Mi lista de blogs

domingo, 8 de enero de 2012

DIOS NO NOS OLVIDA.

Alfa y Omega > Nº 767 / 5-I-2012 > Desde la fe
Las catástrofes naturales y el problema del mal
Que las víctimas de desastres naturales reciban el alivio espiritual y material necesario para reconstruir sus vidas: ésta es la intención de oración del Papa para este mes de enero. ¿Se puede celebrar a Dios con nosotros después de que un terremoto o un tsunami haya devastado tu existencia?



Imagen tras el tsunami de Japón, junto al aeropuerto
de Sendai: marzo de 2011
«En medio de la catequesis, cuando estábamos hablando de Dios Padre bueno, creador de un mundo maravilloso que nos ha regalado a los hombres, aquel pequeño cortó nuestra explicación y dijo: No queráis convencerme de que Dios es nuestro Padre y nos quiere, cuando en el tsunami de Tailandia murieron 100.000 personas»: la anécdota la refieren Sonsoles y Andrés, catequistas de la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Torres de la Alameda, en la diócesis de Alcalá de Henares. Y es que la presencia del mal en el mundo es, para muchos, una dificultad para la fe.
Sin duda, el año 2011 pasará a la Historia como uno de los más dramáticos por las catástrofes naturales que han asolado buena parte de nuestro planeta. Se calcula que al menos 30.000 personas han perdido la vida desde el pasado mes de enero por causa de terremotos, tsunamis, riadas, tormentas, inundaciones...
A lo largo de los últimos doce meses, la temporada monzónica en Tailandia provocó la crecida de varios ríos que devastaron multitud de aldeas; el agua también causó estragos en varios países de Centroamérica, en los que las inundaciones anegaron extensas zonas de tierra; en Brasil, se produjeron intensos desplazamientos de tierra que sepultaron varias poblaciones del Estado de Río de Janeiro; un seísmo con epicentro en Nueva Zelanda provocó centenares de muertos y desaparecidos, al igual que hizo otro terremoto en la provincia china de Yunnan; una tormenta tropical se llevó la vida de casi mil personas, la semana pasada, en Filipinas; más cerca de nosotros, un terremoto provocó 9 muertos en Lorca (Murcia). Y así, suma y sigue.
Pero el fenómeno más devastador del año 2011 fue el terremoto y el consecuente tsunami que sufrió Japón, el pasado 11 de marzo: un seísmo de magnitud 9 provocó un maremoto de olas de hasta 40 metros, y durante 2 minutos llevó el terror a amplias zonas de la costa del Pacífico en el país nipón. Más de 20.000 personas perdieron la vida en apenas un instante.
Una cantera de ateos

Imagen tras el terremoto de Lorca: mayo de 2011
En Japón trabaja el misionero Pascual Saorín, autor del blogwww.misionenjapon.wordpress.com, con el que pretende dar a conocer un poco mejor la misión en el país del sol naciente. «En momentos como aquellos no podemos más que asistir impotentes a la impresionante manifestación de poder con que la naturaleza nos recuerda, de cuando en cuando, la terrible fragilidad de nuestra condición humana», reconoce. Pero, al mismo tiempo, alerta contra la tentación de culpar a Dios por catástrofes como éstas: «Hay quien ve a Dios como origen tanto de lo bueno como de lo malo. Por desgracia, de esta visión participan muchos cristianos; y ésta es una visión limitada de Dios». Así, la fe, planteada de esta manera, «se convierte en una verdadera cantera de ateos, porque un Dios que pudiendo remediar el mal lo permita, e incluso lo pueda utilizar como una especie de pedagogía ininteligible para el hombre, es una mera proyección del ser humano, una especie de amigo invisible que nos forjamos sin darnos cuenta y con la mejor de las intenciones, pero muy alejado del Dios de Jesús de Nazaret». Para este misionero, el problema está en nosotros mismos: «Los cristianos entendemos la creación como algo del pasado y no caemos en la cuenta de que Dios sigue creando. La creación es un proceso en marcha, pero inacabado; y está inacabado porque a Dios le estallan entre las manos criaturas que se rebelan contra su identidad y pretenden ser dioses: éste es el origen de todo pecado».
Un paraíso donde no lo hay

Los bomberos rescatan la imagen de la Virgen
en la iglesia de Paganica, tras el terremoto
de L’Aquila: abril de 2009
De este bíblico y actual Seréis como dioses, capaces de decidir por nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal, habla también don Juan Luis Lorda, profesor de Teología en la Universidad de Navarra, quien afirma que «el mal físico sólo es tal en la medida en que se produce la incoherencia entre un espíritu que tiene aspiraciones de plenitud y un mundo que le hace sufrir». Pero, en sí mismo, el mal físico «no es nada más que procesos naturales. No es mal que caiga un alud o que se mueva el agua o la tierra, o que tengamos un microbio. Es mal sólo en cuanto nos hace daño a nosotros los hombres».
Para la fe cristiana, «la relación entre el ser humano y la naturaleza está deteriorada -explica el profesor Juan Luis Lorda-. El ser humano no vive en un paraíso. A veces, especialmente en fotos o en el cine, la naturaleza parece un paraíso, pero no es así. Es bonita y bella, refleja la belleza de Dios, pero también nos hace daño». El error está en «buscar un paraíso donde no lo hay. La fe cristiana promete el paraíso no en la tierra, sino en el cielo, cuando se restaura a la vez la división con Dios, y la división con la naturaleza, fruto del pecado. Porque, cuando el pecado rompe la relación con Dios, se rompe también la relación con la naturaleza».

Desplazados por el terremoto de Haití (enero
de 2010) duermen en la iglesia de Santa Ana,
de Puerto Príncipe: septiembre de 2011
Entonces, ¿dónde está Dios cuando suceden todas estas cosas? «Dios permite el curso natural de las cosas, pero no interviene a cada paso, aunque todo cae bajo su Providencia. Los cristianos pensamos que de los males que padecemos sacará bienes para nosotros. Y no conviene olvidar la paradoja de que la Redención tuvo lugar en la Cruz».
Por todo ello, en conclusión, el misterio del mal «nos empuja a recordar que esto no es un paraíso y que no podemos hacernos aquí una morada permanente; que tenemos que luchar contra el pecado, el gran daño que nos separa de Dios y de la justicia; que tenemos que confiar en la Providencia de Dios, porque Él, de los males, saca bienes; y que tenemos que mostrar la misericordia infinita de Dios ante aquellos que padecen. En realidad, la naturaleza puede mostrar la belleza de la obra de Dios, pero no del todo la bondad de Dios. En cambio, los hombres sí que podemos mostrarla: cuando nos preocupamos de los demás por amor de Dios».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El mal, explicado a los niños (y por los niños)
Para saber si uno comprende bien algo, lo mejor es ver cómo se lo explicaría a un niño. Sonsoles y Andrés, de la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Torres de la Alameda, tienen a veces el reto de aclarar el problema del mal a los niños: si Dios es bueno, ¿por qué nos pasan cosas malas? «Lo que hay que explicar -señalan- es que Dios no quiere para nosotros las catástrofes naturales, ni nos castiga con el dolor por la muerte de un ser querido... Cuando pasa esto, no es que Dios no nos quiera; lo que tenemos que entender es que sufre con nuestro dolor y nuestros problemas, y lo único que desea es que nos acerquemos cada día más a Él. Sobre las catástrofes naturales, sólo podemos decir que Dios creó un mundo que está en constante evolución, y estos cambios en nuestro mundo provocan situaciones que el hombre no puede o no sabe controlar. Lo que tenemos que intentar, cuando nos encontremos en estas situaciones, es buscar más a Dios, acercarnos más a El, no echándole la culpa de lo que pasa, ni pensando que no nos quiere, sino buscando en nuestro Padre el consuelo y el cariño que sólo Él nos puede dar. Como ejemplo de esto tenemos a la Virgen María, que sufrió viendo a su Hijo en la cruz, pero confió en el amor de Dios». En definitiva, los males, el dolor y la muerte, son la consecuencia del pecado; y hasta la creación entera gime con dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios.
No os asustéis en absoluto
En ocasiones, es mejor dejar hablar a los mismos niños. Jake Finkbonner, de cinco años, es un niño muy especial, ya que es el beneficiario del milagro que va a permitir la canonización de la Beata norteamericana Kateri Tekakwitha, de la tribu mohawk. Después de que sus padres pidieran su intercesión para curar a su hijo de una bacteria que amenazaba su vida, Jake afirmó haber visto a Dios, y desde entonces ha acudido a varios programas de televisión hablando de su experiencia. Su testimonio acerca de los males que nos puedan suceder es, sencillamente, tranquilizador, y está lleno de paz: «No os asustéis en absoluto. En cualquier caso, será algo bueno. Si vivís, volveréis con vuestra familia. Si vais al cielo, estaréis en un lugar mejor». Así de claro.
La Navidad, vivida desde Haití
Dios estaba con nosotros, incluso ese día


A menudo, me preguntan cómo puedo encontrar a Dios en un país tan castigado y sufriente como Haití; me han preguntado también dónde estaba Dios ese fatídico 12 de enero que desoló la ciudad... No tengo muchos razonamientos claros para esto. Me resulta un misterio, pero mi vivencia entre los pobres siempre me ha llevado a creer más en Dios. Es verdad que la tragedia que sucedió ese día me provocó una inmensa rebeldía contra Él. Recordaré toda mi vida cuando deambulé por las calles como un alma en pena buscando a mi gente, sorteando muertos y heridos destrozados, llorando y gimiendo: ¿Dios mío, por qué nos has abandonado?
Pero siempre he dicho también que la reacción de los haitianos cambio radicalmente mi corazón. El haitiano no duda de que Dios existe y estaba con ellos incluso ese día. El haitiano no se enfada con Él por lo que pasó o lo que perdió, no le reprocha nada, no le da la espalda por el dolor que le hizo pasar o por lo que le quitó. El haitiano levanta las manos, grita, reza, llora y acepta el misterio sin esperar más que la fuerza para seguir adelante. Yo creo que es esta actitud, tan humilde y fiel, la que los hace tan humanos. Y su grandeza es su pequeñez, su humanidad.
Cuando, más que tener las necesidades vitales cubiertas, se tienen sobrecubiertas de banalidades, Dios no hace falta. Cuando nos creemos que tenemos todo, o que podemos todo, no hay espacio para Él. Y la vida se llena de cosas que no llenan. En cambio, cuando tienes el estómago vacío, cuando luchas por el agua, por la comida, por una casa, por la vida de cada día, por sobrevivir y por renacer de entre los escombros..., Dios está presente en todo lo que haces, porque le llamas y le necesitas. Se descubre el valor de todo lo realmente importante, porque te sale un inmenso gracias ante cada pequeño milagro de comer, beber, dormir bien, levantarte vivo y sano...
Y es que a Dios se le encuentra mejor en la precariedad, en la necesidad..., porque, cuando te sientes necesitado, allí está Dios para hacerte comprender su forma de venir al mundo. Que no optó por nacer en una clase noble; nació en lo más pobre y miserable. ¡En un comedero de animales! ¡Qué grande es Dios que baja tan abajo! Por eso los de abajo lo entienden mejor, lo sienten tan cerca. Estas experiencias les son muy familiares.
El haitiano entiende fácilmente la situación de María y de José, y el montón de miserias que pasaron para que naciera Jesús. Les es muy fácil comprender lo que es tener necesidad de posada, de casa y de seguridad. La mujer haitiana sabe lo que es tener un hijo a la intemperie como María; y el hombre haitiano sabe lo que es no poder hacer gran cosa por su familia, como José.
Aquí, Navidad no son luces de colores en las calles ni villancicos a todo volumen. Aquí te estremeces porque lo que lees en el Evangelio del nacimiento de Jesús es lo que se vive diariamente, y la gente sabe que eso no es un cuento del pasado. Es el hoy y es el ahora. Por eso, aquí Dios sigue naciendo cada día. Sin ninguna duda.
¡Feliz Navidad desde Puerto Príncipe, el pesebre del Caribe!
Isa Solà, rjm
Religiosa de Jesús-María
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzo

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada