lunes, 7 de septiembre de 2020

*LA ATALAYA






Después de 41 días vuelvo a mi semanal tribuna de todos los lunes con las pilas algo más recargadas para intentar escribir cuanto pienso de lo que me rodea, de lo que está pasando, y siempre desde el humanismo cristiano que es base fundamental en mi vida.

Hoy mi primer artículo de este curso 2020/2021 tiene un título muy personal en ofrezco mi opinión y también abro mi corazón.

Os dejo con "La Atalaya" agradeciendo a este medio de comunicación en el que me honro pertenecer hace ya  muchos años su confianza y apoyo en todo momento.

Jesús Rodríguez Arias





LA ATALAYA



Septiembre es comienzo de un nuevo curso donde se desarrollarán las actividades que permita esta maldita pandemia que estamos padeciendo y que ha borrado de sopetón la vida tal y como la entendíamos. La nueva realidad, que no normalidad, tiene mucho de irreal.

Os debo reconocer que me está costando Dios y ayuda volver a ponerme delante de esta página en blanco pues acabé agotado mentalmente después de vivir y escribir mi opinión de cuanto iba aconteciendo en el confinamiento que detuvo a España y a los españoles hasta meternos literalmente en casa con el fin de poner freno a una pandemia que acampaba a sus anchas sin que nuestros gobernantes supieran a ciencia cierta qué hacer y que es lo mismo que está pasando en estos momentos. Dicen que nuestros niños vuelven a los colegios, más adelante  pienso lo harán  los jóvenes en institutos y universidades, dicen que está todo “preparado” aunque en verdad esto último dista mucho de ser creíble, dicen que hay “coordinación” entre gobiernos central y autonómicos, dicen que han marcado las necesarias directrices, pero en verdad opino que esto es un experimento en el que se pone innecesariamente en peligro las vidas de nuestros hijos, sus padres y familiares así como la de los profesores, maestros y demás profesionales que ejercen sus funciones en los centros educativos. Existe mucha incertidumbre a lo que pueda pasar y este miedo es sin duda alguna por la clara desinformación de la realidad de lo que está pasando. Mi madre decía que quién evita la tentación, evita el peligro y la vuelta al cole en estos momentos con la de contagios que hay es un verdadero peligro.

Muy preocupado me tiene mi querida Isla de León pues leo estupefacto como los casos de coronavirus se expanden por día que pasa. San Fernando, para nuestra desgracia, se ha convertido en una de las ciudades con mas contagios a nivel provincial pero eso no ha sido óbice para que se haya programado un verano completo de actuaciones, conciertos y actividades. Se pide a la ciudadanía prudencia y responsabilidad aunque eso también mismo habría que exigírselo a los poderes públicos que tienen que velar por la salud de todos.

Pero esa exigencia a las instituciones no descarta nuestra responsabilidad ante el cumplimiento de las normas sociosanitarias que se están implantando con tal de frenar la virulenta segunda ola de la pandemia que la mayoría han cumplido pero muchos se han pasado por el forro todas las indicaciones y esto ha hecho que hoy estemos como estamos.

A título particular os diré que mi vida ha cambiado por completo pues ya estamos instalados plenamente en Villaluenga del Rosario, en La Atalaya que es mi bendecido Hogar, viviendo una vida más mesurada donde se puede degustar lo que es la pureza de lo auténtico. Vivir en un pequeño pueblo es lo mejor que me ha podido suceder aunque lógicamente hay que estar preparado para ello. Aquí las horas parecen se alargan, como la vida, aquí aprendes cada día y valoras las lecciones de esos pastores y ganaderos, de los jóvenes o de ese vecino que comparte sus pensamientos contigo y de los mayores que atesoran esa clase de sabiduría que solo se adquiere con el pasar de los años.

Aquí compruebas que la Fe siendo recia también es popular. Aquí valoras la tolerancia y el respeto, aquí se está para todos y si alguien necesita ayuda no van a faltar manos. Aquí amanece y languidece cada día con una imagen de indescriptible belleza.

En La Atalaya me asomo al mundo sin que él me vea pues todo queda tras la montaña. En La Atalaya escribo alejado del mundanal ruido y cuando la tarde se va haciendo noche me siento en ese lugar en el que diviso todo desde lo alto a conversar con Hetepheres, leer un buen libro, comprobar que la oscuridad del siempre romántico anochecer no ensombrece la belleza de este bendito rincón y escucho la deliciosa música que a esa hora suena en la casa de mi vecino mientras él pierde la mirada en su particular horizonte y escribe versos a esa noche tan llena de embrujo y silencio solo roto por el tañer de las campanas de la siempre cercana Iglesia de San Miguel Arcángel.

Jesús Rodríguez Arias





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