La llegada de la primavera es un acontecimiento sorprendente que nos anuncian los almendros cuando salimos a los campos o el embriagador aroma del azahar que desprenden los naranjos en flor. Se trata de un acontecimiento celebrado con fiestas donde la música desempeña un papel importante. En algunos rituales festivos, el concepto de música es tan amplio que hasta el estruendo de los petardos o el tecno-ruido de la disco-móvil se cataloga como elemento musical necesario. En este sentido, para muchos vecinos, la primavera comienza cuando terminan estos rituales festivos, como si la llegada de la primavera no tuviera nada que ver con el ruido sino con el silencio, como si la verdadera primavera llegara con lo que Simon y Garfunkelllamaban los “sonidos del silencio”.
El silencio debería ser considerado como valor estratégico para medir la calidad de vida en una ciudad. En la carrera que han emprendido las ciudades para atraer el talento y la inteligencia deberían contabilizarse los espacios públicos que favorecen el silencio, las iniciativas públicas que lo promuevan y la capacidad de los responsables públicos para escucharse entre sí. No se trata sólo de instalar pavimento fonoabsorbente para amortiguar el ruido del tráfico, tampoco de promover el aislamiento acústico de las viviendas. Se trata de considerar el silencio como valor cívico que facilita la escucha, la receptividad, la lucidez, la atención y la capacidad para el recogimiento.
Hasta ahora, los expertos que miden los niveles de inteligencia en una ciudad y las catalogan como “smart city” utilizan un concepto restringido y pobre de sostenibilidad. La miden en términos informacionales, energéticos, equipacionales o incluso educativos. En ningún momento se han planteado la necesidad de considerar el silencio como criterio para medir el grado de civilidad, civismo o ciudadanía. Ahora es un lujo cívico que se pueden permitir pocas personas porque el tsunami de estímulos urbanos atrofia nuestra capacidad para la escucha de nosotros mismos y de los demás.
Dentro de unos años, la atracción del talento y la inteligencia estarán relacionados con la capacidad que tenga una ciudad para incentivar, promover y valorar el silencio. Aunque tenga una dimensión individual y su cultivo dependa de la voluntad personal, hay una dimensión pública a la que deberíamos prestar mayor atención. Y proponer iniciativas nuevas que fomenten los espacios de silencio como primaverales espacios sostenibles de hospitalidad cívica.
Agustín DOMINGO MORATALLA
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