miércoles, 1 de abril de 2020
MILES DE SACERDOTES ESTÁN DIFUNDIENDO SUS MISAS POR LAS RED: ESTOS SON 14 CONSEJOS PARA HACERLO MEJOR
La orden de confinamiento y el cierre de iglesias ha convertido a la red en un vehículo privilegiado de comunicación para los sacerdotes, no solo mediante charlas y mensajes, sino también con la emisión, en directo o grabándolos, de sus propios actos de culto.
Que esto implica riesgos lo sabe bien Don Paolo Longo, párroco de la iglesia de San Pedro y San Sebastián en Polla (Salerno, Campania), en el sur de Italia. Por descuido, difundió en streaming un via crucis en el templo dejando activados los filtros... con el resultado de una escena que queda así para el recuerdo simpático de esta trágica pandemia.
Más allá de este anecdótico caso, lo cierto, dicen los obispos italianos, es que vivimos un "tiempo de prueba" en el que los sacerdotes están "expresando en formas creativas una cercanía apostólica aún más necesaria" que en circunstancias normales.
La tecnología "permite llegar a muchos, si no a todos", y ésa es su ventaja. Pero "no conviene olvidar nunca que la Eucaristía es un gran don, el más precioso don" y por tanto "hay que cuidar su celebración". Por eso han difundido un elenco de consejos a los sacerdotes que graban y transmiten sus misas que valen también fuera del perímetro de la Bota.
1. Lugar sagrado
La celebración eucarística "debe tener lugar en un lugar sagrado, con la obligada atención a la preparación y a la correcta ejecución de los distintos ritos". Y añaden: "Nunca es respetuoso hacia el Misterio que se celebra, ni siquiera en situaciones como la actual, y sobre todo en una transmisión por televisión o por las redes, celebrar improvisadamente en un lugar cualquiera o de forma descuidada".
2. Preparar bien la Liturgia de la Palabra
Hay que preparar bien la Palabra proclamada (lecturas), comentada (homilía) y escuchada (oración de los fieles), porque eso "puede favorecer la oración común y compartida".
3. Que haya silencios
La Palabra de Dios no debe proclamarse de forma rápida, sino de forma "lenta y meditada", dejando "un espacio oportuno y necesarios para los silencios, que no deben ser demasiado largos, pero tampoco insignificantes".
4. Dignidad en la celebración
"Todas las formas rituales, verbales y no verbales, exigen preparación y dignidad en su ejecución": la proclamación de las oraciones, las vestiduras, los cantos, la utilización de los distintos espacios litúrgicos (presbiterio, ambón)...
5. Cuidado con las formas
Las palabras y los gestos tienen "elocuencia y eficacia", esto es, las "formas rituales" sirven para "dar forma cristiana" a la vida. Las "formas" no son solo "formalidades", sino que forman parte del Misterio. Hay que instruir a los fieles en una "presencia" -aunque sea a través de los medios y las redes- "que no excluya su propia participación corporal". Y ésta debe tener lugar mediante "expresiones que la participación física en la celebración" pide que sean vividas de forma "consciente, plena, activa y fructífera", siempre inseparable de la participación "interior y espiritual".
6. Siempre en directo
Los obispos italianos advierten contra "la proliferación de celebraciones grabadas": el "directo" favorece la participación, "que es mucho más que seguir la misa, verla o escucharla".
8. Abrir el plano
Es conveniente que el espectador tenga una visión amplia de la celebración. Como normalmente solo habrá una cámara -en la mayoría de los casos, un teléfono móvil celular-, es preferible, más que un primer plano, abrirlo a un campo amplio donde se vean el altar, el ambón y el celebrante, intentando crear una "dimensión de asamblea" que invite al espectador a participar.
9. Sonido directo
Si técnicamente es posible, es preferible el sonido directo al sonido ambiente, porque eso "ayuda a colmar la sensación de distancia que necesariamente se crea".
10. Decoro de la celebración
El "decoro de la celebración litúrgica" exige utilizar el misal y el leccionario, una buena iluminación del altar y del ambón, la presencia de velas encendidas sobre el altar, adornos florales "sobrios"....
11. Participar, más que "compartir"
Las redes viven de "compartir" contenidos, pero... ¡"asistimos a una celebración, no a un chat"! En un sentido litúrgico, compartir solo puede significar una adecuada disposición del cuerpo, las respuestas a las oraciones del sacerdote, una interorización activa... En una misa se comparte no de forma externa o descomprometida, sino en la expectativa de una "comunidad eucarística" mediante "la participación real, corporal, en la vida sacramental".
12. Olvida los like
"Dale al like", "Haz Me gusta", "Comenta", "Comparte"... son términos habituales en las redes, pero "casan poco con la transmisión de una celebración eucarística". Sin embargo, el sacerdote sí debe tener en cuenta que será evaluado: "No hay que ceder a virtuosismos inútiles ni a la búsqueda del consenso", pero sí es importante "transmitir proximidad" en un momento de "sufrimiento para todos".
13. La misa no es un hashtag
El hashtag es el instrumento identificador por excelencia en las redes para identificar y dar importancia a un determinado acontecimiento o a una idea particular. Pero en este caso, lo fundamental, que son "la celebración eucarística y la comunidad", no son etiquetas sociales más o menos superficiales, sino "exigencias primordiales que indican una pertenencia radical y, al mismo tiempo, radicada en la fe".
14. Piensa en tu target
Y esa fe define el target, término de marketing ya estandarizado para designar a las personas potencialmente interesadas en lo que se ofrece. Que forman, en el caso de una misa, una "comunidad" para cuya "esperanza cristiana" son "alimento necesario" la Eucaristía y la Palabra. Es "el hilo de la fe" el que está "siempre atado a la esperanza y a la caridad" para que ésta actúe "de forma silenciosa pero efectiva".
MENSAJE DEL PRELADO DEL OPUS DEI
A pocos días de la Semana Santa y en estos momentos de tanto sufrimiento, Mons. Fernando Ocáriz nos invita a mirar a Cristo en la Cruz que nos salva y es fuente de esperanza.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Se acerca ya el Triduo Pascual, unos días en los que la liturgia nos llevará a contemplar esos grandes misterios del amor de Dios por nosotros. En los actuales momentos de sufrimiento en todo el mundo debido a la pandemia, miremos mucho a Jesucristo Crucificado. Veamos en esa Santa Cruz, como nos lo hacía considerar el Papa el pasado 27 de marzo, el ancla de salvación que impide el naufragio. Desde allí Jesús ilumina el sentido del sufrimiento e incluso nos hace descubrir que, con su gracia, podemos no perder la alegría; es más, podemos muchas veces volver a recuperarla: Gaudium in Cruce!
En estos días estamos experimentando cómo la solidaridad humana, sobre todo cuando está informada por la caridad, se vuelca en generoso servicio a los demás: junto a la cama de un enfermo, en la caja de un supermercado, en el cuidado de la propia familia aislada tantas veces en escasos metros cuadrados... Recemos mucho por las personas que fallecen, por los enfermos –también fieles de la Obra– y por sus familias. Dirijamos al Señor nuestra oración agradecida por esas innumerables personas que continúan prestando esos y otros indispensables cuidados: son un testimonio de que el alma de la sociedad es el espíritu de servicio.
Que la ansiedad o el miedo no nos quiten la paz porque, como escribe san Pablo, ¡Cristo es nuestra paz! (cfr. Ef 2,14). En las circunstancias más o menos difíciles en que nos encontremos, pongamos nuestra confianza en el amor de Dios por cada uno: Él sabe más y no abandona a nadie. San Josemaría nos lo recuerda: «Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe y todo lo puede» (Carta 9-I-1959). Con esta seguridad puesta sobre todo en el Señor –y no solo en nuestras fuerzas– cada uno podrá aportar sus talentos para ayudar con alegría a los demás, que será siempre compatible con el sufrimiento y con las lágrimas.
Os invito a aprovechar las oportunidades que nos ofrece la tecnología para seguir los oficios de Semana Santa junto al Papa. Durante los próximos días os enviaré también, a través de la web, algunas consideraciones sobre estos misterios que celebraremos para, de esta manera, rezar juntos y estar más unidos.
Con todo cariño os bendice
vuestro Padre

Roma, 1 de abril de 2020
¿ERES DISCÍPULO DE JESÚS?
Doce características de los discípulos de Jesús: la primera es cosa de Él; la última, solo nuestra
Fuente: Religión en Libertad
Marcel LeJeune es el fundador y director de Catholic Missionary Disciples.
10. Los discípulos emplean tiempo con Jesús en la oración. Si hacemos lo que Jesús hizo, entonces necesitamos vivir en relación íntima con Dios. “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos»” (Lc 11, 1).
11. Los discípulos aman y sirven a Dios (y al prójimo). Piensa en las numerosas veces que los discípulos son llamados a servir. Jesús ordena a sus Doce que sirvan a la masa en la multiplicación de los panes y los peces, que sanen a los enfermos, que expulsen los demonios, etc. ¡La vida de un discípulo no va de uno mismo!
12. Los discípulos hacen otros discípulos. Por último, tenemos que hacer lo que Jesús hizo, lo que significa “hacer discípulos”. Fue su último mandato y el único del que no podemos evadir el cumplirlo personalmente.

Catholic Missionary Disciples [Discípulos Misioneros Católicos] es una iniciativa de formación de líderes católicos para la Nueva Evangelización, en la línea de trabajar el discipulado, esto es, la consolidación del cristiano como seguidor público de Cristo.
Actúa en Estados Unidos bajo la dirección de Marcel LeJeune, un laico casado y padre de cinco hijos con amplia experiencia en el ministerio cristiano universitario. Graduado en Teología Pastoral, ha trabajado durante años en la A&M University y la Tech University de Texas.
Marcel LeJeune es el fundador y director de Catholic Missionary Disciples.
Esta iniciativa cuenta con el respaldo de dos obispos, David Konderla, de Tulsa, y Michael J. Sis, de San Angelo, y trabaja en colaboración con otros proyectos católicos como LifeTeen, Focus on the Family o la Universidad franciscana de Steubenville.
En un reciente post, Catholic Missionary Disciples presenta doce características del discípulo de Jesús.
Las principales señales que distinguen a un discípulo de Jesús son, por supuesto, los sacramentos. Tres marcan de forma indeleble: el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. Están llamados a transformar enteramente nuestra vida.
Pero, además de los sacramentos, la vida de discipulado tiene otros distintivos que sirven para identificar a los seguidores de Cristo.
El principal de ellos es que el discípulo ha vivido con su Maestro (como un aprendiz) y ha convivido con Él, a sus pies, caminando con Él, y le ha visto vivir sus enseñanzas: Jesús es, ante todo, el Maestro con el que se convive, con quien se aprende, en quien los ojos están fijos para ver cómo hace las cosas.
Y eso se puede plasmar en estos doce puntos señalados por Catholic Missionary Disciples:
1. Los discípulos son llamados. Lucas 5, 1-11 ilustra esto perfectamente. ¡Dios siempre da el primer paso! Jesús se acercó a los pescadores y les invitó. Solo después de esta invitación al discipulado interviene nuestra decisión. Jesús nos ha llamado a cada uno de nosotros. El siguiente paso es…
2. Los discípulos responden conscientemente a la llamada de Jesús. ¡Una vez que somos llamados, un discípulo debe responder positivamente a la llamada! Si Pedro no hubiese abandonado sus redes y seguido a Jesús, no sería un discípulo. ¡No puedes seguir si no haces una opción! ¡El discipulado nunca es heredado ni accidental!
3. El discípulo ama. Ésta es la primera señal de un discípulo. El amor a Dios y el amor a los demás. Jesús dice que los demás sabrán que somos sus discípulos por nuestro amor al prójimo (Jn 13, 35).
4. Los discípulos dan fruto. De hecho, Jesús dice que dar fruto demuestra que eres su discípulo. “La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante, y así seréis mis discípulos” (Jn 15, 8).
5. Los discípulos son obedientes. Avanza un poco más en Juan 15 y encontrarás el versículo 14: “Sois mis amigos si hacéis lo que yo ordeno”. Atención: no podemos ser amigos íntimos de Jesús y ser desobedientes. Es imposible.
6. Los discípulos son enseñados. En las Escrituras encontramos constantemente a los discípulos de Jesús aprendiendo de Él. Ellos escuchan y luego aplican sus enseñanzas en su vida (o al menos lo intentan). Tenemos que seguir ese modelo. La vida de un discípulo cristiano es una vida de aprendizaje durante toda la vida.
7. Los discípulos siguen. La palabra “discípulo” significa “seguidor”. Nuestra vida de discipulado comienza siguiendo a Jesús. Debemos hacer lo que Él hizo. Amar como Él amó. Elegir lo que Él eligió. “Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce” (Lc 8, 1).
8. Los discípulos tienen su mirada puesta en el Cielo. Nuestra vida actual no es nuestro hogar definitivo. Hemos sido creados para vivir con Dios para siempre una felicidad eterna. Este hogar celestial lo determinan nuestras decisiones en esta vida. El premio del Cielo es un regalo en el que debemos tener puestos los ojos, para que no perdamos la perspectiva eterna de Dios.
9. Los discípulos cargan con cruces. El discipulado no es fácil. Jesús lo dijo así: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame” (Lc 9, 23). Nunca deberíamos olvidar que el sufrimiento es parte del discipulado. No se trata solamente de emociones para sentirse bien ni de pasar buenos ratos.
2. Los discípulos responden conscientemente a la llamada de Jesús. ¡Una vez que somos llamados, un discípulo debe responder positivamente a la llamada! Si Pedro no hubiese abandonado sus redes y seguido a Jesús, no sería un discípulo. ¡No puedes seguir si no haces una opción! ¡El discipulado nunca es heredado ni accidental!
3. El discípulo ama. Ésta es la primera señal de un discípulo. El amor a Dios y el amor a los demás. Jesús dice que los demás sabrán que somos sus discípulos por nuestro amor al prójimo (Jn 13, 35).
4. Los discípulos dan fruto. De hecho, Jesús dice que dar fruto demuestra que eres su discípulo. “La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante, y así seréis mis discípulos” (Jn 15, 8).
5. Los discípulos son obedientes. Avanza un poco más en Juan 15 y encontrarás el versículo 14: “Sois mis amigos si hacéis lo que yo ordeno”. Atención: no podemos ser amigos íntimos de Jesús y ser desobedientes. Es imposible.
6. Los discípulos son enseñados. En las Escrituras encontramos constantemente a los discípulos de Jesús aprendiendo de Él. Ellos escuchan y luego aplican sus enseñanzas en su vida (o al menos lo intentan). Tenemos que seguir ese modelo. La vida de un discípulo cristiano es una vida de aprendizaje durante toda la vida.
7. Los discípulos siguen. La palabra “discípulo” significa “seguidor”. Nuestra vida de discipulado comienza siguiendo a Jesús. Debemos hacer lo que Él hizo. Amar como Él amó. Elegir lo que Él eligió. “Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce” (Lc 8, 1).
8. Los discípulos tienen su mirada puesta en el Cielo. Nuestra vida actual no es nuestro hogar definitivo. Hemos sido creados para vivir con Dios para siempre una felicidad eterna. Este hogar celestial lo determinan nuestras decisiones en esta vida. El premio del Cielo es un regalo en el que debemos tener puestos los ojos, para que no perdamos la perspectiva eterna de Dios.
9. Los discípulos cargan con cruces. El discipulado no es fácil. Jesús lo dijo así: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame” (Lc 9, 23). Nunca deberíamos olvidar que el sufrimiento es parte del discipulado. No se trata solamente de emociones para sentirse bien ni de pasar buenos ratos.
10. Los discípulos emplean tiempo con Jesús en la oración. Si hacemos lo que Jesús hizo, entonces necesitamos vivir en relación íntima con Dios. “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos»” (Lc 11, 1).
11. Los discípulos aman y sirven a Dios (y al prójimo). Piensa en las numerosas veces que los discípulos son llamados a servir. Jesús ordena a sus Doce que sirvan a la masa en la multiplicación de los panes y los peces, que sanen a los enfermos, que expulsen los demonios, etc. ¡La vida de un discípulo no va de uno mismo!
12. Los discípulos hacen otros discípulos. Por último, tenemos que hacer lo que Jesús hizo, lo que significa “hacer discípulos”. Fue su último mandato y el único del que no podemos evadir el cumplirlo personalmente.
EVANGELIO DEL DÍA Y MEDITACIÓN
Primera lectura
Lectura de la profecía de Daniel 3, 14-20. 91-92. 95
En aquellos días, el rey Nabucodonosor dijo:
«¿Es cierto, Sidrac, Misac y Abdénago, que no teméis a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que he erigido? Mirad: si al oír tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, estáis dispuestos a postraros adorando la estatua que he hecho, hacedlo; pero, si no la adoráis, seréis arrojados inmediatamente al horno encendido, y ¿qué dios os librará de mis manos?».
Sidrac, Misac y Abdénago contestaron al rey Nabucodonosor:
«A eso no tenemos por qué responderte. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido».
Entonces Nabucodonosor, furioso contra Sidrac, Misac y Abdénago, y con el rostro desencajado por la rabia, mandó encender el horno siete veces más fuerte que de costumbre, y ordenó a sus soldados más robustos que atasen a Sidrac, Misac y Abdénago y los echasen en el horno encendido.
Entonces el rey Nabucodonosor se alarmó, se levantó y preguntó, estupefacto, a sus consejeros:
«¿No eran tres los hombres que atamos y echamos al horno?».
Le respondieron:
«Así es, majestad».
Preguntó:
«Entonces, ¿cómo es que veo cuatro hombres, sin atar, paseando por el fuego sin sufrir daño alguno? Y el cuarto parece un ser divino».
Nabucodonosor, entonces, dijo:
«Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos, que, confiando en él, desobedecieron el decreto real y entregaron sus cuerpos antes que venerar y adorar a otros dioses fuera del suyo».
Salmo
Dn 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56a R/. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso. R/.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R/.
Bendito eres sobre el trono de tu reino. R/.
Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas
los abismos. R/.
Bendito eres en la bóveda del cielo. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 31-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él:
«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
Le replicaron:
«Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?».
Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no cala en vosotros. Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre».
Ellos replicaron:
«Nuestro padre es Abrahán».
Jesús les dijo:
«Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán. Sin embargo, tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios; y eso no lo hizo Abrahán. Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre».
Le replicaron:
«Nosotros no somos hijos de prostitución; tenemos un solo padre: Dios».
Jesús les contestó:
«Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios, y he venido. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió».
Reflexión del Evangelio de hoy
Cantar y bendecir: una opción de vida
Misac, Sidrac y Abdénago eran tres hermanos que fueron obligados por el rey Nabucodonosor a que hicieran adoración a un becerro de oro. Los tres hermanos no acataron la orden real, y por negarse fueron echados al fuego para que perecieran.
Ellos ante su tormento optaron por cantar himnos y bendecir a Dios. Nabucodonosor los observa, y le parece que hay un ser misterioso con ellos de apariencia divina.
No sólo no sirvió de nada el castigo, sino que el mismo rey cae en la cuenta de la entereza de aquellos jóvenes ante la orden real, y bendice entonces al Dios de Israel: “Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos, que, confiando en él, desobedecieron el decreto real y entregaron sus cuerpos antes que venerar y adorar a otros dioses fuera del suyo”.
En ocasiones hay que decir no a los gobernantes, no todo lo que ellos erigen como decreto forma parte de la vida de Dios. No todo lo que ellos proponen con apariencia de obligatoriedad puede llamar a la justicia. EL Rey Nabucodonosor no sólo obligó a adorar un becerro de oro, un ídolo, sino que, ante la insumisión de los tres hermanos, atentó contra los hermanos queriendo quitarles la vida, arrojándolos al fuego.
Muchas veces hay que poner límites a los que nos gobiernan por atentar contra Dios, atentar contra los hombres y atentar contra la vida. Existen gobiernos que legislan en contra del desarrollo de su país, cuyos conciudadanos se encuentran pasando hambre y miseria. Nuestros gestos, nuestra palabra han de ser nítidos ante estas situaciones, donde la Iglesia debe alzar su voz profética. No cabe la indiferencia o la desidia ante estas situaciones, porque estaremos siendo cómplices con nuestro silencio.
Es una opción de vida la que los tres hermanos tomaron: Cantar y Bendecir frente al tormento. La situación nos puede resultar aterradora; sin embargo, ante el sufrimiento siempre queda una opción: la de cantar y bendecir a Dios. Es decir, dejarlo todo en sus manos, y esperar a que él actúe y nos dé una respuesta. Seguro que nos dará fuerzas para el camino.
Os he hablado de la verdad que le escuché a Dios
Jesús une la verdad de Dios con la auténtica libertad. “La verdad os hará libres”. No obstante, dejamos de ser libres si recaemos otra vez en el temor de la esclavitud. Si ejercemos el mal, si lo preferimos a él, con nuestras actitudes de rechazo a Dios.
El amor a Jesús es amor libre y configurado en el bien, porque viene de Dios. Jesús nos ofrece un camino de libertad, de liberación a través de la verdad de Dios, pero el rechazo nos hace nuevamente esclavos.
Muchas veces le preguntamos a Dios por nuestras desgracias, sin caer en la cuenta de que nuestro “rechazo a Dios” fue anterior a nuestra “queja por Dios” frente a la desgracia. Como dice el refrán: sólo nos acordamos de Dios cuando truena.
El rechazo a Dios nos vuelve esclavos del mal, de la ignorancia, y del egoísmo. No todo queda en un “YO”. Existe también un TÚ, pero ese TÚ lo reflejamos en proyecciones culpabilizadoras entre las que envolvemos a Dios, y a nuestros hermanos.
Cuando lo que ejerzo sobre mi hermano es violencia, ya muestro mi ausencia de libertad, porque la ira se ha empoderado de mi interior. La crítica feroz, obstinada, y constante contra mi hermano me introduce en una espiral de violencia, porque he dejado que se empodere de mi la visión negativa de la fraternidad: El otro no puede ser mi hermano.
Jesús es rechazado por que habla de la verdad que le ha escuchado a Dios, y se siente libre para indicar a los judíos que tratan de matarlo que Dios es su Padre, y le ama. Y frente a la libre hermosura de la ternura resulta el insulto: “nosotros no somos hijos de la prostitución”.
Pidamos para que desaparezca la violencia de nuestras calles, para que los jóvenes no rechacen a Jesucristo y lo comprendan como el eje más importante de su libertad.
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