NVÍO
RAFAEL / SÁNCHEZ SAUS | ACTUALIZADO 23.01.2014 - 01:00
El paraíso de las autonomías
EL índice de increencia y falta de fe de nuestros políticos guarda relación directa con la convicción de que difícilmente podría existir ninguna realidad natural o sobrenatural mejor que la del Estado de las Autonomías.
Si esa agudeza, que podría ser un escolio de Nicolás Gómez Dávila, les ha gustado tanto como a mí, sepan que se la deben a Miguel Ángel Loma, un buen amigo cuya pluma e ingenio podrían mantener columna diaria en cualquier periódico aunque él haya preferido siempre el fogonazo libérrimo de sus celebradas cartas al director. El paraíso de las autonomías es el cielo o su equivalente terrenal, en primer lugar, para esos diez mil aforados que a resguardo de la Justicia hacen de la española una democracia filibustera en donde más nos duele, la igualdad ante la ley, por la que aquí claman a diario los que más tendrían que callar. Pero es también la tierra prometida y hallada de esos otros muchos miles y cientos de miles que pululan alrededor del inmenso perol. Las autonomías son la piedra angular de la Constitución, el artefacto ideado para intentar cuadrar el círculo de la unidad de España, que pocos discutían en 1978, con las ansias nacionalistas que nunca se pensó en combatir, siempre contentar. Eso, y poco más, era el famoso consenso. Pero nadie podía prever, y menos que nadie los ingenieros del monstruo, como tantas veces ha llorado el entonces ministro y decisivo impulsor de la cosa Otero Novas, que se iba a producir la deriva insostenible que padecemos, tanto en lo económico como en lo institucional. Ese gran catedrático de Derecho Constitucional que es José Luis García Ruiz explicó en una memorable lección inaugural de curso en la Universidad de Cádiz cómo se ha ido produciendo el funesto deslizamiento con la connivencia interesada de todos los poderes del Estado.
Es sintomático que ninguno de los partidos instalados desde la Transición y muñidores del consenso se planteen alterar lo más mínimo el marasmo autonómico, a pesar del creciente clamor de la ciudadanía, como no sea para profundizarlo. Sólo UPyD desde la izquierda y el novicio Vox desde la derecha no vergonzante se atreven a plantear la única reforma posible, la de la recuperación del sentido y de los poderes del Estado que da forma a la nación. Aunque sólo fuera por ello, bienvenido sea Vox ahora como lo fue UPyD hace unos años.
Si esa agudeza, que podría ser un escolio de Nicolás Gómez Dávila, les ha gustado tanto como a mí, sepan que se la deben a Miguel Ángel Loma, un buen amigo cuya pluma e ingenio podrían mantener columna diaria en cualquier periódico aunque él haya preferido siempre el fogonazo libérrimo de sus celebradas cartas al director. El paraíso de las autonomías es el cielo o su equivalente terrenal, en primer lugar, para esos diez mil aforados que a resguardo de la Justicia hacen de la española una democracia filibustera en donde más nos duele, la igualdad ante la ley, por la que aquí claman a diario los que más tendrían que callar. Pero es también la tierra prometida y hallada de esos otros muchos miles y cientos de miles que pululan alrededor del inmenso perol. Las autonomías son la piedra angular de la Constitución, el artefacto ideado para intentar cuadrar el círculo de la unidad de España, que pocos discutían en 1978, con las ansias nacionalistas que nunca se pensó en combatir, siempre contentar. Eso, y poco más, era el famoso consenso. Pero nadie podía prever, y menos que nadie los ingenieros del monstruo, como tantas veces ha llorado el entonces ministro y decisivo impulsor de la cosa Otero Novas, que se iba a producir la deriva insostenible que padecemos, tanto en lo económico como en lo institucional. Ese gran catedrático de Derecho Constitucional que es José Luis García Ruiz explicó en una memorable lección inaugural de curso en la Universidad de Cádiz cómo se ha ido produciendo el funesto deslizamiento con la connivencia interesada de todos los poderes del Estado.
Es sintomático que ninguno de los partidos instalados desde la Transición y muñidores del consenso se planteen alterar lo más mínimo el marasmo autonómico, a pesar del creciente clamor de la ciudadanía, como no sea para profundizarlo. Sólo UPyD desde la izquierda y el novicio Vox desde la derecha no vergonzante se atreven a plantear la única reforma posible, la de la recuperación del sentido y de los poderes del Estado que da forma a la nación. Aunque sólo fuera por ello, bienvenido sea Vox ahora como lo fue UPyD hace unos años.
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