sábado, 22 de junio de 2019

RETOS DE LA IGLESIA; POR MANUEL BUSTOS RODRÍGUEZ



La Iglesia católica, a pesar de los avatares y de los avances de la increencia y de diferentes formas de religiosidad a la carta, posee mayor número de seguidores en el mundo que ninguna otra fuerza o movimiento ideológico. Dentro de las iglesias cristianas, es la más nutrida y está al mismo nivel en número de creyentes que la segunda gran religión del planeta: el Islam. Sólo por eso, su presencia social, mal que pese a algunos, no puede ser de ninguna manera ignorada.


Ciertamente su situación no es igual en todas partes. Mientras en Europa experimenta un auténtico desplome, en las Américas su retroceso está más atenuado y en Asia y África continúa un lento pero ininterrumpido crecimiento. Nuestro continente, en definitiva, ha dejado de ser el centro del catolicismo. De ahí la mirada de los últimos papas, incluido el actual, hacia esos mundos de nueva cristiandad.

Lo del Occidente europeo merece un punto y aparte. Los indicativos externos de la fortaleza de una religión (número de fieles, vocaciones al sacerdocio, situación del clero, de las iglesias y conventos, y participación en los sacramentos) pierden vigor a ritmo acelerado. Acostumbrados como estábamos a una religión de masas e influyente, no resulta fácil aceptar esta profunda crisis. ¿Qué está, pues, sucediendo?

A mi juicio hay varias causas externas e internas. Me limito sólo a enunciar, a falta de espacio, las que me parecen más importantes. Entre las primeras es preciso recordar el peso de una cultura, dominante en nuestro mundo, que ha jubilado a Dios de la vida pública y de la preocupación del hombre. Y tiende además a extenderse como mancha de aceite. Así, la Iglesia y sus miembros son objeto de ataques, cada vez más frecuentes y agresivos. Pérdida de ascendencia social aparte, es indudable que su denuncia de conductas toleradas e impulsadas en el presente produce fuerte alergia entre quienes se ven criticados por aceptarlas.

Con respecto a las segundas, a nadie se escapa el tremendo daño producido en la institución por los escándalos de pedofilia, "un tsunami para la Iglesia", en palabras del cardenal Beccui. Pero hija también del movimiento del 68, ella vive una fuerte crisis de autoridad, perceptible en el desapego entre el clero y los fieles laicos de las normas eclesiales, de los superiores jerárquicos e, incluso, de la doctrina de siempre. Todo ello colabora notablemente a la confusión sobre los contenidos de la fe y la moral, así como a descafeinar el mensaje cristiano, convertido con frecuencia en una especie de elixir mental de autoayuda festivo (ahora que está tan de moda) para ser más feliz; exento por tanto de garra y de contenido dramático (Si Unamuno viviera...). Y, sin embargo, el mensaje de Jesús, preservado y desarrollado por la Iglesia en el tiempo, sigue siendo una propuesta esencial, única para todos, especialmente para las nuevas generaciones.

Paradójicamente, si Jesús atrajo a tanta gente no fue sólo por su conmiseración con los pobres, los marginados y los enfermos. En tal caso, no hubiese pasado de ser un venerado santón. Como otros hombres piadosos, habría dejado un grato recuerdo, pero su incidencia social y su proyección probablemente no rebasarían el ámbito local. Si Jesús ha sido capaz de convocar a tantos a lo largo de los siglos, no se debe a su preocupación política o socioeconómica, sino a su anuncio de una vida eterna, de felicidad plena tras la muerte, para quienes crean en él y lo sigan. Y, a su vez, de la posibilidad cierta de no alcanzar esa dicha, sino padecer una desdicha igualmente eterna, por parte de quienes, habiéndole conocido, lo rechacen.

Si ese mensaje central amoroso de redención y sentido, dirigido a todos y cada uno, se relegase o abandonara, el Cristianismo dejaría de ser la savia que durante siglos ha animado a millones de personas en todo el mundo a adherirse a él, cambiar sus corazones, obrar de manera consecuente con la conversión experimentada (aquí sí, en el plano del compromiso temporal) y estar dispuestos al martirio. Dejaría por tanto de ser sal, levadura, modelo de vida, recordatorio profético a la Humanidad, hundiéndose en la irrelevancia más absoluta. Para los pastores todo esto constituye una grave responsabilidad.

Tal propuesta deberá resistir la atracción que continuamente ejerce la cultura posmoderna sobre la Iglesia y sus miembros, tras erigirse a sí misma como única vía posible para la emancipación del hombre. A tal efecto es necesario convencerse de que ella, herida de muerte, no tiene la última palabra. Más aún, si el católico es sensible a los mensajes de la Biblia y de las apariciones de la Virgen sobre el fin de los tiempos, sabe que ha de contar con fuertes tribulaciones (¿estamos ya en ellas?) antes de la victoria final. Mientras, tocará purificarse, anunciar sin adaptaciones forzadas los contenidos de la fe y esperar activamente a recoger fruto, aunque ahora sea escaso.

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