miércoles, 10 de diciembre de 2014

* LA CONVENIENCIA DE LOS RECONOCIMIENTOS.



Debo señalar que rara vez he publicado un artículo en este blog que a su vez haya visto la luz en los medios donde colaboro: SAN FERNANDO COFRADE semanalmente e INFORMACIÓN de forma mensual aunque visto el interés que ha despertado el mismo porque es un tema que toca una situación que se vive en la actualidad y que son muchos los que piensan de la misma manera que yo opino aunque no lo digan de forma pública y notoria como es mi caso porque no lo ven necesario o porque no disponen los medios que gracias a Dios yo si dispongo.

Haciendo una excepción que confirma la regla publico este artículo por petición de muchos a los que agradezco su apoyo constante y su lealtad así como a mi director de SFC, y buen hermano, José Carlos Fernández Moscoso y también a Pepe Moreno Fraile de INFORMACIÓN por el apoyo a todo cuanto escribo. ¡¡Gracias!!

Un fraternal abrazo.


LA CONVENIENCIA DE LOS RECONOCIMIENTOS


            Es este artículo un artículo de opinión en el sentido más amplio y literal del término porque es precisamente mi desnuda opinión la que voy a exponer en mi tribuna semanal de SAN FERNANDO COFRADE así como la mensual en INFORMACIÓN.

            Llevamos un tiempo para acá, años diría yo, que preferimos que a nuestros actos e incluso cultos asistan el alcalde, miembros de la corporación municipal y así como alguna otra dignidad que los miembros de la Curia. Parece que un acto se enaltece más si hacen su aparición las dignidades civiles antes que las eclesiásticas y así poco a poco vamos perdiendo el sentido eminentemente religioso por mor de una relevancia social que no puede dar la Iglesia como tal y si el poder civil.

            Cuando cualquier Hermandad organiza su calendario de actos culturales-formativos o cultuales siempre se les envía carta con invitación a todos sus hermanos, personas cercanas y autoridades civiles porque entra dentro del normal protocolo oficial de la buena y correcta educación. Esta invitación puede ser aceptada, con la presencia de la persona o autoridad en cuestión, o no por  medio de una atenta carta disculpando su inasistencia que también forma parte de la correcta y elegante comunicación por vía epistolar.

            ¡Cuidado que hay reservar ese primer banco para las autoridades que vengan!

            Este comentario no es invención mía ni mucho menos una exageración sino una realidad pública, notoria, palpable y además lo digo con cierta experiencia de causa porque he sido miembro de Junta de Gobierno durante doce años ininterrumpidos y los últimos como secretario hasta que en 2010 dejé mis responsabilidades.

            ¡No hay mayor sensación de agrado cuando antes de entrar en procesión el sacerdote que preside la celebración así como los hermanos en el sacerdocio que puedan concelebrar con él lo hace el alcalde, concejales u otra digna autoridad!

            En muchas ocasiones parece que un acto está huérfano si no copreside o asiste la autoridad turno.

            Con este entreguísmo hacia el poder civil y a los partidos que suelen sustentar los mismos no nos ha de extrañar cuando en los boletines de nuestras Hermandades y Cofradías aparecen anuncios de organizaciones políticas algunas de ellas muy beligerantes con la Iglesia y con los principios irrenunciables que debe regir la participación de los católicos en la vida pública como puede ser el sagrado derecho a la Vida y para los que vemos todo desde una perspectiva más eclesial nos choca tanto.

            Los partidos políticos están verdaderamente contentos con esta disposición de nuestras corporaciones nazarenas e instituciones parejas porque ellos con sus “treinta monedas” piensan que pueden comprar voluntades en un campo que era verdaderamente inaccesible hace tan solo poco más de una década.

            Son muchos los que solicitan títulos, reconocimientos y encomiendas de carácter civil que en su mayoría se ven concedidas para mayor gloria de quien lo da y lo recibe. No digo que esto esté bien o mal sino que como está la sociedad hoy en día, el clamoroso alejamiento de nuestros gobernantes de la realidad social y sobre todo religiosa cuando sistemáticamente, con sus políticas y hechos, quieren apartar la fe de la esfera pública, suprimiendo paulatinamente los símbolos religiosos de los espacios públicos, ir dejando sin sentido ni contenido la asignatura de religión católica de las políticas educativas que se van sucediendo, persiguiendo de una u otra manera quien manifieste con su opinión o sus hechos la defensa de las creencias, de la fe, de Dios en cuanto significa, de la Vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, de ejecutar políticas que atenten un día sí y otro también contra la dignidad inconmensurable del ser humano como tal.

            Cuando caemos en las manos de los poderes públicos, a las que estamos sometidos por los reconocimientos y prebendas obtenidas, habremos vendido nuestra Libertad para anunciar la Verdad que es el Mensaje de Cristo a toda la humanidad por más hiriente o inquietante que pueda ser para los que están apoltronados en los regios sillones del poder.

            Creo que una Hermandad, una Institución de la Santa Madre Iglesia no es más importante, ni más digna e ilustre por más títulos, reconocimientos o medallas que ostenten y sean concedidos por el gobierno de turno del pueblo o la ciudad, de la provincia, región o nación.

            Una institución eclesial no puede parecerse o asemejarse a un suflé, muy bello y apetitoso por fuera y vacío por dentro, o un bombón con un envoltorio muy bonito, brillante y un contenido rancio y caduco.

            Una institución eclesial, llámese hermandad, cofradía o lo que sea, debe fiel propagadora de la fe y de la Iglesia por medio de un apostolado coherente entre lo que se dice, se piensa y se hace, con un compromiso valiente de ser verdaderos evangelizadores llevando primero a su vida personal y después a la corporativa los mandatos que le son inherentes a todos los bautizados.

            A lo mejor es hora de volver a nuestros orígenes y hacer verdaderamente Hermandad, con mayúscula, centrándonos en dar culto a nuestros Amantísimos Titulares y ofreciendo una intensa formación religiosa, litúrgica y espiritual a nuestros Hermanos a los que debemos dar su sitio en la Cofradía como el mejor y mayor patrimonio inmaterial que podemos tener y ayudarlos, del modo o manera que sea, ante las situaciones de dificultad que puedan atravesar por las penurias económicas que han sobrellevado esta espantosa crisis.

            A lo mejor es hora de olvidarse de tantos títulos, medallas, bastones, llaves y demás reconocimientos dados por el poder político y centrarnos de una vez por todas en la importante tarea apostólica que tenemos encomendada porque al final, nunca lo olvidemos, seremos juzgados por el bien y el amor depositado en nuestros hermanos y no por cuantas medallas o títulos podamos ostentar.

            ¡A DIOS lo que es de DIOS y al César lo que es del César!

            Recibe, mi querido hermano, un fuerte abrazo y que Dios te bendiga.


Jesús Rodríguez Arias

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