martes, 14 de febrero de 2012

DUÉRMETE, NIÑA; POR ENRIQUE GARCÍA-MAIQUEZ.

MARTES 14 DE FEBRERO DE 2012

Duérmete, niña


Carmen sólo quiere que la acueste Ana, la chica rusa que la cuida. Nos han dicho en el colegio que no hay manera de que duerma la siesta y que vigilemos el procedimiento (sic) de dormirse, que algo pasa. Decidí que la volvería a acostar yo, pero todos estos días, en cuanto se ha echado a llorar, ha aparecido Ana en el cuarto diciendo que no puede soportarlo, que le rompe el corazón (sic) y me ha echado. Hoy he decidido no dar mi brazo a torcer. Ha empezado el llanto. Enseguida ha aparecido Ana. “No, gracias, Ana, vete a descansar, que hoy la acuesto yo, cueste lo que cueste”, he dicho con la mayor firmeza. Ni caso. “Cinco minutos”, ha pedido. Yo me he hecho fuerte en la butaquita del cuarto: de aquí no me muevo. Carmen ha intervenido: “Papá, a la cama”, la puñetera, echándome. Pero yo, tozudo, me he quedado, por más ganas que tenía de irme a la cama, por supuesto. Y entonces he asistido a la delicia. A oscuras, Ana ha empezado a cantarle canciones en ruso, con una voz preciosa, y parecía que nevaba fuera, y que dentro estábamos en una novela de Tolstoi. Luego le recitaba poemas rusos o cuentecitos, aunque creo que rimaban. Quizá fueran adivinanzas. Le hacía juegos. La sacaba de la cuna para mecerla en brazos. Le acariciaba el pelo. Carmen no se dormía, pero estaba encantada, calladita, dejándose mimar. Era todo muy poco pedagógico y el doctor Eduard Estivil, el del famoso método, habría puesto el grito en el cielo. Esto ha de parecerle un disparate, y lo es, porque cuando se vaya Ana, qué va a ser de nosotros. Pero bonito y misterioso y exótico, resultaba, y yo desde la butaca lo he disfrutado mucho.

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