domingo, 10 de febrero de 2013

ARTE LITÚRGICO. PADRE RUPNIK.


Arte litúrgico
Según la antigua tradición cristiana, las paredes y el techo de la iglesia no sólo tienen la función de proteger contra el viento y la lluvia, sino que tienen un vínculo orgánico con el misterio que se celebra en ella. En la época moderna se ha perdido este significado. A menudo, en efecto, se crea un «envoltorio» y luego se empieza a pensar que podría ser una iglesia. En cambio, entre la comunidad cristiana -que celebra el misterio de la salvación y la soberanía de Dios- y las paredes, el edificio, el espacio en que se encuentra, tiene que haber una relación orgánica.
Las decoraciones en las paredes deberías ser tales que, cuando una persona entra en la iglesia, perciba que está en un espacio habitado, incluso cuando está vacío, porqué debería experimentar que entra en una comunión supratemporal, supraespacial, de que forma parte tras el bautismo.
Las dos dimensiones del arte litúrgico
El arte litúrgico es una parte integrante del espacio en el que se celebra la santa liturgia sagrada. No puede ser simplemente decoración, sino que es elemento constitutivo de la liturgia. Para ello hay que pensar en el espacio litúrgico como en una unidad orgánica de las artes. Todo arte debe tener su lugar en el conjunto de todas las artes, en relación con la liturgia que se celebra. La liturgia es una articulación de la vida interior y de la santidad de la Iglesia. Por eso, el edificio eclesial nunca puede ser pensado como algo estático, sino más bien como algo que se es vivificado, no simplemente vivo. Las artes expresan este dinamismo espiritual divino-humano, guiando a la Iglesia con todas las energías hacia el punto vivificante que es el amor trinitario que se nos ha comunicado en Cristo. La mente, la psique, los sentidos, todo está orientado por el arte hacia el punto focal es Cristo. El hombre que entra en la iglesia desde el mundo, desde el trabajo, desde las fatigas, desde las turbulencias de la historia, el hombre aplastado se recompone, se unifica, ayudado también por las artes que coralmente orienta hacia Cristo, más aún, dan testimonio de su presencia. Por esta razón hay que tener la valentía de superar la costumbre de usar el arte como decoración y más como «estatuilla», es decir, para llenar los espacios vacíos de la iglesia. Las paredes, los celebrantes y la asamblea, todo forma parte de un escenario espiritual único. Los elementos litúrgicos, las imágenes, los colores, el canto, el movimiento, todo debe hacerse de manera que la frontera entre el hoy y lo eterno, entre lo personal y lo comunitario, entre el sujeto y el objeto sea constantemente atravesado.
Debido a que nuestra cultura está ya configurada decididamente como una cultura de la imagen, del movimiento y del color, es indispensable que se recupere la sabiduría de la inculturación de la fe en el arte, para que la Iglesia, también hoy, se muestre como belleza que fascina y atrae. Florenskij decía que la verdad revelada es el amor y el amor realizado es la belleza. La belleza, entonces, es un mundo penetrado por el amor, es decir, por la comunión. Lo que es realmente bello es la Iglesia, porque es la comunión de las personas, la comunidad.
Los siglos pasados han estado marcados por la importancia del concepto y de la palabra, pero hoy en día la imagen es el elemento clave de la nueva era, y la liturgia es el ámbito por excelencia para descubrir la imagen, el color, el movimiento, el gesto, la materia, la luz, los perfumes, en sus significados más auténticos y más profundos.
En la liturgia, la Iglesia celebra a Cristo que se comunica como Señor y Salvador. La liturgia abre el misterio de Cristo en su verdad objetiva, es decir, más allá de nuestros gustos, sentimientos, estilos y percepciones. Al mismo tiempo, todo cristiano vive una relación personalísima con Cristo y lo acoge y se le confía de una manera totalmente única. Por esto, la liturgia está marcada también por la cultura del lugar, del tiempo, por gustos de las personas y por la percepción subjetiva.
Son dos elementos inseparables: el de la objetividad, que trasciende el tiempo y se hunde en la memoria y en la sabiduría de la Iglesia, en la Santa Tradición, y el de la subjetividad, totalmente nuestra, que pertenece al tiempo, al lugar donde el pueblo de Dios celebra al Señor y la propia salvación.
Estas dos dimensiones de la liturgia cristiana, que son inseparables, de alguna manera también deben constituir el arte para la liturgia. El arte litúrgico, para ser verdaderamente tal, tiene, pues, estas dos dimensiones inseparables, que son en sí constituyen a la liturgia como tal:
-una objetividad del misterio que estamos celebrando, es decir, la objetividad de Cristo como Salvador, nuestro Señor. Cuando, a través de la liturgia, la salvación se comunica a la comunidad que celebra, se trata ded una salvación, que objetivamente pertenece a Cristo, realizada objetivamente por Cristo, y por lo tanto se tata de una realidad, no sólo como yo la pienso, la siento y lo percibo. Esto significa beber en la memoria viva, la sabiduría de la Iglesia, en la Tradición, es decir en esta sabiduría espiritual, en Cristo mismo que a través de los siglos vive en su cuerpo, lque es la Iglesia;
- una dimensión cultual, donde el hombre es el sujeto que recibe, acepta, recibe, acoge y expresa también su agradecimiento a Dios, a Cristo, por la salvación. Es, entonces, una dimensión más subjetiva, más marcada por las coordenadas histórico-geográficas en las que se encuentra, sin dejar de reconocer que ninguna cultura puede identificarse completamente con la objetividad del misterio divino-humano que estamos celebrando. Estas dos dimensiones, de hecho, son asumidas por lo que teológicamente puede significar la persona. La persona es una realidad que supera el binomio objetivo-subjetivo. La persona como realidad teológica, subraya la dimensión agápica que por un lado es totalmente personal, inconfundible, y por el otro se realiza en las relaciones libres que de alguna manera objetivan el amor mismo. De hecho, en la liturgia tiene lugar precisamente este misterio: de lo personal y lo comunitario.















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