Debo señalar que rara vez he publicado un artículo en este blog que a su vez haya visto la luz en los medios donde colaboro: SAN FERNANDO COFRADE semanalmente e INFORMACIÓN de forma mensual aunque visto el interés que ha despertado el mismo porque es un tema que toca una situación que se vive en la actualidad y que son muchos los que piensan de la misma manera que yo opino aunque no lo digan de forma pública y notoria como es mi caso porque no lo ven necesario o porque no disponen los medios que gracias a Dios yo si dispongo.
Haciendo una excepción que confirma la regla publico este artículo por petición de muchos a los que agradezco su apoyo constante y su lealtad así como a mi director de SFC, y buen hermano, José Carlos Fernández Moscoso y también a Pepe Moreno Fraile de INFORMACIÓN por el apoyo a todo cuanto escribo. ¡¡Gracias!!
Un fraternal abrazo.
LA
CONVENIENCIA DE LOS RECONOCIMIENTOS
Es este artículo un artículo de opinión en el sentido más
amplio y literal del término porque es precisamente mi desnuda opinión la que
voy a exponer en mi tribuna semanal de SAN FERNANDO COFRADE así como la mensual en INFORMACIÓN.
Llevamos un tiempo para acá, años diría yo, que
preferimos que a nuestros actos e incluso cultos asistan el alcalde, miembros
de la corporación municipal y así como alguna otra dignidad que los miembros de
la Curia. Parece que un acto se enaltece más si hacen su aparición las
dignidades civiles antes que las eclesiásticas y así poco a poco vamos
perdiendo el sentido eminentemente religioso por mor de una relevancia social
que no puede dar la Iglesia como tal y si el poder civil.
Cuando cualquier Hermandad organiza su calendario de
actos culturales-formativos o cultuales siempre se les envía carta con
invitación a todos sus hermanos, personas cercanas y autoridades civiles porque
entra dentro del normal protocolo oficial de la buena y correcta educación.
Esta invitación puede ser aceptada, con la presencia de la persona o autoridad
en cuestión, o no por medio de una
atenta carta disculpando su inasistencia que también forma parte de la correcta
y elegante comunicación por vía epistolar.
¡Cuidado que hay reservar ese primer banco para las
autoridades que vengan!
Este comentario no es invención mía ni mucho menos una
exageración sino una realidad pública, notoria, palpable y además lo digo con
cierta experiencia de causa porque he sido miembro de Junta de Gobierno durante
doce años ininterrumpidos y los últimos como secretario hasta que en 2010 dejé
mis responsabilidades.
¡No hay mayor sensación de agrado cuando antes de entrar
en procesión el sacerdote que preside la celebración así como los hermanos en
el sacerdocio que puedan concelebrar con él lo hace el alcalde, concejales u
otra digna autoridad!
En muchas ocasiones parece que un acto está huérfano si
no copreside o asiste la autoridad turno.
Con este entreguísmo hacia el poder civil y a los
partidos que suelen sustentar los mismos no nos ha de extrañar cuando en los
boletines de nuestras Hermandades y Cofradías aparecen anuncios de
organizaciones políticas algunas de ellas muy beligerantes con la Iglesia y con
los principios irrenunciables que debe regir la participación de los católicos
en la vida pública como puede ser el sagrado derecho a la Vida y para los que
vemos todo desde una perspectiva más eclesial nos choca tanto.
Los partidos políticos están verdaderamente contentos con
esta disposición de nuestras corporaciones nazarenas e instituciones parejas
porque ellos con sus “treinta monedas” piensan que pueden comprar voluntades en
un campo que era verdaderamente inaccesible hace tan solo poco más de una
década.
Son muchos los que solicitan títulos, reconocimientos y
encomiendas de carácter civil que en su mayoría se ven concedidas para mayor
gloria de quien lo da y lo recibe. No digo que esto esté bien o mal sino que
como está la sociedad hoy en día, el clamoroso alejamiento de nuestros
gobernantes de la realidad social y sobre todo religiosa cuando
sistemáticamente, con sus políticas y hechos, quieren apartar la fe de la
esfera pública, suprimiendo paulatinamente los símbolos religiosos de los
espacios públicos, ir dejando sin sentido ni contenido la asignatura de
religión católica de las políticas educativas que se van sucediendo,
persiguiendo de una u otra manera quien manifieste con su opinión o sus hechos
la defensa de las creencias, de la fe, de Dios en cuanto significa, de la Vida
desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, de ejecutar
políticas que atenten un día sí y otro también contra la dignidad
inconmensurable del ser humano como tal.
Cuando caemos en las manos de los poderes públicos, a las
que estamos sometidos por los reconocimientos y prebendas obtenidas, habremos
vendido nuestra Libertad para anunciar la Verdad que es el Mensaje de Cristo a
toda la humanidad por más hiriente o inquietante que pueda ser para los que
están apoltronados en los regios sillones del poder.
Creo que una Hermandad, una Institución de la Santa Madre
Iglesia no es más importante, ni más digna e ilustre por más títulos,
reconocimientos o medallas que ostenten y sean concedidos por el gobierno de
turno del pueblo o la ciudad, de la provincia, región o nación.
Una institución eclesial no puede parecerse o asemejarse
a un suflé, muy bello y apetitoso por fuera y vacío por dentro, o un bombón con
un envoltorio muy bonito, brillante y un contenido rancio y caduco.
Una institución eclesial, llámese hermandad, cofradía o
lo que sea, debe fiel propagadora de la fe y de la Iglesia por medio de un
apostolado coherente entre lo que se dice, se piensa y se hace, con un
compromiso valiente de ser verdaderos evangelizadores llevando primero a su
vida personal y después a la corporativa los mandatos que le son inherentes a
todos los bautizados.
A lo mejor es hora de volver a nuestros orígenes y hacer
verdaderamente Hermandad, con mayúscula, centrándonos en dar culto a nuestros
Amantísimos Titulares y ofreciendo una intensa formación religiosa, litúrgica y
espiritual a nuestros Hermanos a los que debemos dar su sitio en la Cofradía
como el mejor y mayor patrimonio inmaterial que podemos tener y ayudarlos, del
modo o manera que sea, ante las situaciones de dificultad que puedan atravesar
por las penurias económicas que han sobrellevado esta espantosa crisis.
A lo mejor es hora de olvidarse de tantos títulos,
medallas, bastones, llaves y demás reconocimientos dados por el poder político
y centrarnos de una vez por todas en la importante tarea apostólica que tenemos
encomendada porque al final, nunca lo olvidemos, seremos juzgados por el bien y
el amor depositado en nuestros hermanos y no por cuantas medallas o títulos
podamos ostentar.
¡A DIOS lo que es de DIOS y al César lo que es del César!
Recibe, mi querido hermano, un fuerte abrazo y que Dios
te bendiga.
Jesús Rodríguez Arias
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