El Día de Todos los Santos y
el de los Difuntos abren el mes de noviembre, que es casi siempre muy tristón
debido a que recordamos a los que ya no están con nosotros. En este mes,
nuestras hermandades y cofradías, así como diversas instituciones eclesiásticas
y civiles, celebran actividades a lo largo de los treinta días.
Días de enlucir los
cementerios, exornar con flores las tumbas y nichos de nuestros seres queridos
que partieron en su día camino de la eternidad. ¿Cómo pensamos que es la Vida
tras la muerte? Esa pregunta nos la hemos hecho todos y a lo sumo somos capaces
de respondernos utilizando la imaginación.
Para los incrédulos, ateos y
agnósticos, que no creen en Dios, algunos se niegan; la vida concluye cuando
uno muere. ¡Qué tristeza! Porque la existencia que tiene momentos felices es en
su mayoría un valle de lágrimas. Si fuera verdad que tras la muerte no hay
absolutamente nada, la esperanza como tal se diluye como un azucarillo en un
vaso de agua.
En mi vida tengo pocas
certezas y entre ellas está que sé por experiencia propia que Dios existe y que
también hay Vida tras la muerte. Algunos me llamaréis loco; os respeto porque
en verdad vuestra profundidad espiritual tiene el tamaño de un pastillero de
bolsillo. Otros, en cambio, querrán creer con todas sus fuerzas en lo que he
escrito, y a los que no lo hagan, los dejo a su elección.
Por eso, valoro profundamente
la oración sincera, el recuerdo y el respeto que se manifiestan durante los
días uno, dos y sucesivos del mes de noviembre. Este año más, pues todos
tenemos en el pensamiento las víctimas mortales de las tragedias ferroviarias
de Urda y Adamuz.
Sinceramente, no soy de ir a
cementerios; eso sí, todos los días sin excepción rezo por el alma de los
difuntos, los olvidados, las benditas almas del purgatorio, los de nuestras
familias, así como los de la Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Local,
Fuerzas Armadas y Bomberos. La forma en que tengo de exornar las tumbas de mis
seres queridos es con flores de rezos y ofrecimientos.
Cuando hace unos años
pasábamos temporadas en Cantabria, íbamos a visitar los distintos pueblos y, al
lado de los templos, en su gran mayoría de estilo románico y prerrománico,
estaba el cementerio, algunos más abandonados que otros, con imponentes enterramientos
en el suelo con una antiquísima cruz.
Al principio me imponía, pero
hice una promesa: visitar todos los camposantos de los pueblos que visitáramos
y rezarles un Padrenuestro. Lo que al principio era un momento duro se
convirtió en una necesidad porque pienso que hay muchas almas que necesitan que
nos acordemos de ellas para así llegar a la plenitud de vivir para siempre al
lado de Dios.
Ojalá que alguien, cuando
cierre los ojos a este mundo y mis resquebrajados huesos, se hallen en una
tumba, reciba una sencilla oración por mi alma.

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