Ahora que llevamos unos días sin la presencia benéfica de Benedicto XVI (aunque no nos ha dejado en lo más importante: su oración), es buen momento para plantearse qué nos ha aportado esta gran figura de la vida de la Iglesia.
Mi respuesta es: la presencia de un hombre de la Tradición. Esta respuesta exige dos pormenorizaciones: la primera, que la Tradición en la fe cristiana no hace referencia exclusiva al pasado. Es algo vivo, que viene ciertamente del pasado pero que se trasmite y se integra en el tiempo, desarrollándose hacia el futuro. La segunda, es que no sólo -ni principalmente- querría referirme a estos años de pontificado sino a su obra pastoral y teológica en general.
La manera más fácil de describir a un hombre de la Tradición (verán que lo escribo con T mayúscula) es diciendo lo que no es. Así de pobre -pero también de clarificador- es, a veces, nuestro pensamiento. Un hombre de la Tradición no es sólo un hombre del pasado. Eso es un integrista, un conservador, o como quieran llamarlo. Alguien que a base de repetir lo mismo, mata lo que estaba vivo. La Encarnación no sólo exige que -en un momento histórico: la primera evangelización- la fe se integre en la cultura y en la vida, sino que lo haga constantemente (de ahí el empeño en la Nueva Evangelización). Por eso, cada tiempo, cada innovación cultural es un reto, y por eso también los grandes hombres y mujeres de la Tradición (los santos) son tan parecidos y tan diferentes entre sí dependiendo de la época en la que viven. Un hombre de la Tradición se goza del tiempo que le ha tocado vivir, que es el suyo, lleno de torbellinos y apuestas (como todos). No es -en ese sentido- un hombre de Jorge Manrique que piense que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Pero tampoco es un hombre sólo del presente. Aquellos que -especialmente en los años del postconcilio- olvidaron la Tradición para intentar hacerse uno con el espíritu de los tiempos, hoy aparecen netamente desfasados. Los escritos de JosephRatzinger nos muestran a un pensador en constante diálogo con su tiempo, que se manifiesta en la variedad de escritos que ha hecho en común con figuras importantes de nuestro tiempo, algunas de ellas -como Marcelo Pera o Jürgen Habermas- no cristianas. El hombre de la Tradición no teme al presente, no teme a la razón, pero no se deja obnubilar por los fuegos fatuos del presentismo, de querer estar a la última. El hombre del pasado tiene conciencia de Ciudad sitiada; el hombre del presente entrega la ciudad al enemigo.
Tampoco es sólo un hombre del futuro, un utópico. Ernst Bloch trabajó este concepto de forma tan desarrollada que le ha merecido una aceptación popular. No podemos olvidar que, pese a eso, la utopía es algo sin realizar y en ese sentido, irreal. La diferencia entre el principio esperanza de Bloch y la esperanza que Josef Ratzinger nos hizo meditar en su segunda encíclica fue que la esperanza cristiana “es ya pero todavía no”. Ya estamos salvados (no en el futuro, ahora) por la esperanza. El hombre de la Tradición mira lejos, pero lo hace desde el presente y cambiando el presente sin pretensiones violentas de ruptura. No condena el presente, como suele hacer la utopía. Lo reforma para hacer habitable el futuro.
En resumen, Joseph Ratzinger es -para nosotros- un hombre de la Tradición, es decir, un hombre que valora el pasado, lo vive en el presente y lo dirige hacia el futuro. Eso nos ha enseñado con la intención de que cada uno lo haga en su tiempo y en sus circunstancias. Es, como nuestro querido Tomás Moro, un hombre para todo tiempo. A man for all seasons.
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