jueves, 4 de abril de 2013

VIA LUCIS ET VIA GAUDII: "PER CRUCEM AD LUCEM"; POR JOSÉ ANTONIO SIGLER BERNAL.



Ya ha llegado el tiempo Pascual, la irrupción de Jesús Resucitado en nuestra vida y en nuestra historia. El desbordamiento del amor del Padre que, cómo al hijo pródigo, está esperando que volvamos a “casa” para rescatarnos. Este rescate se ha producido en la bienaventurada noche pascual, la Vigilia Pascual del Sábado Santo cuando a Cristo, muerto y confinado en el sepulcro, el Padre le rompe las cadenas de la muerte y le resucita, arrastrando con ello a toda la humanidad deseosa de salvación.

Desde ese momento se produce en la vida de los Apóstoles las apariciones del Resucitado. Se produce un “Via Lucis”. Alfredo Rubio de Castarlenas, en su libro “La andadura pascual”, nos relata que “Los Evangelios nos cuentan esta andadura, desde que Juan le preguntó « ¿Maestro, dónde moras?» hasta que el Discípulo Amado estuvo al lado de María a la sombra del Madero. Pero ahí, en el Calvario, no acaba todo. Más bien todo empieza. En aquel sábado terrible, cuando todos estaban envueltos en una fe oscurísima y desesperados, María era la única que tenía bien prendida la llama de la fe en su lámpara de Clara-esperanza. Esa llama, era la única luz que alumbraba al mundo hasta que llegó el esplendor de la Resurrección de Cristo. Y de la nuestra. Entonces, comienza una nueva andadura. Un Camino de Alegría, de encuentros con Jesús Resucitado que a la vez nos va resucitando a nosotros”.

Estamos muy acostumbrados a celebrar un “Via Crucis”, que no está mal, al contrario, pero debemos dar el salto hacia la culminación de la misión de Jesús: su resurrección y la nuestra. El Misterio Pascual es el centro de la vida de Cristo, y este misterio pascual se compone de dos momentos fundamentales, la muerte y la resurrección. Después del Concilio Vaticano II se vuelve a redescubrir esta segunda dimensión del Misterio Pascual: el “Vial Lucis”, un camino de luz y gozo.

En la época actual, más que en ningún otro momento, se hace necesario celebrar esos acontecimientos de salvación. La Semana Santa y la Pascua no deben ser sólo unas fiestas en el calendario, sino que deben impregnar la vida del cristiano, darle un nuevo estilo de vida: resucitarlos y resucitarnos.

Los sucesos que meditamos en el “Via Crucis”, en catorce estaciones, terminan en el sepulcro. Está bien celebrarlos antes de la hermosa Vigilia Pascual, pero suele dejarnos una sensación de fracaso, igual que los que volvieron a la aldea de Emaús. Por ello es necesario devolver la esperanza a los suyos y a nosotros; por eso se producen esas manifestaciones de Cristo resucitado: el “Via Lucis”, como camino de luz en torno a Cristo y gracias a Cristo,  —"Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"—.

La segunda parte del Misterio Pascual comienza en la madrugada del Sábado Santo —”Pasado el sábado, al clarear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro” y culmina en Pentecostés, en el cenáculo, con la efusión del Espíritu Santo. Es el tiempo Pascual, 50 días de gloria y gozo.

El “Vía Lucis” ya no es un camino de Calvario, sino de luz y de alegría, la alegría que se vive con Cristo resucitado. Debemos reducir ese impreciso sentido trágico de la fe que tiene el “Via Crucis”, en donde se enfatiza el sufrimiento y el dolor. Reducir, no eliminar, porque para llegar a la resurrección es paso obligado pasar por la pasión. Ya en el Tabor, Jesús se lo anuncia a sus discípulos  —“El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará—. Son muchos los cristianos que se quedan sólo mirando la Cruz y olvidan que Jesús resucitó y sigue resucitado y muy presente en la Eucaristía y en el Sagrario.


Ya, en el año 2002, la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, estableció los Principios y Orientaciones para la celebración del “Via Lucis”. 

Recientemente, en diversos lugares, se está difundiendo un ejercicio de piedad denominado Vía lucis. En él, como sucede en el Vía Crucis, los fieles, recorriendo un camino, consideran las diversas apariciones en las que Jesús – desde la Resurrección a la Ascensión, con la perspectiva de la Parusía – manifestó su gloria a los discípulos, en espera del Espíritu prometido (cfr. Jn 14,26; 16,13-15; Lc 24,49), confortó su fe, culminó las enseñanzas sobre el Reino y determinó aún más la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia.

Mediante el ejercicio del Vía lucis los fieles recuerdan el acontecimiento central de la fe – la Resurrección de Cristo – y su condición de discípulos que en el Bautismo, sacramento pascual, han pasado de las tinieblas del pecado a la luz de la gracia (cfr. Col 1,13; Ef 5,8).

Durante siglos, el Vía Crucis ha mediado la participación de los fieles en el primer momento del evento pascual – la Pasión – y ha contribuido a fijar sus contenidos en la conciencia del pueblo. De modo análogo, en nuestros días, el Vía lucis, siempre que se realice con fidelidad al texto evangélico, puede ser un medio para que los fieles comprendan vitalmente el segundo momento de la Pascua del Señor: la Resurrección.

El Vía lucis, además, puede convertirse en una óptima pedagogía de la fe, porque, como se suele decir, "per crucem ad lucem". Con la metáfora del camino, el Vía lucis lleva desde la constatación de la realidad del dolor, que en plan de Dios no constituye el fin de la vida, a la esperanza de alcanzar la verdadera meta del hombre: la liberación, la alegría, la paz, que son valores esencialmente pascuales.

El Vía lucis, finalmente, en una sociedad que con frecuencia está marcada por la "cultura de la muerte", con sus expresiones de angustia y apatía, es un estímulo para establecer una "cultura de la vida", una cultura abierta a las expectativas de la esperanza y a las certezas de la fe".


El “Via Lucis” se realiza de forma similar al “Via Crucis”. Tiene catorce estaciones, con los relatos descritos en los pasajes bíblicos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, que van desde el sepulcro vacío, primer signo de la Pascua, hasta Pentecostés, su primer fruto. Así, como el “Via Crucis” se realiza acompañando a María, su madre Dolorosa, también, a lo largo del “Via Lucis”, acompañamos a María Clara-esperanza que, desde el Sábado Santo tenía la clara esperanza de las promesas de Dios.  En la web de la Fraternidad de Familias Invencibles podremos encontrar un modelo de "Via Lucis" celebrado un una parroquia.

La Iglesia ha formulado la antífona "Regina coeli laetate alleluia" (Alégrate, reina del cielo, aleluya),  versículo litúrgico que celebra y felicita a María por la resurrección de su Hijo. Entonemos este canto, en este tiempo pascual, con alegría. Aleluya.

José A. Sigler Bernal
Fraternidad de Familias Invencibles
www.familiasinvencibles-rcc.org

No hay comentarios:

Publicar un comentario