Y nueces, pipas, avellanas de
los toros, almendras, así como alguna fruta de temporada como las chirimoyas.
Así era el hogareño otoño en La Isla callejolera de mi niñez.
Pero sí había una jornada en
que esos manjares se volvían exquisiteces: era cuando todo San Fernando
celebraba el día de sus copatronos, San Servando y San Germán, que cada 23 de
octubre vestía a la ciudad de fiesta local.
Aún recuerdo cómo mi madre
revisaba nuestros atuendos antes de marchar a la ermita que existía en el Cerro
de los Mártires. Allí asistíamos a misa y, al terminar, formábamos un corrillo
para compartir un peculiar ágape; comenzábamos con unos bocadillos y
concluíamos con frutos secos.
En el mes de octubre de mi
infancia hacía un frío de pelar. Yo heredé de mi hermano mayor un abrigo de
paño azul de uno de mi abuelo Félix, que tanto mi madre como Tata convirtieron
primorosamente en uno más diminuto, guardando el resto para utilizarlo en otros
menesteres.
Aunque el otoño comenzaba a
finales de septiembre, su verdadera presencia se advertía en octubre. Más
adelante, en noviembre, el frío húmedo característico de una isla empezaba a
calar hasta los huesos.
Una semana más tarde llegarían
los Tosantos tanto en el Mercado Central como en San Antonio. Jalogüin por
aquel entonces era cosa de los yanquis o de países anglosajones.
Pasaron los años, los niños
nos hicimos mayores y los de mi generación transitamos la madurez de la mejor
manera posible, acercándonos sin remedio a eso que ahora llaman sexalencia.
Con este bagaje de vida,
defendemos con firmeza nuestras tradiciones locales. No obstante, a veces las
costumbres adoptadas ganan terreno mientras las verdaderamente nuestras van
cayendo en el olvido
El cambio de festividad del 23
de octubre al 24 de septiembre trastocó mucho el día de San Servando y San
Germán; aunque se celebre el primer domingo después de dicha jornada, ya para
nada es igual.
Y, por supuesto, el
decaimiento de los añorados Tosantos, el respeto de la visita al cementerio,
días grises de oración y recuerdos, que quedan manchados por la escenificación
de Jalogüin y cuanto significa. Como defensor de la vida, no puedo celebrar lo
más horripilante de lo que significa la muerte.
Por eso en estas fechas me
encierro en mis recuerdos, que son más plácidos y bonitos que mucho de lo que
se contempla en el presente.
Jesús Rodríguez Arias
* Fotografía de la Ermita del Cerro: Archivo Quijano

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