lunes, 19 de octubre de 2026

¡TOMA CASTAÑA!

 



Y nueces, pipas, avellanas de los toros, almendras, así como alguna fruta de temporada como las chirimoyas. Así era el hogareño otoño en La Isla callejolera de mi niñez.

Pero sí había una jornada en que esos manjares se volvían exquisiteces: era cuando todo San Fernando celebraba el día de sus copatronos, San Servando y San Germán, que cada 23 de octubre vestía a la ciudad de fiesta local.

Aún recuerdo cómo mi madre revisaba nuestros atuendos antes de marchar a la ermita que existía en el Cerro de los Mártires. Allí asistíamos a misa y, al terminar, formábamos un corrillo para compartir un peculiar ágape; comenzábamos con unos bocadillos y concluíamos con frutos secos.

En el mes de octubre de mi infancia hacía un frío de pelar. Yo heredé de mi hermano mayor un abrigo de paño azul de uno de mi abuelo Félix, que tanto mi madre como Tata convirtieron primorosamente en uno más diminuto, guardando el resto para utilizarlo en otros menesteres.

Aunque el otoño comenzaba a finales de septiembre, su verdadera presencia se advertía en octubre. Más adelante, en noviembre, el frío húmedo característico de una isla empezaba a calar hasta los huesos.

Una semana más tarde llegarían los Tosantos tanto en el Mercado Central como en San Antonio. Jalogüin por aquel entonces era cosa de los yanquis o de países anglosajones.

Pasaron los años, los niños nos hicimos mayores y los de mi generación transitamos la madurez de la mejor manera posible, acercándonos sin remedio a eso que ahora llaman sexalencia.

Con este bagaje de vida, defendemos con firmeza nuestras tradiciones locales. No obstante, a veces las costumbres adoptadas ganan terreno mientras las verdaderamente nuestras van cayendo en el olvido

El cambio de festividad del 23 de octubre al 24 de septiembre trastocó mucho el día de San Servando y San Germán; aunque se celebre el primer domingo después de dicha jornada, ya para nada es igual.

Y, por supuesto, el decaimiento de los añorados Tosantos, el respeto de la visita al cementerio, días grises de oración y recuerdos, que quedan manchados por la escenificación de Jalogüin y cuanto significa. Como defensor de la vida, no puedo celebrar lo más horripilante de lo que significa la muerte.

Por eso en estas fechas me encierro en mis recuerdos, que son más plácidos y bonitos que mucho de lo que se contempla en el presente.

Jesús Rodríguez Arias

* Fotografía de la Ermita del Cerro: Archivo Quijano

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