El Papa señala las raíces de la crisis de Occidente:
Si don Mariano Rajoy le pidiera a Benedicto XVI un consejo para cumplir lo mejor posible con el mandato político que ha recibido para superar la crisis, ¿cuál sería la respuesta del Papa? No le daría recetas políticas, terreno que no corresponde al obispo de Roma. No podría tampoco darle soluciones económicas, pues la Iglesia no es el Fondo Monetario Internacional. Pero sí tendría unas cuantas cosas que decirle... La economía es importante, pero no lo primero

Benedicto XVI bendice a una joven, en una Audiencia
General, en el Aula Pablo VI, del Vaticano, el pasado
mes de noviembre
Hay un consejo que seguramente sí le daría Benedicto XVI al Jefe del Gobierno español. El Pontífice considera que España, al igual que los demás países europeos, quizá más que muchos de ellos, atraviesa, en estos momentos, una emergencia educativa. Esta emergencia es más grave incluso que la crisis económica, pues la precede y la explica. De hecho, como dijo el 9 de enero pasado en el discurso de Año nuevo al Cuerpo Diplomático acreditado en el Vaticano, Benedicto XVI considera que las dificultades presentes deben servir para poner en primer plano este asunto. «La crisis puede y debe ser un acicate para reflexionar sobre la existencia humana y la importancia de su dimensión ética -dijo-, antes que sobre los mecanismos que gobiernan la vida económica: no sólo para intentar encauzar las partes individuales o las economías nacionales, sino para dar nuevas reglas que aseguren a todos la posibilidad de vivir dignamente y desarrollar sus capacidades en bien de toda la comunidad».
La emergencia educativa tiene, según Benedicto XVI dos raíces profundas. Las ha expuesto en varias ocasiones. En un histórico discurso dedicado a este tema, el 27 de mayo de 2010, el Santo Padre señalaba como primera raíz de esta emergencia el «falso concepto de autonomía del hombre». Según una visión muy en boga, el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este desarrollo.
Esta visión, según el Pontífice, no tiene en cuenta que, «para la persona humana, es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo a partir del otro, el yo llega a ser él mismo sólo a partir del tú y del vosotros; está creado para el diálogo, para la comunión». Y, según el Papa, «sólo el encuentro con el tú y con el nosotros abre el yo a sí mismo». Por eso, según Benedicto XVI, «la denominada educación anti-autoritaria no es educación, sino renuncia a la educación: así no se da lo que deberíamos dar a los demás, es decir, este tú y nosotros en el cual el yo se abre a sí mismo».
La emergencia educativa tiene, según Benedicto XVI dos raíces profundas. Las ha expuesto en varias ocasiones. En un histórico discurso dedicado a este tema, el 27 de mayo de 2010, el Santo Padre señalaba como primera raíz de esta emergencia el «falso concepto de autonomía del hombre». Según una visión muy en boga, el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este desarrollo.
Esta visión, según el Pontífice, no tiene en cuenta que, «para la persona humana, es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo a partir del otro, el yo llega a ser él mismo sólo a partir del tú y del vosotros; está creado para el diálogo, para la comunión». Y, según el Papa, «sólo el encuentro con el tú y con el nosotros abre el yo a sí mismo». Por eso, según Benedicto XVI, «la denominada educación anti-autoritaria no es educación, sino renuncia a la educación: así no se da lo que deberíamos dar a los demás, es decir, este tú y nosotros en el cual el yo se abre a sí mismo».
Escepticismo y relativismo

Un joven pregunta al cardenal Meisner,
arzobispo de Colonia, en una parroquia
de Getafe, durante una catequesis
de la JMJ Madrid 2011
Benedicto XVI ve la segunda raíz de la emergencia educativa actual en elescepticismo y en el relativismo o, con palabras más sencillas, «en la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano»: la naturaleza, por un lado, y la Revelación de Dios, por otro. «La naturaleza se considera hoy como una realidad puramente mecánica y, por tanto, que no contiene en sí ningún imperativo moral, ninguna orientación de valores», constata el Papa. De este modo, conceptos básicos como la diferencia de sexos, la unión entre un hombre y una mujer, el origen y el ocaso de la vida, pierden su valor para depender únicamente del consenso.
El otro faro del comportamiento humano, la revelación de Dios, tampoco es reconocido. La Revelación «se considera o como un momento del desarrollo histórico y, en consecuencia, relativo como todo el desarrollo histórico y cultural; o -se dice- quizá existe Revelación, pero no incluye contenidos, sino sólo motivaciones». Se vive de este modo en un mundo sin Dios, o en el que Dios no tiene ninguna relevancia para el comportamiento personal y social.
El otro faro del comportamiento humano, la revelación de Dios, tampoco es reconocido. La Revelación «se considera o como un momento del desarrollo histórico y, en consecuencia, relativo como todo el desarrollo histórico y cultural; o -se dice- quizá existe Revelación, pero no incluye contenidos, sino sólo motivaciones». Se vive de este modo en un mundo sin Dios, o en el que Dios no tiene ninguna relevancia para el comportamiento personal y social.
Claves para superar la emergencia educativa
Para Benedicto XVI, esta emergencia es tan importante que ha querido dedicarle la Carta que, en su pontificado, ha dirigido a su diócesis, Roma, el 21 de enero de 2008. En primer lugar, según el Papa, la educación «necesita la cercanía y la confianza que nacen del amor». Se refiere a «la primera y fundamental experiencia de amor que hacen los niños -o que, por lo menos, deberían hacer- con sus padres». De hecho, «todo verdadero educador sabe que, para educar, debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico».
En segundo lugar, Benedicto XVI aclara que educar no es simplemente enseñar datos. «En un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida».
En tercer lugar, el Papa considera que la educación debe responder a los interrogantes que plantea a la persona el sufrimiento. «Por eso -considera-, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos».
Pero el punto más delicado de la obra educativa, según el Papa, consiste en «encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro». Según Benedicto XVI, «la relación educativa es, ante todo, encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y, después, en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano».
Por último, en sus pistas para superar la emergencia educativa propuestas en su Carta a la diócesis de Roma, considera que «la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere, sobre todo, con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión», concluía el Papa en su propuesta, que es aplicable tanto a los padres, como a los profesores, hombres y mujeres de Iglesia, como incluso a los mismos políticos.
En segundo lugar, Benedicto XVI aclara que educar no es simplemente enseñar datos. «En un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida».
En tercer lugar, el Papa considera que la educación debe responder a los interrogantes que plantea a la persona el sufrimiento. «Por eso -considera-, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos».
Pero el punto más delicado de la obra educativa, según el Papa, consiste en «encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro». Según Benedicto XVI, «la relación educativa es, ante todo, encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y, después, en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano».
Por último, en sus pistas para superar la emergencia educativa propuestas en su Carta a la diócesis de Roma, considera que «la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere, sobre todo, con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión», concluía el Papa en su propuesta, que es aplicable tanto a los padres, como a los profesores, hombres y mujeres de Iglesia, como incluso a los mismos políticos.
Libertad y responsabilidad

Una Misionera de la Caridad da
catequesis a niños en la parroquia
de San Gabriel, de Detroit
(Estados Unidos)
El Santo Padre es plenamente consciente de la magnitud del reto educativo. «Las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos, y la imagen que da de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero a menudo también para el mal», ha escrito.
Pero el Papa animaría, sin duda, también, a no tener miedo ante estas dificultades. Como explicaba en su Carta sobre la educación, «todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica». Y concluía ese documento con una lección que podría tener hoy gran valor en la historia de España: «A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa».
Pero el Papa animaría, sin duda, también, a no tener miedo ante estas dificultades. Como explicaba en su Carta sobre la educación, «todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica». Y concluía ese documento con una lección que podría tener hoy gran valor en la historia de España: «A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa».
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