jueves, 19 de marzo de 2015

BESAMANOS Y BESAPIÉS: IGLESIAS LLENAS, SAGRARIOS VACÍOS.





Ya en las vísperas del cercano Domingo de Ramos, la actividad en el seno de las hermandades y cofradías es frenética de cara a la próxima Semana Santa. Estos días previos vienen cargados de cultos, conciertos de marchas procesionales, presentaciones de carteles, pregones, conferencias, ensayos y montajes de los pasos, repartos de papeletas de sitio, cabildos, etcétera. Dentro de esta vorágine cofrade no pueden faltar los besamanos y besapiés, actos de devoción popular en el que el pueblo se echa a las calles para venerar, durante todos los domingos de Cuaresma, las sagradas imágenes titulares de las cofradías.

Podemos contemplar de cerca impresionantes tallas cristíferas y marianas que, una vez al año, bajan de sus altares y retablos para que sus pies y sus manos sean besados por multitud de fieles y devotos.

Con unos montajes extraordinarios y no con menos esfuerzo por parte de las respectivas priostías y mayordomías, las sagradas imágenes quedan expuestas a la veneración durante toda la jornada dominical, mientras un incesante ir y venir de personas entran y salen de las muchas iglesias que para ese día tienen convocadas estas solemnes ceremonias.

Observamos y percibimos colas de fieles para contemplar la belleza de la imagen y besar sus manos o sus pies, muchas fotografías para inmortalizar el momento, comentarios hacia lo exquisito de tan ceremoniosa escenificación de flores y cera que cobija a la imagen de Cristo y María, el sonido de las marchas procesionales, nubes de incienso que embriagan el templo, tertulias entre cofrades, familiares, amigos o conocidos sobre todo lo que está por venir en las próximas fechas del calendario...

... Y los sagrarios vacíos.

En esta bendita Cuaresma he tenido la oportunidad de vivir en primera persona esta reflexión que les expongo, y que ocurrió durante la celebración de un multitudinario besapiés, en el que largas colas de fieles se iban formando en los aledaños del templo y que, al pasar por delante de la capilla del sagrario antes de besar la sagrada imagen, efectivamente, nadie adoraba al Santísimo. Ni tan quisiera muchas personas realizaban un gesto de genuflexión ante el morador vivo del templo.

Como ya expuse semanas atrás, la veneración a las imágenes no debe estar ni muchos menos reñida con la adoración a Dios. Es más, ese fervor debe ser complemento a esta exaltación, ya que adoramos a Jesús en su presencia viva en el Santísimo Sacramento del Altar a la vez que veneramos el rostro de Cristo y María a través de una imagen devocional. Pero si somos cristianos creyentes, nuestra fe verdadera habita en el tabernáculo, que es donde Dios está presente, ¿o ustedes cuando van a visitar a un familiar o amigo a su casa, al entrar, contemplan y saludan primero a su retrato antes que a su persona?

La religiosidad popular, de la que yo me siento orgulloso de ser parte integrante de la misma, cada vez deja más de lado esa otra religiosidad, la oficial, en la que la presencia sagrada siempre ha de estar vigente.

Veneremos a las imágenes, tengámoslas siempre presentes, llevémoslas cerca de nosotros, pero nunca nos olvidemos de que todo esto jamás tendrá sentido si obviamos a quien habita vivo en el sagrario, al que se hace presente en la Eucaristía, al que da sentido a nuestras vidas, que no es otro que Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar.



Alabado sea Jesús Sacramentado...


Beltrán Castell López

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