miércoles, 1 de mayo de 2013

LOS HÁBITOS DE NUESTRA VIDA.



No, no me refiero a ninguna prenda monacal o religiosa sino de las costumbres que hemos ido adquiriendo conforme pasa el tiempo y los rigores del día a día nos invaden trastocando nuestra existencia.

Hace unos días expuse mis observaciones sobre nuestra dependencia a la tecnología donde, más o menos, nos estábamos convirtiendo en esclavos de las máquinas.

Hoy mis pensamientos, reflexiones y observaciones van por otro lado bastante diferente aunque existe una cierta correlación.

En las ciudades, más que en los pueblos, nos hemos metidos todos en una dinámica de prisas constantes, de estrés agobiante, de lucha contra el tiempo como si nosotros nos creyéramos que el reloj se va a parar porque vayamos o hagamos las cosas más deprisa. ¡Qué equivocados estamos! El tiempo pasa, inexorablemente, y no se detiene nunca por más que queramos correr, por más que pretendamos ir siempre por delante y lo que terminamos es, con esta ciega conducta, terminando o abandonando la carrera.

Sólo hace falta observar los movimientos, casi de autómatas, de los ciudadanos de una metrópolis. Todos corriendo hacia el metro, el tren, el bus, en las calles, en el coche, corriendo, siempre corriendo porque nos va la vida en ello, porque el detenerse a pensar, observar o saludar a alguien ya estamos perdiendo el “tren” de nuestras vidas cuando es justamente todo lo contrario. Caminar deprisa no siempre quiere decir llegar antes.

Las relaciones se agrían, miramos al asfalto y nunca a los ojos, pasear tranquilamente es cosa del pasado aunque puede que este nunca llegara a existir, las entradas y salidas de los metros son cosa de segundos, más bien de primeros, y así vamos perdiendo el verdadero norte de nuestras vidas.  Acabamos siendo esclavos de máquinas que ns vamos convirtiendo en autómatas.

Y claro con esta actitud ante nuestro devenir diario, con el estrés impregnado en nuestra piel como un perfume letal, con tantas prisas porque tenemos que recorrer distancias kilométricas, como salimos de casa a tempranas horas y volvemos anocheciendo, como se pierde constantemente calidad de vida, no olvidemos que también lo hacemos a la hora de comer.

La comida ya no es lo que era, no puede serlo cuando nos hemos olvidado de lo importante de la misma y la hemos sustituido por las prisas. Si tenemos prisa todo lo hacemos corriendo y no nos paramos ni un segundo para pensar que es lo que debemos comer, que nos puede alimentar y servir para nuestra salud. Comer bien, los alimentos adecuados, da salud y hacerlo deprisa sin mirar ni fijarnos causa estragos en nuestros cuerpos cada vez más ajados por el constante deterioro físico y psíquico del día a día.

Con las distancias y las prisas hemos sustituido toda la liturgia que acompaña una buena comida.  Ahora vemos los sitios de comida rápida, que nos ofrecen una alta gama en colesterol, triglicéridos y otros desajustes que pueden ocasionarnos multitud de enfermedades. Comer deprisa y corriendo hace que engordes más, ese es uno de los motivos del por qué nuestra en nuestra población se ha incrementado el número de obesos, digieras mal, de ahí la letanía de enfermedades digestivas que gran parte padecemos, así como no cuidemos lo que el aporte energético y alimentario que verdaderamente necesitamos para vivir.

No me negarán que todos los días no podemos comer en hamburgueserías, comidas con bastante grasas y con un sobresaliente aporte de hidratos de carbono, todos los días no podemos ingerir más calorías de las que necesitamos porque nuestro cuerpo y salud se van resintiendo poco a poco. No podemos almorzar en tan solo veinte minutos porque en vez ingerir lo que hacemos es engullir.

¡Ay con las prisas! Todos, sin excepción, nos olvidamos la famosa frase de Napoleón: “Vísteme despacio que tengo prisas”. Es  una verdad como un templo. Intenta arreglarte de forma rápida, seguro que no lo consigues y el estado de nervios aumenta por mil.

¿Tan difícil es llevar una vida más pausada, disfrutando de lo que haces, donde un buen desayuno, almuerzo o cena se puedan convertir en auténticos placeres, saludables y exquisitos por igual?

Muchas veces nos apetece desayunar o almorzar solos, pero eso realizado por norma es desalentador. No hay nada mejor que compartir una buena comida regada por un buen caldo en compañía de seres queridos, amigos o conocidos. Compartir mesa y mantel crea comunión entre los comensales y son en estos lugares donde se alcanzan los más y fructíferos acuerdos para todos.

Olvidemos por unas horas, al menos, las prisas y el aberrante estrés que tanto nos perjudica y vivamos la vida con el gozo y el placer de vivirla y disfrutarla en toda su dimensión.

No seamos esclavos ni autómatas de las circunstancias. Somos y tenemos la dignidad que nos confiere Dios a los seres humanos. Somos la obra más bella y perfecta salida de Sus Manos.

Recibid un fuerte abrazo y que Dios os bendiga.

Jesús Rodríguez Arias

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