Tuya y solo tuya es la
palabra…
Cuando los últimos sones de la
marcha Amargura se escuchen ante el abarrotado Teatro de las Cortes de San
Fernando sentirás esa clase de emoción que solo son capaces de percibir los que
tienen tan importante encomienda. Cuando tú presentador pronuncie sus últimas
palabras, notarás como los poros de la piel se abrirán por la tensión y respeto
porque ha llegado tu hora, el momento que abras el bello portafolio
expresamente realizado para ti por encargo del Consejo. Entonces y solo
entonces, ante el público, entre ellos tu querida familia de sangre y cofrade,
las palabras irán fluyendo de tu seca garganta comenzando ese momento histórico
que es en sí el Pregón de la Semana Santa de San Fernando.
Y se hará el silencio en el
patio de butacas, platea, principal y anfiteatro de la antigua Casa de Comedias
y sede de las Cortes Constituyentes de 1810. Silencio y expectación que si esta
última se pudiera escuchar sonaría atronadora ante el mensaje que seguro nos
transmite un cristiano cofrade de los de verdad, que conoce nuestro apostolado
desde antes de nacer, que comprende sus singularidades, que disfruta y vive
porque forma de su propio ADN.
Declamarás a viva voz lo
escrito en el papel. ¿Cuántas veces borrado? ¿Cuántas veces reescrito? Eso nos
pasa a todos los que tenemos la dicha, también desdicha, de enfrentarnos cada
día a la temida hoja en blanco. Al final todo lo pensado empieza a encajar y
aunque cuesta la misma vida poner punto final lo tienes que hacer. Soy de los
que piensan que toda obra literaria, pictórica, musical será siempre incompleta
para su autor porque en su mente revolotea cada día un distinto e idílico
final.
Lo harás en verso y también en
prosa, con palabras escogidas, así como propias de lo que es nuestra Ciudad y
su Semana Santa. En el transcurso de tu disertación se escuchará algún que otro
carraspeo, que es la forma de expresar la emoción los que bien te conocen y
quieren. Ojos impregnados en lágrimas cuando compartas con todos recuerdos,
vivencias, momentos…
Porque tú, querido pregonero, lo eres de la Semana Santa, de las Hermandades y Cofradías que realizan su salida penitencial o estación de penitencia por las calles de nuestra ciudad, de los cofrades que presencian su discurrir en aquella esquina, en esa calle tan cofradiera, sentados en la extraordinaria carrera oficial o viéndola en la televisión porque por achaques de los años o de la enfermedad no pueden salir de casa.
Tú pregón, como cristiano,
católico, cofrade y trinitario comprometido, seguro que llega a todos a los que
nos une la misma Fe ofreciéndonos un necesario mensaje de Esperanza y Caridad.
Que dais cuando visitáis a un preso, dais de comer al hambriento, ofrecéis el
calor del cariño al que nada tiene, os ponéis al lado del oprimido, ofrecéis
cobijo al peregrino y cuidados al enfermo.
Sí, Eduardo, hermano mío,
también tus palabras de Esperanza en la Fe y en la Caridad, a los marginados de
nuestra sociedad que en verdad son bienaventurados por el mismo Jesús Cautivo y
por siempre Rescatado.
Comienza la semana que vivirás
con muchas emociones y un sempiterno nudo en el estómago porque visualizarás
cada día con sus noches ese instante en el que ya en el atril abras la cubierta
de tu Pregón, mires a lo que solo tú ves, en un impasse donde reina el
silencio, hasta que las palabras salgan de tu garganta para abrir de par en par
una nueva Semana Santa en La Isla.
Qué Jesús de Medinaceli y
María Santísima de la Trinidad te guíen en tan importante encomienda.
Jesús Rodríguez Arias
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