domingo, 13 de mayo de 2018

NAVEGADOR; POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ



Para que ustedes se hagan cargo de mi retraso vital, hasta ahora no había escrito del puente (ya no tan) nuevo. Lo había cruzado, claro, y había comprobado que, en efecto, a pesar de mi escepticismo previo, acerca muchísimo Cádiz. Después me dio vergüenza, con la de millones que ha costado, ponerme a celebrar por todo lo alto los diez minutos que le gano a cada viaje. ¿A cuánto le sale a los Presupuestos Generales mi minuto?

Así estaba, a punto de subsumir el puente nuevo en mi paisaje cotidiano y en la rutina que lo vuelve invisible, cuando una repentina invisibilidad me lo hizo evidente. Verán. Nunca pongo el navegador del coche para ir a Cádiz, naturalmente, pero, como también te dice la hora prevista de llegada a tu destino y esta vez, al menos, no quería llegar tarde, lo encendí. Me sorprendió la querencia de la máquina de dirigirme hacia el viejo puente Carranza. Al principio pensé que el aparato se había vuelto recalcitrantemente conservador, como su dueño. Venga a recalcular la ruta para volver por la senda tradicional.

Entonces me di cuenta de que no tenía incluido el puente del Bicentenario. Comprendí sus "Cambie de sentido". Para él iba directo, como una bala, al muelle de Matagorda. "Gordo, te matas", iba a soltar la voz de un momento a otro.

Me asombró que no lo chillase. El navegador me veía precipitarme al mar y apenas susurraba con su voz impersonal de siempre lo del sentido. ¡No tenía sentido! Para los que somos de letras puras, estas máquinas llevan dentro un chino, como en un tebeo de Astérix o en los Picapiedra. Uno no lo piensa habitualmente, pero en esta ocasión yo esperaba que el chino saltase del coche con un paracaídas. O que el GPS emitiese un SOS y lanzase una bengala. ¡Que iba a caer al Océano Atlántico!, como llama pomposamente mi navegador a la Bahía.

Al entrar en el puente, mi coche empezó a rodar sobre las aguas y el GPS enmudeció. ¿De miedo? Quizá, pero no: era que el navegador se encontraba en su elemento. Al subir la cuesta, tuve la sensación física de despegar, como en la bicicleta de E.T. Vivimos tanto en las pantallas que la realidad virtual del navegador se sobreponía a la realidad sólida del puente: yo flotaba. Viví ese vértigo.

También tuvo su fondo. Entendí los puentes. Son eso: el milagro de conducir sobre las aguas y de volar bajito, incluso sin saltarse los límites de velocidad. De repente, el puente me pareció barato.

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