Ya
en las vísperas del cercano Domingo de Ramos, la actividad en el seno de las
hermandades y cofradías es frenética de cara a la próxima Semana Santa. Estos
días previos vienen cargados de cultos, conciertos de marchas procesionales,
presentaciones de carteles, pregones, conferencias, ensayos y montajes de los
pasos, repartos de papeletas de sitio, cabildos, etcétera. Dentro de esta
vorágine cofrade no pueden faltar los besamanos y besapiés, actos de devoción
popular en el que el pueblo se echa a las calles para venerar, durante todos
los domingos de Cuaresma, las sagradas imágenes titulares de las cofradías.
Podemos
contemplar de cerca impresionantes tallas cristíferas y marianas que, una vez
al año, bajan de sus altares y retablos para que sus pies y sus manos sean
besados por multitud de fieles y devotos.
Con
unos montajes extraordinarios y no con menos esfuerzo por parte de las
respectivas priostías y mayordomías, las sagradas imágenes quedan expuestas a
la veneración durante toda la jornada dominical, mientras un incesante ir y
venir de personas entran y salen de las muchas iglesias que para ese día tienen
convocadas estas solemnes ceremonias.
Observamos
y percibimos colas de fieles para contemplar la belleza de la imagen y besar
sus manos o sus pies, muchas fotografías para inmortalizar el momento,
comentarios hacia lo exquisito de tan ceremoniosa escenificación de flores y
cera que cobija a la imagen de Cristo y María, el sonido de las marchas
procesionales, nubes de incienso que embriagan el templo, tertulias entre cofrades,
familiares, amigos o conocidos sobre todo lo que está por venir en las próximas
fechas del calendario...
...
Y los sagrarios vacíos.
En
esta bendita Cuaresma he tenido la oportunidad de vivir en primera persona esta
reflexión que les expongo, y que ocurrió durante la celebración de un multitudinario
besapiés, en el que largas colas de fieles se iban formando en los aledaños del
templo y que, al pasar por delante de la capilla del sagrario antes de besar la
sagrada imagen, efectivamente, nadie adoraba al Santísimo. Ni tan quisiera
muchas personas realizaban un gesto de genuflexión ante el morador vivo del
templo.
Como
ya expuse semanas atrás, la veneración a las imágenes no debe estar ni muchos
menos reñida con la adoración a Dios. Es más, ese fervor debe ser complemento a
esta exaltación, ya que adoramos a Jesús en su presencia viva en el Santísimo
Sacramento del Altar a la vez que veneramos el rostro de Cristo y María a
través de una imagen devocional. Pero si somos cristianos creyentes, nuestra fe
verdadera habita en el tabernáculo, que es donde Dios está presente, ¿o ustedes
cuando van a visitar a un familiar o amigo a su casa, al entrar, contemplan y
saludan primero a su retrato antes que a su persona?
La
religiosidad popular, de la que yo me siento orgulloso de ser parte integrante
de la misma, cada vez deja más de lado esa otra religiosidad, la oficial, en la
que la presencia sagrada siempre ha de estar vigente.
Veneremos
a las imágenes, tengámoslas siempre presentes, llevémoslas cerca de nosotros,
pero nunca nos olvidemos de que todo esto jamás tendrá sentido si obviamos a
quien habita vivo en el sagrario, al que se hace presente en la Eucaristía, al
que da sentido a nuestras vidas, que no es otro que Cristo en el Santísimo
Sacramento del Altar.
Alabado
sea Jesús Sacramentado...
Beltrán Castell López

No hay comentarios:
Publicar un comentario