jueves, 30 de noviembre de 2017

ZAPATOS PLANOS; POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ



Hace diez años escribí un artículo contra los tacones de vértigo. Si no lo he escrito más, es por mi afán de no repetirme, aunque sigo pensando lo mismo. Los tacones son un sacrificio (para los pies que lo llevan) excesivo. Para presumir, hay que sufrir, bien, vale; pero sufrir para nada, para qué.


Comprenderán ustedes mi alegría cuando la máxima autoridad mundial en la materia, Manolo Blahnik, al que van a rendir un merecido homenaje en el Museo Nacional de Artes Decorativas, acaba de declarar: "La gente me tiene por un diseñador de tacones, pero creo que son mucho más sexys los zapatos planos". Amén. Y suspira (y yo con él): "Ojalá otra Brigitte Bardot que pudiera llevar los zapatos planos con tanta elegancia. Con tacones ni te fijarías en ella, pero con planos parecía una auténtica gata".

Modestia aparte, es el caso de mi mujer, que los lleva con elástica elegancia. Alguien que nos conozca podría sospechar que mi manía a los zapatos de tacón es porque, si se los pone, me saca una cabeza, pero prometo que no. Estoy encantado de que sea más alta, más guapa, más elegante y que cobre más que yo. Sería tonto si no, ¿no? Mi escepticismo ante los discursos feministas radicales, por cierto, se debe a haber estado rodeado de una mujer ejecutiva, una madre farmacéutica y una abuela empresaria que iban por la vida con los zapatos planos de la igualdad sin necesidad de los tacones de la discriminación positiva. Y ya verán mi hija…

Me distraigo pensando en ellas, disculpen. Quiero decir que mi guerra fría a los tacones de aguja es una guerra estrictamente estética. Blahnik da en la clave: los andares. Algunos tacones hacen que las portadoras portadas avancen como cigüeñuelas. Encima, tengo muy observada una paradoja muy cruel: los tacones muy altos hacen más bajitas a las señoras bajitas. El límite de altura tendría que ser aquel que no afecta a un valor más importante: al porte, a la naturalidad. Tampoco deberían hacerte pensar en los pobres dedos explotados, obligados a aguantar toda la presión ahí dentro, en la puntita.

Espero que nadie considere una apreciación estética como un micromachismo, pero cualquiera sabe. En mi descargo diré, precisamente, que los tacones, que imponen una incomodidad suplementaria, no son un complemento demasiado igualitario. Pero eso lo digo, más que nada, por despistar, y para buscarme aliados a favor del zapato plano, que todos son pocos.

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