creía que estaba llamando a mi hermano Jaime, que tiene una relación bastante distante no con mi padre, ni hablar, sino con el móvil y que además vive en Madrid y no a tres manzanas. Por suerte, el Evangelio viene a salvarme, como siempre. No me molesto como el hermano mayor de su hermano pródigo por las fiestas que mi padre le hace a mi hermano pequeño, y no a mí, que descuelgo el teléfono siempre al primer timbrazo. Yo estoy siempre con él, siempre al habla. Y si a alguno de mis lectores no le va el paralelismo parabólico, pues también vale la ley de la oferta y la demanda, tan en boga en estos tiempos de neoliberalismo liberado: la oferta escasa dispara la demanda. O volviendo, boomerang, al Evangelio, sería ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el mío. Anoche conseguí hablar por teléfono con Jaime después de no sé cuántas conversaciones con su contestador, y lo celebré por todo lo alto, paseando bajo un frío vivificante y unas estrellas como un castillo de fuegos artificiales nada efímeros, etc.
***
Lo cual, haciendo ahora un pequeño ejercicio de metabloguismo, también se aplica a la alegría que nos da ver que los viejos blogueros siempre vuelven: véase Beades o Julio Martínez Mesanza o Llir entre cards. Hay que matar un cabrito cebado para celebrarlo, tres, y los más diarios (o más) nos apuntamos encantados, ¿verdad, Ángel?
No hay comentarios:
Publicar un comentario