Tres presidentes de la República, siete jefes de Gobierno, cientos de ministros y de parlamentarios, dirigentes de multinacionales a punta de pala... Es muy difícil mandar del otro lado de los Pirineos si no se ha pasado por la ENA. Y los que lo han conseguido -Mitterrand o Sarkozy- lo han hecho ayudados y rodeados de enarcas. Ningún político ha logrado librarse de ellos. Por si fuera poco, uno de sus más ilustres miembros acaba de ser elegido presidente.
________________________________________________________________________________
Apenas unos minutos después de tomar posesión como vigésimo cuarto presidente de la República Francesa, François Hollande hacía públicos los dos nombramientos más importantes de su primer círculo de colaboradores, el de secretario general del Elíseo y el de director del gabinete presidencial. El primero recaía en el prefecto Pierre-René Lemas; el segundo en la consejera de Estado Sylvie Hubac.
A ambos les avala una sólida hoja de servicios y un profundo conocimiento de los engranajes del Estado, por lo que nadie ha puesto en duda su idoneidad para desempeñar tan estratégicos cargos. Sin embargo, su principal baza es otra: conocen a Hollande desde los tiempos -allá por 1980- en que coincidieron con el nuevo mandatario en la misma promoción de la Escuela Nacional de Administración (ENA), vivero por excelencia de las élites francesas.
No era una promoción cualquiera: de ella salieron la excandidata presidencial -y madre de los cuatro hijos de Hollande- Ségolène Royal; el ex primer ministro Dominique de Villepin; el presidente mundial de la aseguradora Axa, Henri de Castries; o el actual presidente de la Autoridad de Mercados Financieros -equivalente francés de la Comisión Nacional del Mercado de Valores- y exsecretario de Estado de Asuntos Europeos con Nicolas Sarkozy, Jean-Pierre Jouyet.
Una relación de cargos que da fe de cómo, por haber coincidido en la ENA, un pequeño grupo puede hacerse con los principales puestos de mando de un país. Pero no tiene nada de extraño, pues así es desde que en octubre de 1945, el Gobierno provisional -que entonces presidía el general Charles de Gaulle- pudo hacer realidad un sueño que muchos ansiaban desde, por lo menos, el siglo XIX: concentrar en una única institución la formación de la clase dirigente.
Presunción de superioridad
El objetivo no solo se ha cumplido con creces, sino que ha pulverizado las previsiones iniciales, ya que nunca en la historia de Francia las personas salidas de un mismo centro de formación habían colonizado de forma masiva los puestos directivos en la Administración y en la economía.
Y no es que en el país vecino -conocido desde tiempos inmemoriales por la eficacia de su Estado y por la calidad de sus servidores públicos- faltasen precedentes: ahí está, sin ir más lejos, el ejemplo de la Escuela Politécnica, que lleva dos siglos surtiendo de ingenieros y demás cerebros a los grands corps de l’État.
Pero ahora, buena parte de los X -así se conoce a los que han pasado por la Politécnica- prefiere completar su formación en la ENA para estar totalmente seguros de que se contará con ellos para la gestión del país. Dicho esto, la ENA, pese a su exigencia, no pretende funcionar como un circuito cerrado e inexpugnable y ofrece varias vías de ingreso al centenar de alumnos que anualmente pasa a engrosar sus filas.
La primera vía, conocida por el nombre de concurso externo, está abierta a toda persona que esté en posesión de una licenciatura o titulación equivalente. La segunda, o concurso interno, tiene por objetivo facilitar la movilidad en el seno de la Administración: está reservada a funcionarios de categorías inferiores con un mínimo de cuatro años de servicio público. El tercer concurso es para los que proceden del sector privado y el cuarto para estudiantes extranjeros.
Una vez superados los duros exámenes -solo el 7,9 % los aprueba a la primera, tras un año, como mínimo, de preparación-, el futuro enarca se traslada a Estrasburgo. La elección, en 1991, de la ciudad alsaciana como sede principal de la ENA significó romper un tabú en un país de corte centralista. Sin embargo, tras las polémicas iniciales, ya nadie cuestiona la decisión del Gobierno socialista de Édith Cresson. Entre otras cosas, porque ha ampliado el horizonte de la Escuela.
Si antes el alumno recibía una formación pensada para un marco estrictamente galo, ahora -sin perder de vista el objetivo francés- no le queda más remedio que pasar por el aro de la internacionalización. Antaño, el enarca en ciernes, tras haber asistido a los cursos y antes del examen final, solo tenía que hacer unas prácticas en una prefectura de provincias; a día de hoy también tendrá que pasar 17 semanas en una institución europea o internacional. Y otros tres meses en una empresa privada.
Esta diversificada formación, a pesar del esfuerzo que requiere, no reviste especial dureza en comparación con el examen final, etapa decisiva de la estancia en la ENA, pues señala el rango en la promoción. Este, a su vez, determina la elección de Cuerpo y el resto de la carrera. De ahí que la competencia -no exenta de codazos- arrecie especialmente en los últimos meses para no salir mal parado en el mítico classement de sortie (clasificación de salida).
Nicolas Sarkozy -que no es enarca y cuya relación con las élites siempre fue agridulce- quiso suprimir esta clasificación; alegó que los alumnos de la parte alta de la clasificación beneficiaban de una presunción de superioridad a lo largo de su carrera, mientras que no se reconocían los méritos acumulados durante años por el resto. El ya expresidente intentó tomar medidas en ese sentido, pero se topó con una fuerte resistencia en el Gobierno, en el Parlamento y en la Administración.
Como no parece que el enarca Hollande esté por la labor de poner la Escuela patas arriba, se puede decir que hay clasificación de salida para rato. Así las cosas, los quince primeros siguen teniendo prioridad para copar las escasas plazas que anualmente ofrecen los tres cuerpos más prestigiosos de la Administración: a saber, el Tribunal de Cuentas, la Inspección de Finanzas y el Consejo de Estado; tampoco están mal vistos el Quai d’Orsay -carrera diplomática- o algún ministerio social.
El resto -la mitad de cada promoción, más o menos- pasa a engrosar las filas del Cuerpo de Administradores Civiles -de ahí salen los prefectos- o se incorporan a los tribunales administrativos o a otros organismos estatales o locales. Al salir de la Escuela, los enarcas solo tienen una obligación: permanecer un mínimo de diez años en el sector público. De lo contrario, tendrán que devolver al Estado el coste de su formación, que asciende a más de 25.000 euros anuales.
En el paro
La cantidad no suele ser prohibitiva, pues un sector importante de enarcas tarda poco en dejar los ministerios para pasar a desempeñar tareas directivas en las más importantes empresas del país. En la actualidad, además de De Castries en Axa, los presidentes o consejeros delegados de BNP-Paribas, France Télécom, Air France, LVMH o Peugeot -solo por citar algunas de las marcas más conocidas- vienen de la ENA.
Y como antes han estado en algún gabinete o en alguna dirección general de ministerio, disponen de una visión única y de bastantes informaciones privilegiadas acerca de la marcha del país. El gabinete ministerial también es la pasarela idónea para iniciar una gran carrera política. El mecanismo es el siguiente: el enarca empieza a colaborar con el ministro, obtiene su confianza y este le mete en el partido, que le busca un distrito electoral para que consiga un escaño parlamentario.
¿Ejemplos? Valéry Giscard d’Estaing y Jacques Chirac. Ninguno de los dos entró en la política repartiendo folletos o pegando carteles. El primero -inspector de Finanzas- fue director adjunto del gabinete del primer ministro Edgar Faure antes de ser elegido diputado. El segundo -magistrado del Tribunal de Cuentas- hizo prácticamente el mismo recorrido a la sombra de Georges Pompidou.
En la izquierda, llama la atención el caso de Laurent Fabius. Entonces jefe de la oposición, François Mitterrand pidió a sus allegados que le buscasen a un joven enarca para dirigir su gabinete en el Partido Socialista (PS). Le recomendaron a Fabius, a la sazón auditor en el Consejo de Estado. El resto ya es historia: el joven funcionario fue diputado con 32 años, ministro con 35, primer ministro con 38, presidente de la Asamblea Nacional con 42 y secretario general del PS con 45.
Negocios y política son, pues, dos de los espacios naturales de un pequeño grupo muy capacitado pero que no duda en usar todas sus influencias para protegerse a sí mismo y ayudarse sin pestañear cuando las circunstancias se vuelven adversas. El caso de Crédit Lyonnais -el mayor escándalo bancario de la Francia contemporánea- es un buen modelo.
Según la periodista Sophie Coignard, gran conocedora de todo lo que se cuece en las altas esferas galas, la pertenencia del presidente de la entidad, Jean-Yves Haberer, a la Inspección de Finanzas le libró de la cárcel. Poco importaba que su gestión hubiera sido desastrosa. Un dato: por entonces, el presidente y los principales cargos de la Autoridad de Mercados Financieros -era el organismo competente en el caso- también procedían de la Inspección de Finanzas.
Este sentimiento de pertenencia y el hecho de que los enarcas ocupen la mayoría de puestos de mando los convierte fácilmente en chivos expiatorios, culpables de todos los males que aquejan al país: que si forman una casta, que si cierran su tecnoestructura a otro tipo de gente... Sin embargo, las encuestas indican que muy pocos franceses están por la supresión de la ENA. Cuestión de orgullo patrio, seguramente.
Pero que los partidarios del igualitarismo estén tranquilos: hace unos meses, un diario sacó un reportaje sobre enarcas que han acabado en el paro. Hasta hace bien poco, era algo inimaginable.
Camino del Elíseo
Valéry Giscard d’Estaing. Prototipo de elitismo a la francesa, tanto por sus orígenes sociales como por su trayectoria: en el momento de nacer, su madre ya alimentaba las mayores ambiciones para él. Eso pasaba por estudiar en la Politécnica y en la ENA. Valéry lo consiguió. Aunque su carrera se terminó mucho antes de lo que él quería.
Jacques Chirac. No tenía unos planes tan precisos como los de Giscard pero, una vez dentro del sistema -ENA incluida-, lo aprovechó a tope. Baste decir que se pasó 28 años viviendo ininterrumpidamente en residencias oficiales: Ayuntamiento de París, palacio de Matignon -sede de la jefatura del Gobierno- y palacio del Elíseo.
François Hollande. Salvo un breve paso por un bufete de abogados, el tercer presidente enarca lleva toda su vida en los aledaños del poder: asesor de Mitterrand, director del gabinete del portavoz del Gobierno, secretario general de los socialistas... En su campaña electoral, prometió hasta la saciedad que sería un presidente normal. Habrá que ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario