sábado, 29 de junio de 2019

TODOS ESTOS REINOS TE DARÉ; POR PEDRO LUIS LLERA VÁZQUEZ













InfoCatólica

“Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Así que, si me adoras, toda será tuya.»  Jesús le respondió: «Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.»” 
Lucas, 4
Satanás, el Diablo, Lucifer… El Demonio, en definitiva, se caracteriza por odiar a Dios y al hombre. Satán odia a Dios porque odia al hombre y odia el amor de Dios por sus criaturas. El ser humano – “hombre y mujer los creó” – está creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso, cada vez que el Demonio mata a un hombre está rebelándose y ofendiendo a Dios
Satanás es más listo que nosotros y nos engaña. Y el mayor engaño es hacer creer a la mayoría de la gente que él no existe, que es un invento del hombre. Pero el diablo existe. Y trabaja incansablemente por nuestra condenación.
Satanás es el acusador. Él se presenta ante Dios y le dice: “¿Ves a este a quien tanto quieres? Pues es un canalla y un miserable. Tú lo amas y él te escupe, te desprecia y no cumple tus mandamientos. Y quien no cumple tus mandamientos es mío y debe morir.” La escena de Las Crónicas de Narnia: el león, la bruja y el armario de C. S. Lewis en la que la Bruja Blanca se presenta en el campamento de Aslan para reclamar la sangre de Edmund refleja perfectamente esa labor de gran acusador del demonio. Por eso Cristo derrama su sangre y entrega su vida en la cruz: para salvarnos del pecado y de la muerte que merecemos por nuestras traiciones a Dios y a nuestros hermanos, por nuestras faltas de amor a Dios y al prójimo, por nuestro egoísmo y nuestra soberbia. Es su sacrificio el que nos salva, si nos arrepentimos, le pedimos perdón y nos convertimos.
Pero Satanás es muy listo. Y siempre se nos presenta con apariencia de bien: “Mira a ese pobre anciano enfermo… ¡Cómo sufre! Lo mejor es matarlo para que deje de sufrir”. “Mira a esa pobre chica embarazada. Ella no desea a su bebé: mejor que aborte”. “Lo único importante es el amor y todas las religiones valen lo mismo: no hay que hacer proselitismo ni anunciar la conversión a Cristo”. “Hay que evitar el cambio climático provocado por el hombre que contamina: mejor si vivís como los indígenas del paleolítico y adoráis a los espíritus paganos”. “La tierra es la Pacha Mama que sangra por las heridas que le infligís los hombres. Adorad a la Madre Tierra y no prediquéis la conversión a Cristo”. Siempre empieza el diablo apelando a nuestra sensibilidad y a la compasión. Y acaba proponiendo la muerte y la destrucción del hombre y el desprecio a Dios. Ese es el criterio de discernimiento fundamental: cualquier doctrina que conduce a matar seres humanos y a despreciar a Dios, viene del Demonio. De Dios viene la Vida, la Caridad, el Amor, el Sacrificio, la Cruz. Del Demonio, la muerte, la fornicación (que es la falsificación del amor), el hedonismo, el odio a la Cruz, a Dios y a los hermanos.
Hay satánicos conscientes y otros que lo son sin saberlo. Los explícitamente satánicos son quienes se dedican a pisar crucifijos en sus ritos, quienes realizan misas negras, quienes profanan sagrarios, quienes blasfeman; los herejes, los apóstatas, los masones, los que saben que viven en pecado mortal sin importarles lo más mínimo; los impíos y los malvados.
El malvado escucha en su interior 
un oráculo del pecado:
«No tengo miedo a Dios,
ni en su presencia.»
Porque se hace la ilusión de que su culpa
no será descubierta ni aborrecida.

Las palabras de su boca son maldad y traición,
renuncia a ser sensato y a obrar bien;
acostado medita el crimen,
se obstina en el mal camino,
no rechaza la maldad.
Pero hay otros muchos que son satánicos y ni lo saben. Son los que viven como si Dios no existiera. Son los liberales que León XIII condenaba en la Encíclica LibertasPraestantissimum; o los comunistas, cuya ideología condenaba Pío XII en Divini Redemptoris.
Sobre el liberalismo escribe León XIII:
“El principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad. Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo; según ellos no hay en la vida práctica autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo. De aquí nace esa denominada moral independiente, que, apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los mandamientos divinos, concede al hombre una licencia ilimitada. Las consecuencias últimas de estas afirmaciones, sobre todo en el orden social, son fáciles de ver. Porque, cuando el hombre se persuade que no tiene sobre si superior alguno, la conclusión inmediata es colocar la causa eficiente de la comunidad civil y política no en un principio exterior o superior al hombre, sino en la libre voluntad de cada uno; derivar el poder político de la multitud como de fuente primera. Y así como la razón individual es para el individuo en su vida privada la única norma reguladora de su conducta, de la misma manera la razón colectiva debe ser para todos la única regla normativa en la esfera de la vida pública. De aquí el número como fuerza decisiva y la mayoría como creadora exclusiva del derecho y del deber.”
Obviamente, el enemigo del liberalismo así entendido es Dios y la Iglesia. Porque es la Iglesia quien ha defendido siempre la soberanía social de Cristo y los Mandamientos de la Ley de Dios, que deben regir la vida de las personas y de las naciones para colaborar en la construcción del Reino de Dios. Eliminado Dios de la vida personal y social, el individuo es quien establece sus propios mandamientos y las mayorías quienes deciden los derechos, los deberes y las normas morales – amorales e inmorales – de la sociedad. La civilización cristiana es el enemigo a batir. Hay que construir un mundo nuevo sin Dios y contra Dios, en el que el hombre sea dios y su voluntad sea soberana.
Contra el comunismo escribía Pío XII:
“La lucha entre el bien y el mal quedó en el mundo como triste herencia del pecado original. y el antiguo tentador no ha cesado jamás de engañar a la humanidad con falaces promesas. Por esto, en el curso de los siglos, las perturbaciones se han ido sucediendo unas tras otras hasta llegar a la revolución de nuestros días, la cual por todo el mundo es ya o una realidad cruel o una seria amenaza, que supera en amplitud y violencia a todas las persecuciones que anteriormente ha padecido la Iglesia. Pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor.
Este peligro tan amenazador, como habréis comprendido, venerables hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que pretende derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana.
El comunismo de hoy, de un modo más acentuado que otros movimientos similares del pasado, encierra en sí mismo una idea de aparente redenciónUn pseudo-ideal de justicia, de igualdad y de fraternidad en el trabajo satura toda su doctrina y toda su actividad con un cierto misticismo falso, que a las masas halagadas por falaces promesas comunica un ímpetu y tu entusiasmo contagiosos, especialmente en un tiempo come el nuestro, en el que por la defectuosa distribución de los bienes de este mundo se ha producido una miseria general hasta ahora desconocida. Más aún: se hace alarde de este seudo-ideal, como si hubiera sido el iniciador de un progreso económico, progreso que, si en algunas regiones es real, se explica por otras causas muy distintas, como son la intensificación de la productividad industrial en países que hasta ahora carecían de ella; el cultivo de ingentes riquezas naturales, sin consideración alguna a los valores humanos, y el uso de métodos inhumanos para realizar grandes trabajos con un salario indigno del hombre.
La doctrina que el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras se funda hoy sustancialmente sobre los principios, ya proclamados anteriormente por Marx, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico, cuya única genuina interpretación pretenden poseer los teóricos del bolchevismo. Esta doctrina enseña que sólo existe una realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas, la cual, por evolución, llega a ser planta, animal, hombre. La sociedad humana, por su parte , no es más que una apariencia y una forma de la materia, que evoluciona del modo dicho y que por ineluctable necesidad tiende, en un perpetuo conflicto de fuerzas, hacia la síntesis final: una sociedad sin ciases. En esta doctrina, como es evidente, no queda lugar ninguno para la idea de Dios, no existe diferencia entre el espíritu y la materia ni entre el cuerpo y el alma: no existe una vida del alma posterior a la muerte, ni hay, por consiguiente, esperanza alguna en una vida futura. Insistiendo en el aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas afirman que el conflicto que impulsa al mundo hacia su síntesis final puede ser acelerado por el hombre. Por esto procuran exacerbar las diferencias existentes entre las diversas clases sociales y se esfuerzan para que la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, adquiera el aspecto de una cruzada para el progreso de la humanidad. Por consiguiente, todas las fuerzas que resistan a esas conscientes violencias sistemáticas deben ser, sin distinción alguna, aniquiladas como enemigas del género humano.
Comunismo y liberalismo tienen un enemigo en común: la civilización cristiana; es decir, la Iglesia y Cristo. Marx y Nietzsche coinciden en un materialismo ateo que niega a Dios y rechaza los principios morales cristianos. El superhombre nietzscheano y el nuevo hombre comunista vienen a ser lo mismo: seres desalmados, sin esperanza de vida eterna, endiosados, soberbios, desgraciados; crueles, inhumanos, impíos, blasfemos…
Toda ideología política que lucha contra Dios, contra la Iglesia, contra la civilización cristiana y contra la ley moral universal es necesariamente satánica.
Pues bien, en las  postrimerías del siglo XX y las primeras décadas del XXI,liberalismo y comunismo han confluido en una especie de síntesis en la llamada “Ideología de Género”. Esta nueva ideología es la culminación del liberalismo y del comunismo y supone el endiosamiento de la voluntad del hombre que se rebela contra su Creador. Se trata de una ideología totalitaria que pretende acabar con lo que queda de la civilización cristiana y matar a Dios. El hombre se niega a aceptar su condición de ser contingente y limitado, se niega a aceptar la verdad, se niega a aceptar cualquier limitación a su libertad y pretende autodeterminarse, crearse a sí mismo, autoposeerse, autodefinirse contra su propia naturaleza, contra las evidencias de la ciencia, contra cualquier mandamiento y contra cualquier orden moral. El hombre quiere ser su propio dios. Y para ello, como en tiempos de Babel, quiere construir su propia ciudad sin Dios y contra Dios, que llegue hasta el cielo. La soberbia, la vanidad y la necedad del hombre no conocen límites. El hombre quiere ser su propio redentor, quiere acabar con la muerte y vivir para siempre (Transhumanismo). Pero solo Dios es Dios.
En nuestros tiempos, estamos asistiendo a un reagrupamiento de las huestes de Satanás baja una única bandera y un pensamiento único incuestionable: feminismo comunista, ecologismo sandía (verde por fuera y rojo por dentro), homosexualismo político, pacifismo hippie, sincretismo religioso, pansexualismo decadente, nihilismo ateo… Lo importante es que cada uno sea feliz, disfrute, goce… El amor se entiende como puro sentimentalismo hedonista y la tolerancia y el diálogo son mantras para justificar el pecado y el mal.
Esta fusión liberal-comunista es el pensamiento único de nuestro tiempo. Y todos los partidos políticos comulgan con esta nueva ideología. Hasta tal punto que, los pocos que nos resistimos a esa ideología satánica somos estigmatizados como intolerantes, fascistas, ultracatólicos, rigoristas, homófobos, machistas y toda clase de calificativos que pretenden nuestra exclusión social, condenándonos al ostracismo y a la marginalidad.
El objetivo de los partidos políticos no es buscar el bien común de los ciudadanos: es alcanzar el poder y mantenerse en él a cualquier precio. Y para ello, han decidido arrodillarse ante el demonio y adorarlo. Allá ellos. Cristo es el único Juez.
Pero, aunque los hijos de Satanás sean más y aparentemente vayan ganando la batalla, no prevalecerán. Esta guerra no la ganan las mayorías. Los números no importan. Aunque me quede solo, me da igual. El poder es de nuestro Dios, que hizo el cielo y la tierra. La victoria es de Cristo, que vive y reina ya por los siglos de los siglos. Y nuestra Madre, la Inmaculada Concepción, pisará la cabeza de la serpiente. El Corazón de Jesús reinará y el Inmaculado Corazón de María triunfará. Y bajo el signo de la Cruz, Cristo derrota a los impíos. Adorémoslo en el Santísimo Sacramento. Arrodillémonos ante nuestro Redentor.
“¡En ti se gocen y se alegren todos los que te buscan! ¡Repitan sin cesar: «Grande es Dios», los que aman tu salvación! ¡Y yo, desventurado y pobre, oh Dios, ven presto a mí! ¡Tú, mi socorro y mi libertador, Dios mío, no tardes!” 
Salmo 70

“Adorarás al Señor, tu Dios, y solo a Él darás culto”.
¡Viva Cristo Rey!

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