miércoles, 7 de marzo de 2012

ORA SIN MIRAR LA HORA.

¿Alguna vez has permanecido levantado toda la noche? Tal vez preparando un examen, tomando una taza tras otra de café bien cargado. O quizá acompañando a un niño enfermo, o padeciendo la tortura del insomnio. Pero, ¿Has pasado alguna vez la noche entera en oración? 

Orar toda la noche no es fácil. Tal vez eso sólo los santos están inclinados a intentarlo. Hacia las 3 de la madrugada, los ciclos circadianos se imponen, los ojos se tornan increíblemente pesados, e incluso el suelo comienza a parecer enormemente confortable. Las dudas acerca de la sabiduría de agotarse comienzan a aflorar en la superficie,  y la tentación de abandonar se vuelve casi irresistiblemente fuerte. 
En ese punto, es como golpear el muro cuando se corre. Puedes rendirte o seguir empujando. Si persistes, tal vez descubras que sucede algo increíble. Conforme tus barreras naturales se erosionan,  Dios entra en tu vacío. Puedes sentir la presencia de Dios de un modo que no has experimentado antes. Puede ser algo sutil -un incremento de consciencia-,  o algo más espectacular- una sensación definida de estar envuelto en el amor de Dios-. Incluso si crees que no está pasando nada, lo está. Dios recompensará el sacrificio que hiciste con tu sueño, bendiciéndote en modos que puedes no haber considerado nunca. 

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