A nivel familiar este término
se suele usar para definir a las personas que nadan contracorriente, que rompen
las reglas transmitidas de generación en generación.
Y a nivel social son todos
aquellos que no se adscriben al pensamiento único, a un argumentario definido,
al “esto es lo que hay, los que no siguen el paso de los demás sino que razonan
con hechos y palabras, que tienen propia opinión y además las transmiten a los
demás de forma pública, en definitiva son todos aquellos que son libres, que no
entran en patéticas discusiones barriobajeras a través de las respectivas redes
sociales, las que siguen su camino, los que son condenados por esta tendenciosa
sociedad y los poderes que la manejan a un total ostracismo, porque los quieren
apartar de todos los segmentos donde su sola presencia puede hacer daño a los
que caminan ciegos, mudos y sin pensar demasiado.
Desgraciadamente ovejas negras
existen en todos los ámbitos y sectores. En el trabajo, estudios, amistades, incluso
en apostolados y carismas, en todos en general, también el cofrade. Pienso que
llevamos muchas generaciones adscritas al pensamiento único y eso hace que los
que detentan el poder, el que sea, se vean en posesión de la verdad y los que
ellos dicen y dictaminan va a misa o por lo menos así lo creen. En cuanto
alguien difiere de esa opinión y además muestra argumentos sólidos se convierte
de golpe y porrazo en un apestado o lo que es lo mismo, en una oveja negra.
Asumir que eres un paria en el
lugar que has crecido y has pasado muchos años de la vida es realmente difícil
pues sientes que las miradas se clavan en ti, intentan hacerse el tonto, que es
una forma coloquial, de fingir desinterés y desapego con la persona que esta
frente a ellos y solo porque una vez se le ocurrió discrepar de la forma de
hacer y actuar de aquellos que hasta ese mismo momento eran verdaderos “amigos
y hermanos”. Este tipo de afrentas tienen mucho en común con los pueblos donde
las filias y las fobias pasan de generación en generación.
Con el paso de los años,
décadas incluso, con los sufrimientos y padecimientos que han ido moldeando el
camino existencial de todos sin excepción, la oveja negra piensa que, a lo
mejor, pudiera ser, que las palabras y argumentos que ocasionaron tan brutal
distanciamiento se hayan diluido como azucarillo en el agua. ¡Para nada! Todo
sigue igual. Y es que en definitiva nos sobra soberbia y nos falta humildad
para tender la mano, para dar un abrazo sincero donde todo queda perdonado. En
cambio, te encuentras que aquél con el que tuviste una discordancia ahora
ostenta la máxima responsabilidad y no solo te acoge, sino que despide con su
mirada, volviendo la cara en público para que quede constancia de que eres un
defenestrado, de que estás condenado a ser la oveja negra por toda la eternidad.
Nos gloriamos de decir que
somos discípulos de Cristo, pero nos falta su mansedumbre y humildad para
llevar su yugo.
Jesús Rodríguez Arias
