martes, 16 de mayo de 2017

PIPÍS DE COLORES; POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ


Diario de Cádiz
Las redes sociales han echado humo con el algodón dulce que hacía orinar rojo sangre a las inocentes criaturas. Muchos niños han tenido que acudir a Urgencias porque en la feria de Jerez habían tomado la tradicional chuchería y, al día siguiente, habían dado un susto de muerte a sus padres. Tras los análisis, el SAS ha dictaminado que es un efecto inocuo, provocado por un colorante de remolacha, que, encima, es natural. Me alegro por los niños, por las madres y por los señores que venden el algodón dulce, cuyo negocio ha estado a un tris de hundirse, y que aún sufrirán la resaca de la alarma. Se verán menos nubes rosas en la feria.
He regresado a la primera vez que, con once o doce años, salí solo de casa. Fui a un campamento en la Sierra de Cazorla. Llegamos por al mediodía y esa noche nos explicaron que los pinos tenían una terrible epidemia que se contagiaba a quien orinase sobre ellos y cuyo primer síntoma, entre muchos gravísimos, era que la orina se volvía azul. Siempre había un tonto del bote, gritaron, que, a pesar de la advertencia, iba y lo hacía en un pino. Mi angustia no tuvo límites. Soy jerárquico desde niño, y hubiese buscado los quejigos o los lentiscos que hiciesen falta, pero el problema es que ya había ido al baño en un pino. Crucé los dedos.
Al día siguiente mi orina era cian. Uf. Tal vez fuese una infección leve y opté por sufrir en silencio. En la siguiente ocasión, el celeste se había vuelto verdoso, recordándome los puñeteros pinos. Fui perdiendo toda esperanza. A la mañana siguiente, era ultramarino. Por la tarde, añil. Acudí cabizbajo al médico, que me calzó una bronca grandísima, me arrojó unas pastillas y se encomendó al cielo para que pudiésemos salvar mi vida. No resultó un campamento muy entretenido.
En la despedida nos explicaron que había sido una broma para que aprendiésemos a respetar la cadena de mando y para que usásemos los servicios y no fuésemos pringando la Sierra de Cazorla. Habían echado algo en el agua o en la comida. Ah. No me resentí por la burla. Sólo tuve un melancólico pensamiento estético: lamenté con intensidad no haber podido disfrutar de los arcoíris de irisados azules de mi orina. Siempre he añorado aquel efecto sin aquella angustia. De hecho, se me está ocurriendo una idea. Si ven en la feria a un tipo con gafas tomándose muy serio sin ninguna delectación una nube de algodón rosa, no tengan dudas: seré yo.

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