Se habla de millones de enfermos en el mundo. Un día, sin lugar a la escapatoria, seremos contados en ese número. Para ese entonces reflexiona que, si la muerte es castigo del pecado, tiene otras proyecciones, que deberíamos dejar pasar por alto.
La enfermedad nos ilumina el misterio de nuestro futuro: Nos está recordando que somos de aquí y no somos de aquí; la enfermedad nos humilla, nos sitúa en la verdad de lo que somos y nos deja confiados en las manos de Dios.
¿Por qué con la salud habrá tanto ser altivo y opresor, cuando hemos de acabar como enfermos que imploran piedad y suscitan compasión? ¿Por qué tanto egoísmo y avaricia, cuando hemos de acabar entregados a los que caritativamente nos sostengan y ayuden hasta nuestro último momento?
La enfermedad, y os los digo con cierto grado de experiencia, nos acerca a Dios; es el único con quien nos vamos a quedar y de quien recibiremos para siempre amor y dicha.
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