En el pueblo donde vivo hay
una señora que está adornando su casa para celebrar jalogüín, es verdad que,
aunque parte de sus raíces son del lugar, por su propio origen anglosajón ha
vivido esta “fiesta” desde otro punto de vista al que podemos hacerlo en este
terruño llamado España.
Está adornando la portada,
cancela y alrededores con horripilantes esqueletos y, en el patio, se puede ver
perfectamente; si pasas por delante, te encuentras con tétricas lápidas a modo
de cementerio que coge todo su patio.
Lógicamente, soy muy
respetuoso con lo que cada uno haga de su puerta para adentro y, si esta vecina
decide escenificar lo más tenebroso y macabro de la propia muerte, allá ella y
sus gustos.
Sé que esa casa en cuestión
será muy visitada, le harán multitud de fotografías, pues no deja de ser una
esmerada escenificación de lo que esta “celebración” representa.
Cada vez que pasamos por
delante, le digo a Hetepheres: Cualquiera me hace a mí vivir en un lugar donde
se represente un cementerio. Los que bien me conocen saben que soy muy reacio a
todo lo referente a la muerte; no suelo ir a los tanatorios, salvo familia e
íntimos; a la Misa córpore insepulto suelo asistir cuando puedo, a los
funerales, hago lo posible y a los entierros en el camposanto, salvo familia,
no lo hago porque me parece un sagrado momento íntimo.
Esta aversión a todo lo que
rodea a la muerte es porque me impone la misma; en esto soy fiel heredero de mi
madre, que era igual. Eso no significa que quiera enterrar cuanto significa,
pues forma parte de la propia vida, y tampoco, al día de hoy, le tengo miedo,
porque al final va a ser Dios en Justicia y Misericordia el que decidirá con
Amor de Padre cual será mi morada eterna.
Eso no quiere decir que desee
morirme, que, a pesar de los pesares, de los padecimientos, injusticias e
ingratitudes, la vida es bonita y cuando el Señor te tiene por estos terrenales
lares será porque todavía se es necesario.
Por eso digo y ratifico que
jalogüín, no es para mí. Prefiero la vida a lo más horrible de la muerte porque
pienso que esta, cuando nos llega, es la fase imprescindible para llegar a la
auténtica Vida.
Aquí, como mucho, la
chiquillería se vestirá con sus disfraces y llamará a las casas con el
consabido “truco o trato”; el que quiere le abrirá y el que no lo dejará pasar.
Eso sí, tanto el día uno como el dos de noviembre, el precioso Cementerio del
Salvador se llenará de flores, visitas, oración y recuerdos.
En La Isla será otro cantar;
mi querida ciudad se convierte en el centro neurálgico de la celebración de
Jalogüín, la cual ha costado una millonada. La gente llenará las calles y todos
estarán contentos en celebrar una fiesta impostada cuyo protagonista es el
maligno.
Esos días prefiero quedarme en
casa, rezando por los difuntos y las benditas almas del purgatorio. Cuestión de
preferencias.
Jesús Rodríguez Arias

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