«No tengáis miedo», les dice el Ángel a las mujeres que llegan al despuntar el alba al sepulcro en el que han puesto, el viernes, a Jesús, para ungir su cuerpo. «No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí. ¡Ha resucitado! No busquéis entre los muertos al que vive». Éste es el gran anuncio para todos los hombres de todos los tiempos y lugares.
La fe en la resurrección de Jesús –no creada por el hombre ni fruto de su opinión interesada, sino expresión de la acogida de lo acaecido en medio nuestro–, es una declaración de la existencia real de Dios y de su creación, de aquel sí incondicionado del Señor frente a la creación, a la materia. La palabra de Dios alcanza efectivamente también el cuerpo. Su poder no se detiene frente a los límites de la materia. Abraza todo, lo abarca todo. (Por esta misma razón, nuestra fe ha de demostrar también que nuestra responsabilidad ante la Palabra de Dios ha de llegar hasta la materia, hasta el cuerpo, el cosmos mismo, la naturaleza creada; aquí mismo tenemos la prueba). En unión con toda la Iglesia, llenos de alegría y esperanza, repetimos y repetiremos estas palabras con particular emoción y estremecimiento, porque: «¡Es verdad, Cristo ha resucitado!». De esto damos testimonio. Después de morir, de quedar sepultado y de estar muerto, al tercer día, realmente, Jesús fue liberado de las cadenas de la muerte en su cuerpo y del sepulcro, y devuelto a la vida con su carne por el poder de Dios, su Padre, para no morir jamás. En Cristo, Dios, Vida y Amor han triunfado para siempre. La muerte, el pecado, el odio, la injusticia, la violencia... han quedado heridos de muerte de manera definitiva. Cristo ha resucitado y nosotros con Él, con Él nuestra humanidad, que es la suya, está para siempre con Dios, en Dios. Tal es la luminosa certeza que celebramos en la Pascua. Está llena de esperanza toda la historia de la humanidad, también la nuestra, la de cada uno de nosotros. En esta verdad, como sobre piedra angular, se asienta la fe de la Iglesia, nuestra esperanza y nuestra caridad. Aquí radica y nace la humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos, que viven, en esperanza, la vida nueva de la caridad y de la confianza sin condiciones en Dios que está con nosotros. Es la primera razón en la que descansa la vocación de los cristianos, animados de esperanza y guiados por la caridad, a edificar un mundo nuevo, unos cielos nuevos y una tierra nueva donde habite la justicia, donde los pobres sean evangelizados, donde se viva una nueva civilización del amor. Por ello, esta verdad donde está la real liberación, la libertad auténtica, no la podemos silenciar, porque es la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro, con la ayuda y gracia de Dios, y fundamentar su vida individual y social, hasta «cósmica»: el hombre puede vivir en la esperanza de la victoria de la vida, del bien, de la verdad, de la belleza, de la justicia, de la paz y del amor. Ésta es la gran verdad que todo hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y amar con toda la fuerza de su corazón, hecho para amar, sin reserva alguna. ¿Cómo no exultar de alegría y saltar de gozo por la victoria de la Vida sobre la muerte? ¿Dónde está nuestra esperanza, dónde está nuestra salvación? La salvación está en Dios, que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos. ¡Feliz Pascua a todos!
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