Vivimos en una sociedad donde
todo el mundo desprecia en un momento determinado a todo el mundo y así nos va.
La falta de empatía, de ponerse en la piel y los sentimientos de nuestros
semejantes, caminar con los zapatos de los que criticamos es fundamental para
cambiar la concepción del por qué de muchas cosas en la vida y comprender los
sentimientos y las razones de los demás.
Pero no esto no casa en una
sociedad viciada y emputecida donde todos nos creemos en posesión de la verdad,
todos tenemos suficiente autoridad moral no tanto para opinar sino para
criticar a quién tenemos enfrente sin la mínima pizca de consideración ni de
piedad.
Este desprecio es incluso más
duro cuando los que lo hacen son personas cercanas, inclusos esos que un día
fueron amigos y que demostraron con hechos más que con palabras que nunca lo
fueron. También en los lugares donde todo se vive todo a kilómetro cero esa
falta de aprecio, ese gélido silencio, el mirar para abajo cuando pasas por el
lado o entras, simplemente, en la consulta del médico, volver la mirada o
incluso pasar deprisa junto a ti cuando estás en Misa, que ya es por sí
chocante, hace que la persona “despreciada” cada vez crea menos en los demás,
así como que se encuentre más alejada de todo y de todos.
En esto del desprecio o de la
malsana indiferencia casi siempre hay mucha tela que cortar. Algunas veces son
por enfados, más o menos justificados, que cuando pasa el tiempo, que todo lo
diluye, las partes intentan lo imposible para que se haga la paz, otras son por
temas familiares, siempre complejos, o por herencias donde uno creía que le
correspondía más que al otro o viceversa. En ese sentido lo tuve claro pues
renuncié a la herencia que me correspondía cuando falleció mi madre y la verdad
que me quité de follones que al fin y al cabo no llegan a nada. Discrepancias
en el trabajo, en la asociación que sea, puntos de vistas diferentes en
cuestiones políticas, mil cosas que a la larga si existe interés por ambas
partes se llegan a solucionar.
Otras veces es cuando se
desprecia un espurio acto delictivo cuya gravedad traspasa la dignidad que
tiene el ser humano. Por ejemplo, en el ambiente carcelario los presos peor
vistos por sus compañeros de prisión o celda son justamente los que han actuado
contra las mujeres, niños, personas mayores.
Lo anormal, aunque también sucede, es que ese desprecio se vuelque contra las víctimas y sus familias cuando es otro el que ha cometido contra ellos un execrable delito destrozándoles la vida. Ese desprecio va arrasando con todo como la lava cuando un volcán entra en erupción. Claro este tipo de situaciones no se vive con la misma crudeza en una ciudad que en una localidad más pequeña donde casi todos los vecinos tienen lazos de sangre.
También hay gente buena que se
ponen al lado del que injustamente esta siendo despreciado ofreciéndole su
inestimable apoyo, ayuda y comprensión, aunque visto lo visto os puedo asegurar
que son la excepción que confirma la regla.
Con los años, con el camino de
la vida que paso a paso voy recorriendo, con las vivencias, con los
sufrimientos, que siempre enseñan, y con las alegrías también, soy de los que
pienso que es una imbecilidad despreciar y ser indiferente a nadie, salvo casos
de explícitos y voluntarios actos de maldad, porque al fin y al cabo el que es
despreciado no cabe duda que sufre pero el que así lo hace sentir se va
envenenando por dentro llegando a vivir con rencor que siempre es un mal
compañero de viaje ya que nada bueno acarrea.
Si existe alguna discrepancia
o desacuerdo no lo dejes morir en el tiempo, intenta solucionarlo cuanto antes,
por tú bien, por los de las otras personas, en definitiva, por todos los que te
rodean que también sufren y mucho con el maldito desprecio.
Despreciar al desprecio sería
una buena actitud ante la vida. ¿No crees?
Jesús Rodríguez Arias
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