Más que un amigo, Iqbal Masih fue para él un hijo. Incluso apuntaba formas de sucesor. Tras escapar del taller textil al que había sido vendido por su familia para hacer frente a deudas imposibles, el chico se reveló como un auténtico líder nacional por la liberación de otros muchachos, muchos cristianos.
«Mi lucha es por todos los niños. No nos importa si son musulmanes o cristianos. Pero los cristianos en Pakistán están peor considerados que la casta más baja, y constituyen alrededor del 85 % de la mano de obra esclava en la industria del ladrillo», explicaba a Alfa y Omega Ullah Khan durante una reciente visita a Santiago de Compostela, invitado por el partido Solidaridad y Autogestión Internacionalista (SAIn). Por Iqbal y por todos esos niños cristianos esclavos, lleva siempre prendido un rosario, como recordatorio de que existen cuatro tipos de personas: «los que se sacrifican hasta la entrega de su vida, como Jesucristo; los que tienen dos caras, como Judas; los que se comprometen cuando las cosas van bien, pero titubean cuando vienen malos tiempos; y los que solo se comprometen si pueden obtener ventajas».
En el primer grupo sitúa al Papa, a quien agradece su próxima visita «a los musulmanes en Egipto, un país con una historia de esclavos, en el que Moisés dijo al faraón aquello de “deja ir a mi pueblo”». Francisco está dando «un gran paso», asegura, al promover «el diálogo y crear solidaridad» entre las distintas religiones.
Ullah Khan, mientras tanto, sigue desde Suecia la lucha por la liberación de los esclavos. Galicia es para él un punto de referencia. En primer lugar, porque el Movimiento Cultural Cristiano promovió en la capital gallega una plaza en memoria de Iqbal, un recordatorio también de la explotación laboral que, según Unicef, sufren unos 160 millones de menores en el mundo. Otro motivo de sus frecuentes visitas a Galicia es que ahí está la sede de Inditex, una de las multinacionales que monitoriza el BLLF, junto a otras como H&M, Mango, GAP, Coca Cola o Nestlé, a las que acusa de «producir en muy malas condiciones de trabajo» en el Tercer Mundo.
Ese tipo de batallas, según el pakistaní Ehsan Ullah Khan, pueden ser una magnífica plataforma para el diálogo interreligioso. «En nuestra organización –asegura–, musulmanes y cristianos comen del mismo plato y beben del mismo vaso».
Ricardo Benjumea
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