Manuel Pizarro ha aceptado, a propuesta de Esperanza Aguirre, el cargo de fiscal anticorrupción del Partido Popular de Madrid. Manuel Pizarro es de Teruel. Supo defender a los accionistas de Endesa enfrentándose al primer Gobierno de Zapatero. En la Junta General alzó un ejemplar de la Constitución, y recibió el apoyo clamoroso de los verdaderos propietarios de Endesa. Un presidente no es el propietario, sino el responsable y principal administrador de los intereses, inversiones y ahorros de los accionistas. Resultó penosa, para el Partido Popular, su lejanía con Rajoy. Fue elegido diputado y lo acomodaron en un escaño sito en las alturas, en el gallinero parlamentario. Pizarro no pertenece a la casta, y la casta no perdona a los que de fuera vienen. En su debate con Solbes arrasó, a pesar de que fue considerado el derrotado. Todo lo que dijo aquel ministro fue mentira, y la mentira fácil siempre vence sobre la verdad difícil. Manuel Pizarro es, con toda seguridad, el poseedor de uno de los cerebros más brillantes de España, y sabe exponer sus ideas con meridiana claridad. Su honestidad está por encima de cualquier discrepancia ideológica, y vuelve al ruedo con un papel fundamental, exigido a gritos por la ciudadanía. Luchar contra la corrupción en su partido político más cercano en el ámbito de Madrid. Esperanza Aguirre, una vez más, ha acertado.
Una lástima que no se extienda su responsabilidad a otras autonomías. Y que otros partidos acuciados por sospechas de corrupción no copien la idea de Esperanza Aguirre. Nunca es tarde si la dicha es buena, y visto el panorama que nos rodea, sería necesario un Pizarro no sólo en una autonomía fuerte y poderosa como es la madrileña, sino en cada ayuntamiento o asociación vecinal. Centenares de miles de fiscales anticorrupción a cambio de decenas de miles de políticos corruptos, que no digo que sean todos, pero haberlos, haylos, como se ha demostrado sobradamente.
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