
ENVÍO
RAFAEL / SÁNCHEZ SAUS | ACTUALIZADO 21.07.2016 - 01:00
Esta historia termina mal
SOBRE los extraños paralelismos que la Historia traza al cabo de los siglos, resulta de lo más aleccionador contemplar las reacciones de los europeos actuales ante los atentados masivos de estas últimas semanas. Hace unos siglos España se encontraba en una situación frente al Islam que se parece más de lo que quisiéramos a la que ahora ha de sobrellevar el conjunto de Europa: como ésta hoy, España albergaba a principios del siglo XVI una importante minoría musulmana, herencia de los tiempos andalusíes. Por entonces, los mudéjares o moros súbditos de la Corona española se habían convertido en una auténtica quinta columna de la piratería turca y berberisca que asolaba las costas mediterráneas como una peculiar forma de guerra que no cuesta mucho asimilar con el actual fenómeno terrorista. Miles y miles de cristianos se hacinaban en las mazmorras norteafricanas, sufriendo terribles padecimientos, a la espera de un rescate que no siempre llegaba. Podemos imaginar las dudas y tribulaciones de las autoridades ante los asaltos: como hoy en Europa, la mayoría de los mudéjares eran pacíficos campesinos y artesanos que nada tenían que ver con turcos y piratas, aunque muchos de ellos simpatizaban instintivamente con sus hermanos de religión, pero había una minoría nada despreciable que colaboraba secretamente con ellos.
La primera solución que se quiso poner en práctica recuerda a las que hoy se predican desde las instancias mejor intencionadas y, a menudo, menos realistas: propiciar la integración y la participación plena en los valores actuales de las sociedades europeas. Hoy se dedican a ello enormes esfuerzos económicos y propagandísticos. Eso en el siglo XVI significaba simplemente la conversión al cristianismo y eso es lo que se intentó cuando entre 1502 y 1525 los mudéjares fueron obligados a bautizarse, con el entusiasmo por su parte que cabe suponer. Estos nuevos cristianos o moriscos siguieron practicando su religión y costumbres a escondidas, y entendiéndose con todos los enemigos de España. Fueron los moriscos de segunda y tercera generación los que rechazaron con más fuerza la integración: en 1568 estalló la terrible rebelión de las Alpujarras, sofocada con enormes pérdidas. En 1609, agotada la paciencia de la Corona y del pueblo tras un siglo de intentos baldíos, se decretó la expulsión. Fin de la historia.
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