Nacido en Madrid en 1934, Félix Alarcón Hoyos es sacerdote desde 1963 y ejerció su ministerio en Estados Unidos durante 40 años. Su padre, Félix Alarcón Roldán, y su hermano Luis fueron fusilados en Paracuellos el 3 de diciembre de 1936. “Por 24 horas no se salvaron de morir, porque fue la penúltima saca de las que manejaba Carrillo”. Asegura que ahora percibe mejor que entonces los “odios cainitas” que perviven en España.
-¿Su padre no actuó en política?
-Era subdirector de la Compañía de Hilaturas Fabra y Coats. Lo amenazaron en el diario La Voz y la compañía le puso un seguro de vida con el que mi madre pudo pagar las deudas que adquirió durante la Guerra. Era muy cumplidor, lo debían tener fichado por su fidelidad al trabajo. En un registro vieron sus libros de espiritualidad religiosa, y unas castañuelas con la bandera de España que tenía mi hermana Pilar, y se los llevaron a los dos. Mi hermana fue condenada a limpiar letrinas durante toda la guerra.
-¿Y su hermano Luis?
-Lo detuvieron por ser falangista y en la prisión de Ventas se encontró con mi padre. De allí salieron el 3 de diciembre de 1936, con 62 más, hacia Paracuellos, donde los mataron. Imagino que morirían por el peso de los demás encima, porque no solían morir instantáneamente.
-¿Cómo lo vivió su madre?
-Durante la Guerra tuvimos el dolor grande de la incertidumbre. Una familia vecina nos apretaba el puño a través de la ventana como un signo más de amenaza. Mi madre, después de la Guerra, gastaría muchas horas en cuidar a la madre de esta familia, que tenía cáncer, para que su hija pudiese dormir cuatro horas al día. Jamás escuché en casa ninguna palabra de reproche, llevábamos nuestro dolor con gran silencio, tratando de sobrevivir. Mi madre no tuvo lágrimas, pero se quedó alopécica, fue su reacción fisiológica al dolor.
-¿Supo quiénes le denunciaron?
-Después de la Guerra, tres hombres de Hilaturas vinieron a casa y dijeron que venían a pedir perdón a mi madre. Mi hermana se lo dijo desde la puerta y ella contestó: “Diles que les perdono, pero que no entren en casa”.
-¿Les indemnizaron?
-Hubo algo de dinero que se repartió a las víctimas, pero era poco y se terminó pronto. Vivimos gracias al seguro de vida y yo a que obtuve una beca de 150 pesetas para estudiar Bachillerato, que sólo se mantenía si sacaba sobresalientes.
-¿Qué huella le quedó?
-Eran tiempos en los que lo aceptamos en silencio, nadie cuestionó el palo terrible de la vida. Tuve más niñez que los niños de ahora pero nací y crecí bajo el signo de la escasez, de no tener la figura de un padre conmigo. Hoy en mi madurez veo que las cosas han cambiado poco, y que en este país pueden seguirse produciendo las atrocidades que sufrió en el 36. Hay más dinero y la gente se toca el bolsillo antes de hacer cualquier locura, pero con esa excepción este es un país donde los odios siguen a flor de piel. Tengo la impresión de que una parte del país, la izquierda, que cunde muchísimo, nos está perdonando la vida a los que vivimos en otras percepciones contrarias, sin que les hayamos hecho ningún mal. Eso me desasosiega mucho.
-¿Por qué no se ha cambiado?
-Por la absoluta incapacidad de la izquierda de tener un mínimo de autoexamen, de autocrítica, de saber escuchar con el corazón, de ver las razones. Hay muchas cosas conjuradas contra la idea de un país libre, hay aquí unos odios cainitas horrorosos.
-¿Muy diferente a Estados Unidos?
-Hago esfuerzos por no odiar mis raíces y mis orígenes, pero después de 40 años en EE UU se me abrieron las fronteras del alma al ver cómo funciona una democracia.
-¿También la Iglesia olvidó a sus mártires?
-Se quiso renunciar a decir la verdad a cambio de que hubiera paz. Pero no ha habido paz. La verdad nos hará libres y la libertad es el gran don de un país. Václav Havel dijo que lo más obsceno es no decir lo que se piensa.
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