Los poetas cantaron con mimo a las flores; todos nos extasiamos ante la pomposidad de las rosas, ante el aroma del clavel, la blancura de la azucena, la complicada armonía de una orquídea, la caprichosa formación de una pasionaria, la invisible presencia de una violeta, la débil fortaleza del gladiolo.
Todos cuidamos con esmero las flores de nuestro jardín, de nuestras macetas, destinadas a formar ramos para nuestros centros de mesa, o para obsequiar a los que queremos bien.
Pero hay ciertas flores que están destinadas a marchitar su colorido y su esbeltez y a deshacer su aroma, acariciando las puertecillas del Sagrario; parecería que a esas flores les ha tocado la lotería de no morir en opaca tierra, sino ante el Dios de todo.
En tu vida has de reservar algunos actos, que sean como las flores, que dediques única y exclusivamente a tu Dios; estará bien que hagas lo demás, pero estará mejor que no te olvides de Aquel que de ti se acuerda minuto a minuto.
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