martes, 5 de febrero de 2013

PARA MEDITAR.


El dolor como el amor necesita sus tiempos. La curación de un luto no se puede acelerar con recetas prefabricadas que sirven más al consolador, para superar su propia incomodidad con el silencio, que a la persona afligida. 
La medicina que sana el dolor es el amor, pero el amor a base de la presencia más que de prédicas, de escucha más que de palabras. 
La acogida genuina del que se encuentra en duelo da su consentimiento a la amargura y al llanto, deja espacio a los momentos de regresión y a los procesos, permite las preguntas y las peticiones de ayuda, cree en la acción misteriosa de la gracia de Dios en el dolor de los afligidos. 
Ser sensible al dolor del otro y escuchar puede contribuir a aliviar la tristeza. No lo conseguirán las frases hechas, que, a menudo, turban y desconciertan al que está de luto. En el dolor la esperanza se abre camino lentamente. 
El acercamiento (con hechos y palabras) al que está herido debe ser con discreción, de puntillas y cargado de afecto, de manera que pueda servir de consuelo a quien sufre. 

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