martes, 4 de noviembre de 2014

FÁTIMA: CUANDO YO LA MIRÉ, VINO ELLA.




Desde que mi madre murió, por lo que se me reveló sobre ella en su muerte, me doy perfecta cuenta de que nada sé si el Señor no me lo muestra, de que soy incapaz por mí misma de ver las cosas como Él las ve. Diría con el poeta Buenarroti: Mas ¿qué haré, Señor, si a mí no vienes con tu usada, inefable cortesía? Tampoco veo de entrada una peregrinación a Fátima con la parroquia San Pablo de la Cruz con la perspectiva de la gracia que es para mí. Pero confío
Noticia digital (04-XI-2014)

Así, confiada, durante el viaje, al recordar su historia, simpatizo profundamente con los pastorcillos a quienes se les apareció la Virgen en Fátima. Ella les concedió los ojos para ver lo que vieron, los oídos para escuchar lo que escucharon: ¿Mas qué haré, Señor, si a mí no vienes…? La Virgen vino. Los pastorcillos como yo, peregrinos en el autocar, o caminado expectantes hacia el lugar de las apariciones; yo pastorcillo en el mismo lugar que ellos estuvieron, arrodillada a los pies de la Virgen de Fátima, pidiéndole la sintonía imprescindible, estar afinada para la música del Gran Maestro como una guitarra en las manos de Paco de Lucía. ¡Qué guapa la Virgen! Fui incapaz de comprar una reproducción como recuerdo. Ninguna me recordaba lo que vi, con los ojos que lo vi. Tuve muchas imágenes en mis manos ante la impaciencia de la dependienta, y repetía: No es esta, no es esta. Ahora sé por qué: cuando yo la miré, vino Ella.
En la basílica grande de Fátima, el mosaico de Rupnik dibuja una puerta en que se inscribe el sagrario: estoy en el umbral de esa puerta, contemplando en el mosaico la comunión de los santos y su fisonomía transfigurada por la luz que emana del Cordero. Capto la diferencia: como un anticipo, yo también conozco personas diferentes, ya diferentes, transformadas por el encuentro con Cristo. José Luis, el párroco que nos guía en la peregrinación, es una de ellas.
Comunión de los santos: hacemos juntos este viaje, un grupo de 60 personas, muchos desconocidos. El viaje a Fátima pude haberlo hecho de forma individual. Hubiese sido menos sacrificado. ¿Menos sacrificado? ¡Qué gracia cuando, habiendo dejado Fátima, visitamos el monasterio más pequeño del mundo! La celda de San Pedro de Alcántara era estrecha, tan estrecha que apenas cabía una sola persona. Imposible estar de pie, sólo se podía estar encogido. Mi mundo estrecho, donde sólo quepo yo, o quepo menos que yo, mundo insonorizado. Pero no era eso el habitáculo de este santo penitente, ni yo estaba allí sola, sino haciendo una experiencia eclesial, con una compañía que entra en mi espacio y lo dilata y me hace exclamar: ¡qué grande todo esto!
Durante la peregrinación, en el autobús, nos repite el padre José Luis: el hombre camina cuando sabe a dónde va. Caminamos juntos. Caminamos con Dios, origen de tanta gracia: ¿Qué haré, Señor, si tú no vienes con tu usada, inefable cortesía?
Caty Roa

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