Desde
que mi buen amigo y hermano en la fe Jesús Rodríguez Arias me diera esta
bellísima oportunidad de poderles transmitir cada semana, a través de su
prestigioso blog católico ‘Sed Valientes’, mis humildes vivencias en torno a
Jesús Sacramentado a través de unas sencillas líneas, siempre he tratado de
exaltar las maravillas de Aquel que habita en el sagrario durante todos los
días del año. Y es que el Santísimo, con su grandiosidad, su inmensidad y su
majestuosidad, está por encima de todo y de todos.
En
definitiva, la Iglesia, como doctrina de fe, como comunidad universal de
creyentes en Cristo y María congregados en virtud del bautismo, es un signo
inmaterial inalienable que no se puede enajenar al antojo de cualquiera.
¿Y
por qué les digo todo esto?
Pues
bien, durante mi vida religiosa, al igual que puede ocurrir en cualquier ámbito
de nuestra existencia, como puede ser la enseñanza, la política, las relaciones
laborales, la propia amistad o la fraternidad, he tenido la suerte de
encontrarme en el camino con buenos pastores que han sabido conducir por el
buen camino a su rebaño, no sólo mostrando el sendero adecuado, sino dejando
que sus ovejas le ofrezcan ayuda en momentos difíciles en los que la piara tiende
su mano para ayudar en lo que fuera necesario a tan sabio pastor.
Pero
en esta vida, por desgracia también llena de ingratos y desleales, donde la
palabra muere al salir de la boca y donde la falacia está a la orden del día,
topamos o, mejor dicho, creemos que topamos con el mejor de los pastores, ese
que nos guía por la mejor vereda, nos aconseja, nos escucha o nos demanda una
ayuda incondicional siempre para mayor gloria de Dios.
Y
así será. El rebaño se pondrá a la entera disposición de su pastor. Trabajará
duro y desinteresadamente, moverá cielo y tierra por engrandecer esa divina
encomienda solicitada y...
...
Cuando la labor ya está realizada, cuando todo se ha hecho para mayor gloria
del que está por encima de todo y de todos, resulta que el buen pastor se
convierte en cazador furtivo al haber engañado y pisoteado a su rebaño,
dejándose convencer por tres o cuatro ovejas negras que salpican la armonia de
este redil.
Así
es, como lo oyen. Ese divino encargo, con horas y horas de esfuerzo y tesón,
rehusado por temor a los mordiscos infecciosos de esas viejas ovejas negras que
el pastor, acobardado, no ha sabido o, directamente, le ha sido más cómodo no repeler.
Pero
el buen rebaño, ese exento de reses podridas de alma y espíritu, aunque conviva
con ellas en el mismo redil, sabe que fuera de ese corral se encuentra la
inmensidad y la grandiosidad del campo, sin vallado ni coto alguno. Esa
infinidad que está por encima de todo y por la que las horas y horas de
constancia y tenacidad en pos de su divina majestuosidad tienen como resultado
una grata recompensa espiritual.
Por
desgracia, en esta vida, en muchos de los casos, es más sencillo ser cazador
furtivo de un gran rebaño, disparando la escopeta a traición, que tratar de ser
un buen pastor de la muchedumbre, sabiendo domar y haciéndose respetar por esas
ovejas negras, tal y como hizo Jesucristo cuando expulsó a los mercaderes que
usurparon el templo que, según el Libro de Isaías, es‘... casa de oración para todas las naciones’.
Pero,
a pesar de todo, el gran rebaño seguirá cuidando y trabajando por y para el
campo, por supuesto sin ese vil pastor que se dedica a incrustar plomillos en
las espaldas, pero con la fe y la esperanza de la pronta llegada de un nuevo ovejero
que encamine el rumbo correcto de un aprisco que por siempre, por encima de
pastores mezquinos e infames, luchará y bregará con un objetivo claro:
Trabajar
por y para mayor gloria de Dios y de su Madre la Virgen María. En definitiva,
por y para la Santa Madre Iglesia, ese ente inmaterial inabarcable que está por
encima de todo y, por supuesto, de todos.
Alabado
sea Jesús Sacramentado.
Beltrán Castell López.

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