jueves, 18 de mayo de 2017

VIL Y SINIESTRO; POR RAFAEL SÁNCHEZ SAUS


Diario de Cádiz
El emir "ordenó la exhumación de los restos de Umar ibn Hafsun y los de su hijo Ja'far con el propósito de asegurarse si los habían enterrado como cristianos y al mismo tiempo darse cuenta si la conversión de estos insurrectos al cristianismo había sido sincera… El emir dio orden de conducir los restos… con el propósito de crucificarlos en la puerta de Azuda". Esto nos cuenta Ibn Hayyan, el mejor cronista del califato cordobés, del trato otorgado por Abd al-Rahman III a los despojos del gran enemigo de su dinastía, el rebelde muladí, retornado a la fe cristiana, Umar ibn Hafsun, quien durante cuarenta años fuera la pesadilla de los Omeya desde sus amplias posesiones en las serranías andaluzas. Ya en Córdoba, el cadáver, cosido y transformado en muñeco macabro, fue expuesto durante años, en una cruz, hasta que una avenida del Guadalquivir lo arrastró.
El lector avisado no necesita que le explique mi interés actual por este pasaje tan de nuestra historia. Una civilización refinada, un personaje de primer nivel, se ven enfangados para siempre por un episodio que tuvo entonces un sentido propagandístico y de feroz venganza póstuma. Un poeta cortesano llevó su adulación al emir, luego califa, a unos versos de salvaje deleite: "Reposaba en tierra, ya cadáver,/ mas le fue devuelto el cuerpo, suturado,/ para subir al madero, al aire colgado, /como queriendo errar entre las estrellas./ Bendito sea quien lo mostró en alto a los hombres/ y metió su espíritu en el fondo del infierno. La poesía, lo sabemos bien, puede ponerse al servicio del odio político o religioso y no siempre pierde por ello su grandeza, pero cuando exalta la profanación de un cadáver, hasta ella se transforma en barbarie repugnante. En esto sí hay acuerdo universal: quien se hunde en el rencor hasta el punto de no respetar el reposo de los muertos penetra el último grado de la infamia.
Estos episodios de exhumaciones sectarias son, por fortuna, escasos en la historia y juzgados siempre con dureza que el tiempo no mitiga. Arrojan una sombra de vergüenza perenne sobre quienes los ejecutan, quienes no borran, perpetúan la memoria de su enemigo. Carlos V, por ejemplo, se negó a profanar los restos de Lutero, como algunos querían. En su horrible mausoleo sigue la momia de Lenin en plena Plaza Roja y no en un paraje aislado. Piensen los impíos que pronto también ellos morirán.

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