LA CIUDAD Y LOS DÍAS
Del 15-M al 20-N
SIN ánimo de escandalizar, quisiera confiarles mi impresión de que el movimiento 15-M recuerda a fenómenos propios de los años 70 del pasado siglo, aunque el uso de las tecnologías de moda le permita el dinamismo y la ubicuidad tan del presente. A primera vista, se impone la semejanza de las expresiones de protesta con las practicadas en las asambleas de facultad de mis años estudiantiles, pero ese parecido superficial esconde otros parentescos más profundos y definitorios.
Para desvelarlos es preciso considerar el fondo del disgusto que penetra al 15-M y lo justifica ante muchos ciudadanos que, sin ser nada revolucionarios en sus planteamientos vitales, simpatizan instintivamente con él. En su indignada respuesta a los cambios que se han producido y a los que se temen, en su adhesión a las soluciones políticas que se asocian con algunas décadas de bienestar social, el 15-M recuerda mucho a las concentraciones de masas que durante varios años, y desde 1975, se realizaron cada 20 de noviembre, aniversario de la muerte de Franco. A fines de los 70, el 20-N congregaba a multitudes que, todavía arraigadas en los valores políticos del franquismo, temían que la también brutal crisis económica de entonces, unida a la debilidad de la naciente democracia ante fenómenos como el separatismo o el terrorismo, se llevara por delante a España y su incipiente desarrollo, alcanzado con tantos sacrificios. Las clases medias eran las grandes protagonistas de aquellas protestas que algunos intentaron capitalizar sin éxito ante la imposibilidad de dar forma electoral a masas circunstanciales y nostálgicas. Protestas impactantes, pero irrelevantes.
Tras su segundo año, el 15-M empieza a resultar, más que un movimiento ideológico en marcha, una convocatoria con pretexto primaveral que sólo tendrá eco y sentido en tanto la crisis nos siga golpeando. Mientras sus propuestas evoquen mundos irrealizables, trasnochados o indeseables, desde Cuba a Corea del Norte con escala en Utopía, nada tiene que temer el sistema. Sólo conseguirá, como hicieran las masas franquistas cada 20-N, aglutinar a la opinión mayoritaria en torno a los gobiernos salidos de las urnas, por incapaces y criticables que les puedan parecer. La gran diferencia, más allá de la tan radicalmente distinta parafernalia de que se rodean unos y se rodeaban otros, es la atención y tratamiento que los medios brindan al 15-M. La generación que hoy los controla, formada ideológica y sentimentalmente en el Mayo francés, lleva años anhelando su regreso. Pero tampoco esta vez será.
Para desvelarlos es preciso considerar el fondo del disgusto que penetra al 15-M y lo justifica ante muchos ciudadanos que, sin ser nada revolucionarios en sus planteamientos vitales, simpatizan instintivamente con él. En su indignada respuesta a los cambios que se han producido y a los que se temen, en su adhesión a las soluciones políticas que se asocian con algunas décadas de bienestar social, el 15-M recuerda mucho a las concentraciones de masas que durante varios años, y desde 1975, se realizaron cada 20 de noviembre, aniversario de la muerte de Franco. A fines de los 70, el 20-N congregaba a multitudes que, todavía arraigadas en los valores políticos del franquismo, temían que la también brutal crisis económica de entonces, unida a la debilidad de la naciente democracia ante fenómenos como el separatismo o el terrorismo, se llevara por delante a España y su incipiente desarrollo, alcanzado con tantos sacrificios. Las clases medias eran las grandes protagonistas de aquellas protestas que algunos intentaron capitalizar sin éxito ante la imposibilidad de dar forma electoral a masas circunstanciales y nostálgicas. Protestas impactantes, pero irrelevantes.
Tras su segundo año, el 15-M empieza a resultar, más que un movimiento ideológico en marcha, una convocatoria con pretexto primaveral que sólo tendrá eco y sentido en tanto la crisis nos siga golpeando. Mientras sus propuestas evoquen mundos irrealizables, trasnochados o indeseables, desde Cuba a Corea del Norte con escala en Utopía, nada tiene que temer el sistema. Sólo conseguirá, como hicieran las masas franquistas cada 20-N, aglutinar a la opinión mayoritaria en torno a los gobiernos salidos de las urnas, por incapaces y criticables que les puedan parecer. La gran diferencia, más allá de la tan radicalmente distinta parafernalia de que se rodean unos y se rodeaban otros, es la atención y tratamiento que los medios brindan al 15-M. La generación que hoy los controla, formada ideológica y sentimentalmente en el Mayo francés, lleva años anhelando su regreso. Pero tampoco esta vez será.
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