11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes: Jornada Mundial del Enfermo
Sacramentos de curación: la medicina de Dios
«Jesús ha mostrado una particular predilección por los enfermos», recuerda el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo: se acercaba a ellos, les hablaba y los curaba. Restaurando su salud física, manifestaba de forma visible su obra de salvación. Hoy, Cristo sigue realizando esta misma obra, a través de la Iglesia, por medio de los sacramentos de sanación: Reconciliación y Unción de enfermos. De ellos, dice el Papa que son medios preciosos «que ayudan al enfermo a conformarse, cada vez con más plenitud, con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo»

«Quien cree no está nunca solo!» Lo dijo Benedicto XVI en la Misa de inicio de su pontificado, refiriéndose a la enfermedad, la agonía y la muerte de Juan Pablo II, y lo ha repetido más veces durante su pontificado. En su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, quiere gritarlo porque, si alguien necesita escuchar esta buena noticia, son los enfermos, sobre todo aquellos que miran de cerca a la muerte. «Dios -continúa el Papa en el Mensaje-, por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo».
El texto recuerda asimismo que Jesús siempre «ha mostrado una particular predilección por los enfermos». En el Ángelus del domingo pasado, el Papa afirmó que «la liberación de enfermedades y padecimientos» era, «junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública». El lema de la Jornada de este año, Levántate, vete. Tu fe te ha salvado, recuerda una curación de los diez leprosos, y el agradecimiento de uno de ellos.
Todos duermen, pero Jesús está conmigo
Cuando uno se da cuenta de esta cercanía, especialmente en un momento de dificultad, el corazón cambia. Es la experiencia del padre Iñaki Gallego, coordinador del Servicio religioso del Hospital Clínico Universitario San Carlos, de Madrid: «Cuando uno está enfermo, siempre está solo; aunque esté acompañado. Por ejemplo, mientras todos duermen, él se despierta y le entra el agobio. Pero, si se ha encontrado con Cristo y ha descubierto que también entonces está con el Señor, tiene una paz que no te da nada más. Cómo cambia la cosa cuando una persona alejada, al que nos encontramos o al que nos acercamos porque un familiar nos lo pide, se encuentra con Cristo».
Los capellanes y voluntarios que coordina el padre Iñaki visitan a los enfermos que lo solicitan. También acuden a la llamada de quienes les reclaman por los pasillos, pidiéndoles ayuda para ellos mismos o para sus familiares. Su presencia en el hospital demuestra al enfermo que, igual que el amor de Cristo «no le abandona nunca», tampoco le faltará «el amor de la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación», como escribe el Papa. Esta obra de salvación se manifiesta, de forma eficaz, en los sacramentos de sanación, que son el tema central del Mensaje del Papa este año. «Se trata -afirma- de medios preciosos de la gracia de Dios, que ayudan al enfermo a conformarse, cada vez con más plenitud, con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo».
A ver si me confieso; pero hoy, no
La primera sanación que ofrece la Iglesia, a todos los fieles, es la reconciliación con Dios a través del sacramento de la Penitencia. «Jesús, con su vida, anuncia y hace presente la misericordia del Padre -explica el Papa-. Él no ha venido para condenar, sino para perdonar y salvar, para dar esperanza incluso en la oscuridad más profunda del sufrimiento y del pecado, para dar la vida eterna; así, en el sacramento de la Penitencia, en la medicina de la Confesión, la experiencia del pecado no degenera en desesperación, sino que encuentra el amor que perdona y transforma».
Aunque la reconciliación es una medicina que todos necesitan, la enfermedad puede hacer a quien la padece más receptivo al amor de ese Padre que sale al encuentro. El Hospital La Fuenfría está dedicado a pacientes de mediana y larga estancia, entre ellos enfermos terminales que reciben cuidados paliativos. «Es frecuente -comparte el padre Cyprien, su capellán- que alguien que está saliendo de una vida lejos de Dios, al descubrir la presencia de un sacerdote, pida confesarse». No es, claro, algo inmediato. Después de verle unos días por los pasillos, o visitando al compañero de habitación, «alguno empieza a decirme: A ver si me confieso, padre; pero hoy, no. Yo no les fuerzo, pero con suerte terminan haciéndolo. Noto que han perdido el verdadero sentido de la Confesión, y la toman como un castigo impuesto. A veces, parece más una disculpa ante la idea de un Dios castigador. Durante la misma Confesión, intento hacerles una catequesis y les explico bien que, en realidad, es un encuentro de misericordia con Dios, su Padre». Quizá no todos cambien su idea preconcebida -reconoce-; «pero, en cualquier caso, luego me miran de forma diferente», con otra confianza.
Quien se siente perdonado, perdona

Benedicto XVI saluda a un sacerdote en silla de ruedas,
durante su visita al Seminario Mayor de Roma, en 2010
No es sólo la ruptura con Dios a la que los enfermos se enfrentan. En estas situaciones, dan la cara también otras heridas infectadas, o mal cicatrizadas. Están relacionadas, sobre todo, con la familia. Pero «Dios no cierra el corazón a ninguno de sus hijos -subraya el Papa-, sino que los espera, los busca, los alcanza allí donde el rechazo de la comunión les ha encerrado en el aislamiento y la división».
El padre Iñaki sabe bien cuántas veces, acudir a la Penitencia, «ha hecho que una persona muera con alegría. Sabiéndose perdonado, y además -recalca- perdonando. La confesión te da la gracia de Dios y te libera de esos escollos que no te permiten hacer lo que Dios quiere, y por eso ayuda a reconciliarse también con los demás. Cuando la gente se confiesa, dicen que se llevan mal con uno, que tienen ojeriza a otro... Muchas veces por tonterías, otras veces sí hay problemas duros. Pero Dios se vale de los momentos de debilidad para pedirle a la gente que perdone». Normalmente, hacen falta tiempo y varias conversaciones; pero que «llegue ese momento, y poder reconciliarse y morir en paz, con un beso, tiene mucho más valor que estar sano pero avinagrado».
La Unción, medicina especializada
La Reconciliación supone un bien inmenso cuando se vive la enfermedad, pero no deja de ser el equivalente a la atención primaria. Y, cuando llegan la enfermedad, la debilidad y el sufrimiento, tanto el cuerpo como el alma necesitan atención especializada. La atención especializada que ofrece la Iglesia es el sacramento de la Unción de enfermos. El óleo, «como medicina de Dios, ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad, remite a la curación definitiva, a la resurrección», explica el Papa.
Con la Unción, «acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie sus penas y los salve; es más, les exhorta a unirse espiritualmente a la pasión y a la muerte de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del pueblo de Dios». Continúa el Mensaje del Papa: «Este sacramento merece hoy una mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral con los enfermos». E insiste en que «no debe ser considerada como un sacramento menor», o sólo para el final de la vida.
No es un sacramento de muertos

En efecto, muchas familias privan a un ser querido de estamedicina porque se va a asustar, o todavía se entera. Esto, unido a cuando el enfermo no tiene familia o ésta no sabe que en el hospital hay un servicio religioso, hace que, «quizá, sólo el 20% de las personas religiosas reciban la Unción al final de su vida», calcula el padre Iñaki. Algunos retrasan tanto el llamar al sacerdote -lamenta el padre Cyprien- que, «a lo mejor, cuando se deciden, no estoy en el hospital». Cambiar esta mentalidad es el reto de quienes atienden espiritualmente a enfermos. «No es un sacramento de muertos, sino para la vida», insisten. La Unción «es la mano y la presencia de la Iglesia que se hace presente en su sufrimiento», les explica el padre Cyprien a sus enfermos. Eso sí, cuando se celebra, si se le dedica tiempo y cariño, es también «un momento de catequesis para la familia y los amigos. Hemos tenido casos en los que la familia ha cambiado totalmente su percepción, se ha abierto y la celebración ha sido incluso festiva», explica la Hermana Teresa, voluntaria del equipo del padre Iñaki. Su récord es una celebración de la Unción, para una chica joven, que la acogió muy ilusionada: se prolongó durante 45 minutos.
Es frecuente, además, que durante la celebración el enfermo esté más atento y consciente que antes y después. Este equipo también ha conocido algún caso en el que creen que la Unción, además de fortalecer el espíritu, ha influido en la curación. Por ejemplo, una chica que había tenido un ictus grave, a la que habían dado muy poco tiempo de vida, comenzó a recuperarse tras recibir la Unción. Para Dios -recuerda el Papa-, el hombre es valioso en su unidad de cuerpo y alma. Por eso, Jesús curaba, y «la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación de Dios». Lo mismo se puede decir de la acción de Jesús a través del sacramento.
Viene el Señor
Una complemento imprescindible para los sacramentos de sanación es la Eucaristía, recibida de forma ordinaria o como viático. «Cuando se recibe en el momento de la enfermedad -dice el Papa sobre ella-, contribuye de manera singular a realizar esta transformación, asociando a quien se nutre con el Cuerpo y la Sangre de Jesús al ofrecimiento que Él ha hecho de sí mismo al Padre para la salvación de todos».
Viene el Señor, dicen los enfermos a los que el equipo del padre Iñaki llevan cada día la Comunión. «Se alegran mucho cuando les llevamos la Eucaristía y rezamos un rato con ellos. Siempre nos dicen que les resulta muy difícil orar en el hospital», y esto les ayuda, explica el padre Iñaki.
Un rato especial, después de cenar
Es más, «si les hace falta, les dedicamos un rato más largo para escucharlos, o para ayudarles a hacer oración personal. Es después de cenar, uno de los pocos ratos tranquilos en un hospital». No es fácil prestar una atención así. Con cinco sacerdotes y unos 25 voluntarios, su equipo es consciente de que, en un hospital de casi mil camas, mucho es lo que se queda sin hacer. Desgraciadamente, en otros casos, además, uno se encuentra que «no siempre se ha enviado a los hospitales a los sacerdotes adecuados» -lamenta el padre Iñaki-. Un trato frío, más que acercar a Dios, puede generar rechazo.
El hospital del padre Cyprien es bastante más pequeño. Esto le permite una atención más cuidada, de la que él se considera el primer beneficiado: «Me hace descubrir la misericordia de Dios hacia estas personas concretas con las que vivo cada día, mis fieles. Eso cambia tu forma de predicar y de celebrar la Eucaristía, porque debo buscar la palabra justa que les diga algo».
Con la ayuda de sus equipos de voluntarios, son muchos los sacerdotes que, como los padres Cyprien e Iñaki, intentan cumplir, cuando recorren los pasillos de los hospitales con su bata, este deseo del Papa expresado al final de su Mensaje: «Que los sacerdotes, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor y como guías de la grey que les ha sido confiada, se muestren llenos de alegría, atentos con los más débiles, los sencillos, los pecadores, manifestando la infinita misericordia de Dios».
María Martínez López
El Monte de los Olivos, en el hospital

El Monte de los Olivos es el lugar donde «Jesús dramáticamente encuentra, aceptándola, la vía que le indicaba el Padre, la de la Pasión». Sin embargo, es también el lugar «desde el cual ascendió al Padre, y, por tanto el lugar de la Redención». En su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, el Papa apunta que «este doble misterio del Monte de los Olivos está siempre activotambién en el óleo sacramental de la Iglesia, signo de la bondad de Dios que llega a nosotros». Es el óleo que doña Pepita recibió, el año pasado, cuando en marzo la ingresaron en el Hospital Clínico. Estuvo allí hasta agosto. «Era mi tercera unción, y me dio tranquilidad. No porque estuviera muy malita, pero en cualquier momento nos puede llamar Dios, y tenemos que estar preparados».
Su ingreso incluyó toda la Semana Santa, que para ella fue inolvidable. «Celebramos la Misa el Jueves Santo, hicimos el Lavatorio de los pies, y luego subieron a buscarme para una Hora Santa». Además de tener el efecto del óleo en sus manos, también tenía el Monte de los Olivos en el corazón, pues unos años antes había estado en Tierra Santa. Esto le ayudó a acompañar al Señor durante su Pasión. También fue muy especial el Sábado Santo: «Vinieron para llevarme a la Vigilia Pascual. Viví la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado, y, con esa noticia, aunque tengas dolores, no los sientes tanto».
«Teniendo fe, vives los dolores y sufrimientos de distinta manera. Siempre que me curaban, agarraba mi crucifijo y decía: Esto no es nada comparado con lo que tú has sufrido en la Cruz. Cada día me traían la Comunión, era el mejor momento del día. Si quería confesarme, lo pedía y venían. Procuraba rezar por la mañana, por si luego venían visitas o estaba cansada. Me gusta el recogimiento, y en el hospital he estado como en un convento. He podido profundizar más en mi fe: tenía más tiempo para leer, y la oportunidad de hablar con los sacerdotes y los voluntarios. Nunca me he sentido sola».
Débiles y frágiles, pero en comunidad
La Pastoral de la salud no es sólo tarea de los hospitales, o de las residencias de ancianos. El Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo, de hecho, hace hincapié en un deber concreto de las parroquias: ellas, «en particular, han de asegurar la posibilidad de acercarse con frecuencia a la Comunión sacramental a quienes, por motivos de salud o de edad, no pueden ir a los lugares de culto». Muchas parroquias asumen esta labor gracias a grupos de voluntarios, que ayudan a los sacerdotes.
En la madrileña parroquia de la Virgen Milagrosa, los padres Paúles cuentan con una docena de ministros extraordinarios; Hijas de la Caridad sobre todo, y algunos laicos. La Hermana Carmen lleva la Comunión a varias señoras, que «tienen verdadera hambre de Dios: leen el Evangelio del día, oyen Radio María... Una comulga a la vez que en la Misa de la televisión. Otra, tras preparar una mesita, me dice, casi llorando, que no se puede arrodillar». Recibir al Señor con frecuencia les ayuda. «Una me decía: Tengo miedo a qué me pasará cuando esté peor, pero me fío del Señor y me apoyo en Él. Viéndolas a ellas, yo también procuro prepararme bien». Le pasa algo parecido a don Mariano, un laico: «Un señor me recibe siempre impecablemente vestido, y yo también hice el propósito de no ir con ropa de diario. Me emociona llevar al Señor... ¡Si yo no soy digno! Me hace mucho bien espiritual». Confirma el Papa en su Mensaje que la atención pastoral a los enfermos, además de ser señal de la ternura de Dios hacia ellos, «beneficia también espiritualmente a los sacerdotes y a toda la comunidad cristiana».
El párroco de la Milagrosa, padre Juan José González, cree que «hay que subrayar esta dimensión comunitaria de la Pastoral de la salud. Los que llevan la Comunión no lo hacen como un acto privado, son representantes de toda la comunidad». En su parroquia, desde hace más de 20 años, también se celebra, cada año, una Unción de enfermos comunitaria. «Cuando la anunciamos, intentamos concienciar sobre su significado. En realidad, casi toda la feligresía puede recibirla: pasan de los 70 o 75 años, tiene achaques... Es muy bonito cómo toda una comunidad, también los sacerdotes mayores, se siente frágil junta. Cuando se hace así, es muy natural, y se pierden miedos. Toca mucho a la gente».
Lo sabe bien don Manolo. Ya antes de ser ministro extraordinario -en su juventud los laicos no podían serlo-, él y suseiscientos llevaban a un sacerdote de otra parroquia a distribuir la Comunión. Ahora, ya casi no visita enfermos, pero su mujer, doña María Jesús, y él no faltan ningún año a la Unción comunitaria. «Es igual que con la comunión frecuente: no la recibimos con rutina, sino siempre con muchas ganas. ¡No es un sacramento para morirnos! Da fuerza para el alma, para el cuerpo y para la fe». Vivirla así, afirma ella, «no te da tristeza, como a otra gente».
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